El día más largo

El deslenguado y temperamental general Patton dijo -cito de memoria- en vísperas del desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) que “ningún cabrón ha ganado la guerra muriendo por su país, sino haciendo que otros putos cabrones mueran por el suyo”. Sabía de lo que hablaba, porque él ocupaba un puesto de honor en el inacabable y siempre renovado escalafón de los cabrones, y sabía otra cosa más: cómo ganar guerras. ¿Le habrían gustado las impresionantes pero edulcoradas e idealizadoras visiones de Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan? No tenía pinta de haberse tragado los lugares comunes y políticamente correctos de Hollywood…

Quizá la descarnada frase de Patton ayude a alcanzar una perspectiva apropiada para sumergirse (literalmente, son 704 páginas) en El Día D. La batalla de Normandía (Crítica), de Antony Beevor (el historiador británico autor de los memorables Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, entre otros). Beevor ha manejado material inédito: cartas, documentos, diarios y cientos de entrevistas realizadas a soldados estadounidenses tras los combates, y de esa labor paciente han surgido las sorpresas que siempre depara la historia y la visión alejada del dogmatismo de buenos y malos sin aristas que caracteriza los trabajos de este ex militar bien conocido por los aficionados al pasado.

¿Significa eso una postura equidistante entre los nazis y los aliados? Nada más lejos de la realidad, pero no conviene olvidar que los paracaidistas americanos recibieron órdenes de no hacer prisioneros, que antes de la invasión murieron más de 15.000 civiles franceses en los bombardeos preparatorios y que en el Día D también cayeron muchos más civiles franceses que soldados británicos y estadounidenses, por no hablar del raid aéreo sobre Caen, absurdo e innecesario y para muchos al borde del crimen de guerra.

Había que derrotar a los nazis, por supuesto, pero quizá apreciemos más lo que tenemos si no olvidamos que nuestro mundo, nuestra libertad y nuestro bienestar descansan sobre una enorme pila de cadáveres y sacrificios personales. En una reciente entrevista en El País, Beevor hablaba de una terrible paradoja: una democracia puede llegar a matar a muchos civiles por la presión del Parlamento y la Prensa, que desean aumentar la potencia de los bombardeos para evitar bajas propias. Fue el caso de la Inglaterra de Churchill, quien intentó que las muertes de ciudadanos franceses fueran las menos posibles. En este contexto, la pregunta surge sola: ¿podía ganarse esa contienda justa e inevitable sin cometer algunos crímenes de guerra? Un dilema moral demasiado incómodo para la gala de los Oscar.

EL ARTE DE NARRAR EL PASADO

Si muchos historiadores anglosajones disfrutan de un don para manejar montañas de datos e información y transformarlos en un relato no ya legible sino apasionante y ágil, Antony Beevor lo posee en grado extremo. Los malabarismos del general Eisenhower para mantener el orden y la unión de un equipo de altos mandos incompatibles entre sí; los preparativos de la invasión y la angustia sobre el clima en el día decisivo; las dudas alemanas (¿dónde sería el desembarco, en el Paso de Calais o en Normandía? ¿era mejor lanzar las divisiones acorazadas hacia las playas o esperar tierra adentro?); las decisiones en los centros de poder que afectaban a millones de personas; los errores de Hitler… En manos de Beevor, todo acaba encajando como en uno de esos puzles endiablados que parecen tan ineluctables una vez terminados.

DESDE LA CABEZA DE PLAYA

Pero lo que conmueve e impresiona en todas las obras de este autor es su cercanía a la gente corriente, su decisión de contar la historia desde abajo, donde muere la carne de cañón. Valientes y cobardes (aunque, ¿quién se atreve a llamar cobarde a un hombre aplastado en mitad del fuego?), escenas de terrible crueldad, momentos para la compasión y el coraje… Muchos pasajes alcanzan tal intensidad en la narración de peripecias vitales extremas que hay que dejar el grueso volumen a un lado y respirar, y uno no puede evitar preguntarse lo que habría hecho enfrentado a situaciones semejantes.

Surgirán nuevos datos y documentos inéditos que aportarán luz a los terribles acontecimientos que dieron origen a un orden internacional hoy agonizante, pero será difícil que leamos una narración de la batalla de Normandía superior a la de Antony Beevor.

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5 comentarios

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5 Respuestas a “El día más largo

  1. gonzajda

    Este te lo cepillas tú en una tarde, además está entretenido y tiene muchas fotos comentadas por el propio Capa.

  2. Francisco Jódar

    Me lo tienes que dejar, Gonzalo.

  3. gonzajda

    Le hincaré el diente algún día, bastante menos denso y algo anecdótico pero entretenido es la autobiografía de R. Capa ” ligeramente desenfocado” con capítulo dedicado al día ” D “.

  4. Francisco Jódar

    Dejemos de comernos las pollas, Hombre Elefante (como diría el Señor Lobo). Pero sí, somos una generación (somos ya unas cuantas) fofa y amanerada. Es lo que tiene el vivir bien, y demos gracias a Alá (sólo él es Sabio y Misericordioso) por ello.

  5. Es una obviedad, un ladillo que se utiliza de forma continua en chigres y tabernas de indeseables, cuando se ríe con jocosidad sobre el mal diario, ¡los jóvenes merecen una guerra!…

    pero es verdad.

    Yo vivo en la más absoluta comodidad y cuando leo un libro así me parecen sucesos marcianos, acontecimientos imposibles. No es que me sobrecogan más o menos: es que me parecen mentira, tan ficción como la guerra de las galaxias y eso se debe a que la sociedad me ha metido por la boca tanto la segunda guerra mundial como las chorradas de Lucas.

    Distorsiono lo real de lo irreal, por eso me gustan las anoréxicas, llevo trajes de tonto lava, juego a videojuegos y bebo campari con soda.

    DON JODAR QUIERO SER COMO TÚ.