Dublinesca

Samuel Riba es un prestigioso editor literario que se deshace de su editorial justo cuando su oficio cede al circo de novelas de templarios, esoterismos de rastrillo y otras baratijas que se venden junto a las cajas de las grandes superficies comerciales, como los chicles y las pilas. La galaxia Gutenberg va dejando paso a la avalancha digital y Riba, retirado, se siente ajeno al mundo. Vaga como alma en pena entre fantasmas del pasado, rutinarias visitas a sus ancianos padres, un matrimonio tranquilo y aburrido y la ominosa sensación de estar siendo olvidado lenta pero inexorablemente. Solo, ocioso y consolado por su adicción a Internet, necesita encontrar algo que dé sentido a su vida.

Sí, Riba se va por el desagüe, hasta que un sueño premonitorio le dice que la salvación pasa por Dublín, ciudad en la que no ha puesto el pie y que por misteriosas razones supone para él una especie de antesala de Nueva York, su paraíso en la Tierra, el auténtico centro del mundo. Espoleado por el presagio, convence a tres amigos escritores para viajar a la capital irlandesa a participar en el Bloomsday, que cada 16 de junio conmemora el Ulises de James Joyce, cuya acción transcurre precisamente ese día de 1904. Pero tiene algo más que hacer allí: celebrar el funeral de la brillante era Gutenberg que muere y saber si existe el deseado escritor verdaderamente genial cuyo descubrimiento habría supuesto la culminación de su labor editora.

HUMOR Y DESCONCIERTO
Es la trama de Dublinesca, la novela con la que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha dado el salto de Anagrama a Seix-Barral. Podría haberse quedado en una historia libresca (cultureta, dirían algunos, empleando el despectivo término que convierte en sospechoso a cualquiera que haya leído más de seis libros), y de hecho rebosa de alusiones a escritores (Joyce y Beckett, que sobrevuelan constantemente sus páginas, o autores vivos como Paul Auster, convertido incluso en un personaje del libro, de breve aparición), películas, poemas, canciones…

Podría, sí, pero a Vila-Matas le sobra el talento narrativo para evitarlo y escribe armado hasta los dientes con un humor sutil, amargo, desconcertante a veces e inteligente siempre, que lo salva de convertirse en un escritor frío, cerebral y lejano. Su finísimo sentido del humor consigue que el lector se identifique con las desventuras y desvelos de Riba, un personaje patético y conmovedor que va descubriendo que envejecer no tiene ninguna gracia y que la vida no tiene hilo ni argumento salvo cuando se narra.

El autor ha declarado que en Dublinesca hay, al margen de las peripecias de los personajes, “un tono melancólico, uniforme y otoñal”, y es cierto, pero también encontramos sátira, apariciones, extraños sucesos y coincidencias, chispazos reflexivos, ideas y teorías literarias y -una de las claves- la irónica parodia de los apocalipsis que nos cercan (¿qué época no ha tenido la sensación de estar viviendo el final de una era?), cuya pregonada abundancia sólo puede abordarse ya desde una distanciada perspectiva humorística.

Vila-Matas -márcalo de cerca- demuestra aquí que ambición y seriedad no están reñidas con la diversión y nos ofrece una novela compleja, sugerente, abierta a muchas lecturas y que premia al lector que hace el esfuerzo de adentrarse en sus páginas.

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