El mejor caballero del mundo

“El conde Mariscal ya no puede más. La carga le aplasta ahora. Tres años antes, cuando se le presionaba para que asumiera la regencia, cuando, cansado, acabó por aceptar convirtiéndose en guardián y maestro del rey niño y de todo el reino de Inglaterra, claramente lo había dicho: ‘Estoy demasiado viejo, débil y completamente desvencijado”.

Con la descripción de la agonía de un anciano caballero medieval de alto rango, una larga ceremonia pública de despedida del mundo casi incomprensible para nosotros y que hace parecer a nuestra moderna muerte una especie de aséptico tirar de la cadena, comienza Guillermo el Mariscal (Alianza Editorial, 192 págs., 8,50 €), la monografía del medievalista francés Georges Duby (1919-1996) que sigue los pasos de Guillermo (1145?-1219), un guerrero anglonormando legendario que alcanzó la fama como campeón de los torneos y sirvió a cuatro Plantagenêt monarcas de Inglaterra (Enrique II, Enrique el Joven, Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra) en sus conflictos con la nobleza local y la dinastía reinante en Francia, los Capetos.

UN MUNDO PERDIDO
Duby, un historiador prestigioso, conocido por su labor en las monumentales (cinco tomos cada una, ambas publicadas por Taurus) Historia de la vida privada e Historia de las mujeres, sigue fielmente el hilo de la crónica encargada a un anónimo autor por el hijo de Guillermo para inmortalizar las hazañas de su padre, de oscuro linaje y que acabó alzándose a la categoría de mariscal, conde y regente de Inglaterra por la fuerza de su brazo, el de (según Felipe, rey de Francia) “el caballero más leal y verdadero”, el más sabio y valiente para sus amigos y muchos de sus enemigos.

El gran mérito de Duby es adentrarnos sutilmente en los códigos de la caballería, en un mundo desaparecido, en los valores y costumbres de la alta sociedad feudal (las mujeres son aquí mero objeto de intercambio y herramientas de ascenso jerárquico, los clérigos poco estimados porque no guerrean y los villanos seres despreciables e invisibles), en suma, en otro planeta donde el lector, fascinado, se siente como un astronauta recién llegado a lo desconocido. En sus propias palabras: “Quiero, simplemente, intentar ver el mundo como lo veían estos hombres”. Sin juzgarlos anacrónicamente, sino intentando comprenderlos.

Mediante un lenguaje exacto, literario, deliciosamente añejo pero no viejuno, exhibe las virtudes de los grandes profesores: consciente de la ignorancia del auditorio, va dosificando su erudición como quien no quiere la cosa, sin apabullar y sin pedantería, seduciendo de forma que cuando uno quiere darse cuenta está inmerso en el sistema de valores de otra sociedad, desaparecida hace muchos siglos y que en este clásico de la historia revive con los colores más brillantes.

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