El Señor de la Montaña

En tiempos de apocalípticos terrores televisados, trabajos absurdos y codazos en la cola del paro, un poco de calma y clásicos, que al final (casi) nada es para tanto:

“No podemos ir más allá de nuestras fuerzas ni de nuestros medios. Y por esto, porque no depende por entero de nosotros ni el resultado ni el cumplimiento, y sólo la voluntad depende verdaderamente de nosotros, fúndanse en ella y establécense necesariamente todas las normas del deber del hombre”.
Ensayos, Michel de Montaigne (1533-1592)

O como diría tu abuela: la intención es lo que cuenta. ¿Que quién fue este Montaigne? El Señor de la Montaña de la última novela de Jorge Edwards, el noble francés que, hastiado de la vida pública, se retiró a sus posesiones (dinero = libertad) para llevar una vida tranquila en compañía de los suyos, interrogar a golpe de lectura a los clásicos (esos desconocidos) y divagar acerca de los asuntos más variados (la muerte, la cobardía, el placer, el canibalismo, los olores, la imaginación… cualquier cosa) con profundidad, tolerancia, moderación y buena prosa.

Montaigne llamó “ensayos” a sus reflexiones y fundó así un género, el ensayo, que ha llegado hasta nuestros días en buena forma. Su obra influyó en Descartes, Pascal, Goethe, Flaubert, Zweig y muchos de los grandes, y 419 años después de su muerte continúa siendo un maestro sensato, moderno y radicalmente original al que acudir para aprender a vivir. Volverá por aquí.

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