El fornicador contumaz

El gran Philip Roth escribe en Pastoral americana que J. F. Kennedy “exudaba significación norteamericana”. Una visión inspirada y precisa que no contradice dos lugares comunes: lo que se oculta suele ser más interesante que lo que se muestra, y los santos públicos que pecan en privado tienen un atractivo irresistible.

Kennedy confesó al primer ministro británico Harold McMillan que pasar más de tres días sin acostarse con una mujer le causaba migrañas insufribles. Actuaba como un depredador sexual interesado únicamente en meterla, correrse y volverse a gobernar (la actriz Angie Dickinson contó que uno de sus encuentros sexuales duró apenas 20 segundos) o, en su defecto, en que se la chuparan. Al parecer, el Despacho Oval ya era Oral antes de Clinton y los neo-mojigatos puritanos.

Jed Mercurio (Inglaterra, 1966), ex piloto y ex médico, publica Un adúltero americano (Anagrama, 368 págs., 19,50 €), inspirada en la tumultuosa vida sexual de Kennedy y en su historial clínico (padecía prostatitis, osteoporosis, infecciones cutáneas, la enfermedad de Addison e insufribles dolores de espalda, entre otros males), una novela que sirve como retrato de una época y un personaje quizá más interesantes que los nuestros (¿qué se diría hoy del borrachín Churchill?), y que parte de una premisa original: la personalidad compulsiva que llevaba al presidente de cama en cama era la base de su carrera política, y eso no lo hacía ni mejor ni peor estadista.

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