Pasar las de Caín

No ando sobrado de rollo bíblico: apenas recuerdo la catequesis previa a la primera comunión, ni tampoco las lecturas infantiles de libros con mucha viñeta, aunque sí una historia gore: la de unos niños (siete hermanos, creo) que alguien echaba a una caldera para asarlos por vaya usted a saber qué y se salvaban por una de esas movidas que montaba el crudelísimo Yavé con ángeles trompeteros, querubines, serafines, potencias celestiales y la madre que los parió. O yo qué sé. Y por supuesto, no me olvido de Los Diez Mandamientos, puro cartón piedra en tecnicolor con Cecil B. DeMille al mando.

Pero sí conozco lo suficiente de la Biblia para leer la última novela de José Saramago sin tener la sensación de sumergirme en una historia de ciencia ficción interplanetaria. Caín es una fábula de lectura fácil para los estándares de Saramago -que ya tocó las Escrituras en la impresionante El Evangelio según Jesucristo– pero de estilo inconfundible para quien conozca las maneras del escritor portugués, con esas vueltas y revueltas que conducen la historia y la ironía como andamio de todo el tinglado.

Quizá sea una obra menor en la producción de Saramago, pero se lee con agrado, no le faltan páginas brillantes y parte de una premisa original: emprender un heterodoxo recorrido por conocidos pasajes bíblicos -la expulsión del Jardín del Edén, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra…- de la mano de Caín, el primer gran perdedor de la historia. Además, con esas tapas amarillas conseguirás lo increíble: que te miren las chicas en el metro.

No soy creyente, y veo las historias del Antiguo Testamento, escritas hace miles de años en desiertos y pedregales, como respuestas a los miedos de un pueblo que necesitaba un Dios justiciero, implacable, incomprensible y criminal que justificara su lucha sin cuartel por la supervivencia. Pero no ignoro la belleza y sabiduría que también hay en la Biblia, y sé que nuestra civilización y nuestra cultura resultan incomprensibles sin ella, para bien y para mal. ¿Cuánta gente menor de cierta edad ve un cuadro de tema bíblico en el Prado y puede saber de qué va sin leer el cartelito informativo? Ah, qué gran viejo gruñón seré…

Como no estamos en los EE.UU, donde hay una Holy Bible en muchas habitaciones de moteles y hoteles (da un poco de miedo…), algunos podrían leer Caín casi a modo de iniciación, y quizá Los mitos hebreos (Alianza Editorial), donde Robert Graves y Raphael Patai investigan los elementos mitológicos presentes en el Génesis y los relacionan con los de otras tradiciones, aportando claridad al embrollo.

Aunque ya puestos, mejor ir directamente a la Biblia y echarle un vistazo de vez en cuando. Encontrarás sexo, violencia, amor y relatos fantásticos, y quizá hasta la misma Salvación que libró a George Bush el Pequeño de las garras del alcohol y la farlopa. Alabado sea el Señor.

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5 comentarios

Archivado bajo Ensayo, General, Novela

5 Respuestas a “Pasar las de Caín

  1. Francisco Jódar

    Gran novela, Gonzalo, sobre todo por lo bien escrita que está. Podían leerla en las Facultades de Periodismo, míticos abrevaderos donde muchos hemos vivido del cuento unos añitos.

  2. gonzajda

    El que también las pasaba putas era san José en
    ” El lenguaje de las fuentes ” de G. Martín Garzo, la Virgen le ponía cardíaco al hombre…y de paso también al lector.

  3. Francisco Jódar

    Hay gente que se convierte, gente que se deja la vida comprándose chorradas y hasta los hay que siguen a un torero de plaza en plaza. El caso es creer en algo, tener algo que te sostenga. En cualquier caso, si es el Islam el que llama a tu puerta, recuerda la famosa máxima musulmana: “Según la Ley de Mahoma, tan maricón es el que da como el que toma”.

  4. Me tragué biblia a diestra y siniestra cuando tenía diez años y asistía obligatoriamente al salón de los testigos de Jehová.

    Me gustó más de lo que creía, gracias al folletín y al gore.

    Lo que es la megahostia son las ilustraciones del Despertad y la Atalaya. Aún me la mandan en mi casa de Asturias, las utilizo para el defecto diario como lectura de transición.

    En otro orden, estoy pensando en bautizarme. Comienzo a sentir una profunda llamada religiosa, no lo digo en broma.