Mortal y rosa

Poco importa que seas uno de los mejores prosistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, un mago del lenguaje o un articulista superdotado: si sueltas un exabrupto en la televisión, será lo más notorio que quedará de ti. En el caso de Francisco Umbral (1935-2007), añadió repercusión al asunto de su desplante televisivo el habérselo hecho a la famosa y abominable Mercedes Milá, cuando disimulaba ésta aún su condición de bufona de pesadilla bajo la máscara de periodista incisiva y valiente.

En efecto, el famoso “yo he venido aquí a hablar de mi libro” umbraliano es lo primero que viene a la mente de muchos cuando surge la figura de Umbral, al que el gentío relaciona vagamente con la imagen de un señor alto, de melena gris poco cuidada, gafas de gruesos cristales y voz grave e impostada. Una presencia levemente arcaica dedicada a epatar al televidente de vez en cuando y al extraño oficio de hacer literatura en los periódicos y escribir libros, un orfebre del idioma que va siendo lentamente olvidado en el purgatorio literario en el que muchos ingresan nada más morir para no salir nunca.

Pero hay otro Umbral, alejado de las urgencias de la prensa y la recopilación de boutades de YouTube (enciclopedia de los tontos del siglo XXI), y será el que sobreviva, llegado el caso, en esos fantasmas del pasado que llamamos libros.

Es el de obras como Mortal y rosa, publicada en 1975, una novela lírica, un poema en prosa desesperado y nihilista que surge de una experiencia desgraciada: la enfermedad y posterior muerte del hijo del autor a la edad de seis años. El libro, denso, duro (hay páginas en él que duelen y casi obligan a abandonarlo) y complicado, requiere del lector un esfuezo que merece la pena.

Umbral vomita su dolor más íntimo en una serie deslumbrante de fogonazos de pura literatura que reúnen elegía, ensayo, memorias, diario y, sobre todo, poesía, hasta el punto de que muchos de los textos que lo componen son prosa con ritmo y métrica poéticos.

Mortal y rosa cala hasta los huesos y bastaría para asegurar la pervivencia literaria de cualquiera. Para muestra, un fragmento:

“Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.

Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.”

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1 comentario

Archivado bajo General, Memorias, Poesía

Una respuesta a “Mortal y rosa

  1. Carmelo

    Mortal y rosa es de lo más importante que se ha escrito en castellano en el S XX, pero todas las novelas de Umbral que he leido son verdaderas maravillas, orfebrería fina.

    Cuando la Milá sólo sea un recuerdo imposible de videoteca Umbral seguirá creciendo como lo que fue y será: el mejor escritor español del siglo pasado.

    Y por cierto, creo que en Mortal y rosa está buena parte del secreto de ese personaje público tan cínico pero tan divertido que fue.

    Un saludo!