Un moderno de los de antes

Tristram Shandy: “Que le dejen a la gente que cuente sus historias como le parezca”.

Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy es una ¿novela? imposible de contar, en el sentido literal del término, y quizá la primera (fue escrita a mediados del XVIII) de la que se pueda decir eso. Su protagonista y narrador no se toma la molestia de nacer hasta la tercera parte de la obra, y antes de llegar a ese punto nos ha hecho pasar por una accidentada travesía de soliloquios, divertidas pedanterías, interpelaciones al lector, diálogos absurdos, digresiones aparentemente locas, historias rocambolescas, continuos saltos en el tiempo y, sobre todo, toneladas de inteligencia, ironía y sentido del humor. Un capítulo puede ocupar dos líneas, o páginas y páginas con una conversación que se desarrolla en lo que tardan en bajarse unos escalones. ¿Que de qué va? Y yo qué sé…

El responsable de esta exhibición de talento fue Laurence Sterne (1713-1768), un clérigo inglés apropiadamente excéntrico (ahí lo tienes, haciéndose el interesante en el retrato de abajo, pintado por Joshua Reynolds), admirador de Cervantes (sus alusiones al Quijote, sobre todo a Sancho Panza, son continuas a lo largo del libro) y que bien podría haber pasado por un personaje más de Tristram Shandy, en buena camaradería con el Tío Toby y su criado el cabo Trim, el padre de Tristram o el malicioso y pícaro párroco Yorick.

Sterne no deja de sorprender, y no sólo por lo estrictamente narrativo. El uso de los recursos tipográficos es una constante: una hoja impresa en negro como homenaje a la muerte de Yorick; capítulos en blanco que deja para más adelante; un trazo que un personaje marca en el aire con su bastón (¿recuerdas el rectángulo que dibujaba en el aire Uma Thurman en Pulp Fiction?), y, sobre todo, asteriscos, muchos, que dejan para la imaginación del lector lo que Sterne no se atreve a decir abiertamente, a menudo alusiones claramente sexuales (no olvidemos que nuestro hombre no dejaba de ser un cura en la Inglaterra de 1750).

A Sterne lo han llamado el “Joyce del siglo XVIII” por su renovación de la novela, a pesar de que Tristram Shandy no es propiamente una novela, o quizá por eso. En él encontramos algo muy parecido a lo que luego se llamó “flujo libre de la conciencia” y, sobre todo, un finísimo sentido del humor, descendiente directo del de Cervantes y Rabelais, y cuya influencia puede rastrearse hasta llegar a Dickens; concretamente, a su deliciosa Los papeles póstumos del Club Pickwick, su primera novela, publicada por entregas en los periódicos a modo de folletín.

INSTRUCCIONES DE USO

Antes de que te lances, dos consejos: 1) es una lectura que entra mejor a pequeños sorbos, de esas que se pueden dejar para pasarse a otras empresas y volver de vez en cuando. Su carencia de argumento permite ese acercamiento dosificado, y regresar a sus páginas siempre es un placer. Y 2) Hay una iniciación a Sterne un poco más suave. El viaje sentimental por Francia e Italia es el breve relato de un trayecto en el que apenas ocurren aventuras y en el que, como en el Tristram, Sterne se las arregla para sugerir mucho sin decir apenas nada. Si lo lees, te sorprenderá por moderno, en el mejor sentido de la palabra.

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