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Conforme a la Biografía de Clint Eastwood (Lumen, 832 páginas, 25,90 euros) escrita por Patrick McGilligan, un historiador de cine norteamericano, el viejo Clint es una persona huraña y egoísta, un cobarde vengativo, un seductor sin escrúpulos que manipula y desprecia a las mujeres, un déspota soberbio y cruel con sus colaboradores, un mentiroso enamorado de su madre -según McGilligan, su edípica racanería lo lleva a exigir cada año a la Warner el pavo de Acción de Gracias que regalan a los directivos, sólo para dárselo a su muy anciana mami-, un tipo astuto y perspicaz que sabe cómo manipular a los periodistas para promocionar sus películas y que -¡admirable!- lleva muchos años sin pagar en un restaurante.

Yo le diría a Mr. McGilligan: ¿y a quién coño le importa toda esta mierda? Además de remover porquería, el autor de la biografía hace un minucioso y documentado repaso de la carrera artística del ex alcalde de Carmel (California), y deja claro que el actor de la cara de palo ha acabado convirtiéndose en un gran director de cine, pero para saber eso no hace falta leerle a él. Basta con ver las películas de Eastwood y dejar la basura a Jorge Javier Vázquez y demás traficantes de miserias y mezquindades.

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