Que se mueran los feos

Hay escritores más interesantes por su existencia que por su obra. Quizá Boris Vian (1920-1959) sea uno de ellos. Con más vidas en sus cortos días que el pirata cojo con pata de palo de la canción de Sabina -Vian fue autor de novelas, cuentos y poemas, dramaturgo, periodista, traductor, ingeniero, músico y locutor…-, frecuentó los ambientes bohemios del París de la posguerra, y le dio tiempo para dejarse caer por los cenáculos donde Jean Paul Sartre bendecía urbi et orbi como Papa del existencialismo y Albert Camus (grande entre los grandes) daba lecciones de integridad sin pretenderlo. Mola.

Nacido en una familia francesa acomodada y venida a menos tras el crack del 29 -¡uh, la bicha!- es muy conocido por obras como Escupiré sobre vuestra tumba, La espuma de los días o Que se mueran los feos (1947), la parodia de novela negra que me lo ha descubierto, una obrita ligera, corta, divertida y sorprendentemente moderna. Un delirio poblado por vigoréxicos vírgenes que pretenden mantener la castidad, locos experimentos genéticos de un obseso de la belleza, bandas rivales que se tirotean en Los Ángeles, mujeres tremendas y fáciles, una isla misteriosa y, finalmente, sexo, mucho sexo.

Una lectura muy apropiada para las tontas y todavía (joder, qué cruz) calurosas tardes de septiembre. Te la acabarás de un tirón, y probablemente te pase como a mí y te quedes con ganas de leer más cosas de este tipo que puedes ver cantando ahí abajo.

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