¿Talento desperdiciado?

Nórdica Libros, una de esas pequeñas editoriales que tan bien lo están haciendo, acaba de publicar Niños en su cumpleaños (64 págs., 8 €), un relato que se lee en un suspiro y donde brilla el mejor Truman Capote (1924-1984), dueño de una prosa cristalina, hermosa y llena de precisión (nada falta ni sobra, todo está en su sitio) y sensibilidad, que no sensiblería. El escritor de Nueva Orleans fue un maestro del relato corto y un superdotado a la hora de reflejar los matices y ambigüedades de la realidad con apenas un par de pinceladas, privilegio de los grandes.

Los niños del profundo sur de los EE.UU. (donde él creció) fueron uno de sus temas favoritos al principio de su carrera, y supo describir como nadie sus problemas y preocupaciones, como en el relato que nos ocupa. La vida de dos críos, Billy Bob y Preacher Star, queda convulsionada con la llegada a su pequeño pueblo de Alabama de Lily Jane Bobbit, de diez años, y su madre, que nunca habla. Leer esta breve historia y no correr a buscar los Cuentos completos de Capote queda descartado.

EL PEQUEÑO GENIO AMERICANO
Truman Capote fue una mina para los consumidores de escándalos. Famoso, gay, borracho, adicto a cualquier tipo de sustancia y egocéntrico (“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, escribió en pleno abotargamiento y decadencia), añadió a su aura de maldito de papel cuché el haber padecido una infancia desgraciada y solitaria, redimidida por un explosivo talento literario que lo llevó a publicar una fascinante novela primeriza (Otras voces, otros ámbitos), con sólo 24 años.

Luego llegaron obras más maduras y depuradas, como El arpa de hierba, y éxitos clamorosos como Desayuno en Tiffany’s, pero fue la apasionante y magistral A sangre fría, publicada en 1966, la que le proporcionó la fama masiva en su país, un dudoso privilegio concedido a muy pocos escritores estadounidenses de calidad (Hemingway, quizá) en el siglo XX.

La novela narra el asesinato de cuatro miembros de una misma familia en un pueblo perdido de Kansas. Para escribirla, Capote se enfrascó en una larga investigación que lo llevó incluso a conocer íntimamente a los dos autores del crimen. Con A sangre fría, Capote inauguró un género (la “non fiction novel”, como lo bautizó él mismo) y contribuyó al surgimiento del llamado nuevo periodismo, aunque no cesan los debates sobre la realidad y solidez de estas contribuciones. En cualquier caso, ahí queda la fabulosa crónica de un crimen, una narración con la exactitud y precisión del mejor reportaje y la penetración de la literatura más exigente.

Desde entonces y hasta su muerte, el escritor de Nueva Orleans se convirtió al rebufo de su celebridad en una especie de bufón de la alta sociedad neoyorquina, y se multiplicaron sus apariciones en televisión, salpicadas de declaraciones más o menos provocativas, apoyadas en un aspecto de gnomo avejentado y una voz aflautada que no dejaba indiferente. Era como un marciano pasablemente pervertido aterrizado en la aún confiada América de mediados de los 60.

EN BARRENA
A partir de ahí, la carrera literaria de Capote se vino abajo poco a poco, quizá por culpa de las drogas, el alcohol y el desequilibrio personal del escritor, que no volvió a alcanzar el nivel demostrado en sus primeros años. Narraciones breves publicadas en revistas y, sobre todo, Música para camaleones (1980), un volumen que reunía cuentos cortos, retratos y un soberbio relato (Ataúdes tallados a mano) deudor de A sangre fría, fueron sus aportaciones, al margen de Plegarias atendidas, la novela inacabada que pretendía explorar la sociedad de los americanos ricos y que le amargó la vida, ya que a medida que publicaba fragmentos de la historia a modo de prueba de su actividad, muchos de sus amigos ricos que se veían retratados iban abandonándolo.

Así, Capote, arrastrado por las adicciones, la soledad y las pesadillas que lo acompañaban desde la infancia, se fue hundiendo hasta su muerte en 1984, a los 59 años. Quedó como la imagen del talento desperdiciado, del escritor que pudo haber creado la gran novela americana del siglo XX y no lo hizo, pero sus primeros cuentos, A sangre fría y varias de sus breves novelas bastan para hacerle sitio entre los mejores.

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