Habla, memoria

Si algún día sucediera lo más que improbable (que yo quisiera y supiera escribir mis memorias, que mi vida justificara el que lo hiciera y que a alguien pudieran interesarle), querría que fueran como Habla, memoria, la divertidísima, brillante y demoledoramente inteligente autobiografía de Vladimir Nabokov, que arranca con un párrafo fabuloso, anuncio de las maravillas que lo siguen.

“Nuestra cuna está situada al borde de un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que un débil estallido de luz entre dos eternidades de total oscuridad. Aunque estas dos últimas son idénticas, el hombre, normalmente, contempla el insondable abismo prenatal con mucha más calma que aquél, tan insondable como el primero, hacia el que se encamina (aproximadamente a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora)”.

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