El rival de Prometeo

Si no eres un estilita en el desierto o un amish (en ese caso, ¿qué haces leyendo esto?) recordarás a J. F. Sebastian, el genial ingeniero genético -solitario y atormentado por la enfermedad- que trabajaba para Tyrell Corporation, la entidad creadora de replicantes. Sebastian vivía rodeado de los autómatas e inquietantes juguetes que él mismo fabricaba. ¿Que dónde estamos? Blade Runner, por supuesto.

El interés de la humanidad por los seres artificiales no nace con la ciencia ficción moderna. Viene de muy lejos. El hombre interroga a Dios y no obtiene respuesta; se pregunta a sí mismo y sólo encuentra confusión. Resulta comprensible que busque en los androides -su creación y su reflejo, además de perturbadoras presencias- la metáfora viviente que le proporcione alguna explicación a su presencia en este mundo.

Pero basta de filosofía adolescente. El rival de Prometeo (Vidas de autómatas ilustres) es un volumen excelentemente editado por Impedimenta (sólo hojear sus páginas e ilustraciones es ya un placer) que reúne dieciséis textos de diferentes épocas y pelaje sobre autómatas, androides, robots, máquinas pensantes…

Con edición de Sonia Bueno y Marta Peirano, el libro responde a un plan bien trazado. Se divide en cuatro partes (Las máquinas filosóficas, El turco, Las máquinas fatales y A mí me hizo J. F. Sebastian) que ilustran la evolución en el tiempo de ‘los rivales de Prometeo’.

Hay cabida para todo. Desde extractos del Tratado del Hombre de Descartes a la Relación sobre el mecanismo de un autómata, de Jacques de Vaucanson, inventor del Pato con Aparato Digestivo, un artefacto de cobre que hacía sus ‘necesidades’ en una palangana de plata; de un breve texto de la Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin a un pequeño ensayo de Sigmund Freud o fragmentos de la Metrópolis de Thea von Harbou, versión novelada del guión de la película, que escribió junto a Fritz Lang, su marido y director del clásico de la distopía.

Y cómo no, ocupa su espacio ‘el Turco’ de Von Kempelen, el famosísimo autómata jugador de ajedrez que se atrevió a derrotar a brillantes hombres como Benjamin Franklin o Napoleón sobre el tablero (el libro reproduce la partida contra el corso, jugada en un castillo austriaco en 1809), y que inspiró los relatos de Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce incluidos en la obra. Había truco, claro…

Iniciado como fui en la ciencia ficción por Isaac Asimov, es en la cuarta parte de El Rival de Prometeo donde de verdad me siento en territorio conocido, sobre todo al llegar a Las Tres Leyes de la Robótica, enunciadas por primera vez por el autor de Fundación en Círculo vicioso, un relato publicado en 1942 en la revista Astounding Science Fiction, y que formaría parte después del célebre Yo, robot (1950).

¿Las recuerdas?

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las leyes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Esta lectura deliciosa, variada y estimulante se cierra con La singularidad, un estudio presentado por el científico y escritor Vernon Vinge en un congreso organizado por la NASA en 1993. Para Vinge, una Singularidad es “… el punto en el que nuestros viejos modelos quedan descartados y comienza a regir una nueva realidad.” Según él, “en los próximos treinta años conseguiremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana habrá concluido.”

¿Treinta años? Esto fue escrito hace dieciséis. ¿Echas la cuenta?

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