Ciudad de cristal

¿Para qué adaptar una novela al cómic? ¿Qué sentido tiene fijar en trazos y viñetas las imágenes sugeridas por las palabras, únicas para cada lector? ¿Qué aporta eso a la narración, por buena que sea la versión en un nuevo lenguaje? ¿Constituye algo más que un mero ejercicio de estilo, el reto de dibujantes y guionistas que ponen a prueba su capacidad de síntesis y el poderío de su arte?

La respuesta es lúdica. Crear un cómic a partir de una novela no tiene más sentido que el de jugar con los lenguajes y las convenciones de los géneros, estirarlos y encogerlos, deformarlos y ver lo que sale, por el puro placer de hacerlo.

En eso anduvieron allá por los primeros noventa el dibujante David Mazzucchelli, fogueado en Marvel y DC Comics, y el guionista Paul Karasik. La ‘víctima’ fue Ciudad de cristal, la primera historia de La trilogía de Nueva Yorkde Paul Auster; y el incitador del experimento, Art Spiegelman, autor de la impagable novela gráfica Maus. El cuerpo del delito puedes disfrutarlo ahora gracias a Anagrama, que la publica coincidiendo con Sunset Park, la última novela de Auster, en una jugada comercial tan obvia como un gol a puerta vacía.

El relato convertido en novela gráfica es un thriller urbano y casi metafísico con un arranque sencillo y poderoso. Quinn, ex poeta cuya mujer e hijo han muerto, vive en completa soledad escribiendo novelas policiacas bajo seudónimo. Sin ambiciones ni más deseo que dejarse llevar por las calles de Nueva York, todo cambia para él cuando empieza a recibir una serie de llamadas telefónicas en mitad de la noche de un desconocido que lo toma por un tal Paul Auster, detective privado. Intrigado, Quinn decide hacerse pasar por Auster y así conoce a su cliente, un misterioso joven que vivió toda su infancia encerrado en una habitación a oscuras por su padre, un experto en teología y filosofía que lo enclaustró con sólo dos años para que, libre de todo contacto humano, aprendiera a hablar “la verdadera lengua de Dios”, olvidada cuando los hombres empezaron a construir la torre de Babel. El crío (Peter Stillman) fue rescatado a los doce años y el padre encerrado en un lugar indeterminado del que ahora va a salir. Stillman teme por su seguridad y contrata a Auster (Quinn) para que lo proteja de su progenitor.

La adaptación al lenguaje de la historieta es fluida y precisa. El guionista, Paul Karasik, acierta de pleno al captar el ritmo rápido y sincopado del libro, que se vierte de las palabras al dibujo sin perder la esencia y ganando nuevos matices. Por su parte, el dibujo de Mazzucchelli, esquemático y nervioso, premeditadamente sencillo, se ajusta como un guante a los vericuetos de la trama y su trazo y estilo varía sutilmente en función de los vaivenes de la acción.

Con veintipocos años, me enganché a Auster. Su poder narrativo es tremendo, adictivo; sus personajes casi siempre perdidos y maltratados por la vida muy atractivos; y sus tramas, enrevesadas, atravesadas por el azar y las casualidades, muy halagadoras para quien busque vitaminas de fácil digestión que ejerciten el músculo lector. Ahora, con más tiempo y más libros encima, le veo las costuras, y sus últimos títulos flojean, aunque en casi todos sus trabajos hay fragmentos y pasajes donde lo borda. Creo que Auster ha perdido vigor -¿caduca el talento, se agota?- y me va interesando menos, aunque conserva su capacidad de seducir y atrapar desde las primeras páginas, que no es poco.

En su día leí con entusiasmo La trilogía de Nueva York, una de las mejores obras austerianas, y cuando descubrí esta versión gráfica de Ciudad de cristal publicada por primera vez en España por Ediciones La Cúpula en 1997, la compré y la devoré. Es aquí donde reside el mayor efecto positivo de este experimento de mestizaje de géneros: el trasvase de lectores de un medio a otro. Seguramente, muchos lectores de Auster retornaron al cómic o comenzaron a prestarle atención a raíz de la versión dibujada; y quizá muchos aficionados a los tebeos descubrieron al novelista estadounidense y se acercaron a la literatura o volvieron a ella gracias a las sugerentes líneas de Mazzucchelli.

En cualquier caso, y elijas el formato que elijas, la experiencia merece la pena.

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