Estupor y temblores

Cuando mis dos hermanas y yo éramos pequeños, nuestros padres nos llevaban de vez en cuando a pasar el día en el zoo y el parque de atracciones de Madrid. Recuerdo que solíamos dedicar la mañana a los animales y la tarde a los cacharros, y no he olvidado las arcadas de mi madre ante los zorros (encantadores pero hediondos) ni la fascinante jaula de los monos, un espacio grande donde unas cuantas decenas de simios bamboleaban de aquí para allá un hipnótico trasero rosado y pelón cuyo tamaño y carencia de pelo respondían exactamente a la jerarquía de su portador.

Bastaba un poco de paciente observación para asistir al despliegue de una tragicomedia en muchos actos simultáneos: el pacífico despiojar, frenéticos intentos de cópula a veces consumados, la ternura materno-filial, largos ratos de aburrimiento, persecuciones, indiferencia horizontal y (mi momento preferido) exhibiciones de poder del gran macho culón que ponía orden e impartía justicia con una sola carrera amenazadora. Era un mundo de estricta jerarquía donde las hostias circulaban de arriba abajo con suma eficacia.

Años después descubrí un lugar similar: las oficinas. En los centros de trabajo no se suele ir con el culo al aire ni se estila el pegarse, pero resulta fácil adivinar a los no tan lejanos parientes del mono: el gran jefe que dispone de vidas y haciendas y crea silencios heladores y expectantes con su aparición; el bufón malicioso que convierte un comentario casual en una conspiración en la sombra; el aspirante que aguarda despistes y debilidades para subir en el escalafón; el disciplinado, tranquilo y obediente que recibe sin rechistar… En las empresas el miedo también circula de arriba abajo y manda un culogordo, pero al menos no te rompen la cara.

La analogía zoológica no es nueva, pero sí efectiva para explicar lo que pasa en los trabajos. ¿Qué decir, por ejemplo, de los ERE y los concursos de acreedores donde los activos de la empresa en quiebra hacen las veces de cadáver semidevorado por una impaciente caterva de buitres? Apenas quedan pellejos secos, pero se supone que algo de médula habrá dentro de los huesos. El espectáculo es poco edificante, pero sensacional y aleccionador.

Si alguien ha llegado a estas alturas del post deducirá que ando metido en uno de estos quilombos laborales donde la única ley que impera es el sálvese quien pueda. Pues sí, ahí estoy con mis compañeros, comiendo mierda a espuertas, hurgando entre las vísceras a ver si cae algo y consolándome con mi vieja costumbre de acudir a libros que tengan relación, aunque sea lejana, con lo que estoy viviendo. Por ejemplo, Estupor y temblores, una breve novela publicada en 1999 con gran éxito por la escitora franco-belga Amélie Nothomb.

Es un relato autobiográfico en el que Nothomb cuenta con notable eficacia y economía expresiva su experiencia a los 22 años como empleada en una empresa japonesa donde la norma imperante es la jerarquización más estricta y la penalización de la iniciativa individual. Utilizando un humor ácido y distanciándose con ironía, la autora describe su particular degradación laboral: de redactar informes de dudosa utilidad a realizar repetitivas tareas contables para pasar a hacer miles de fotocopias y, por último, encargarse de la limpieza de los lavabos masculinos, una tarea en la que Nothomb encuentra una paz casi zen que le permite sobrevivir al absurdo.

El título alude a una antigua norma de protocolo de la corte imperial japonesa. La actitud apropiada de los súbditos ante el emperador, dios viviente en la Tierra, era la de mostrar “estupor y temblores”, las dos sensaciones que Nothomb (lastrada por el hecho de ser occidental y además mujer) experimenta en sus jornadas laborales hasta que halla su filosófico refugio en el baño de los hombres.

La novela se lee en una tarde o unos cuantos trayectos de metro, divierte y no le faltan virtudes: consigue transmitir el extrañamiento de vivir en una cultura tan ajena a la propia que casi resulta marciana, muestra la falta de sentido de muchas situaciones laborales, disecciona las implacables relaciones de poder que surgen en cualquier organización y pone el dedo en la llaga pero sin regodearse, con una media sonrisa distanciada que acentúa el poder de observación de Amélie Nothomb, a la que habrá que seguir leyendo.

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4 comentarios

Archivado bajo Novela

4 Respuestas a “Estupor y temblores

  1. No sé por qué sale, investigaré. A mí me gustó la forma en la que Nothomb reflejaba el absurdo oficinesco, quizá porque tengo amplia experiencia en el asunto (bueno, como casi todos). La vida laboral da para mucha literatura satírica.

    Saludos.

  2. Goyo

    ¿Porqué me sale ese símbolo cabalístico e inquietante?
    Me gusta más el de Sonia

  3. Goyo

    Yo lo leí en francés hace un par de años en la Escuela de Idiomas y coincido con que es fácil de leer y entretiene, pero no pasa de ser una
    homelette para calmar el apetito, no para comer en condiciones. Ella me
    parece un poco cursi, muy a la francesa.

  4. Sonya

    Leí este libro hace ya algún tiempo y me sorprendió gratamente. Yo, sin duda, lo recomendaría es interesante, es entretenido y fácil de leer (es ideal para el transporte público, por aquello de que no pesa un kilo). En cuanto a la jungla laboral… que puedo decir… Sólo que con los tiempos que corren aunque uno sea un mono con el culo pelado tiene suerte de estar en la jaula (con todo lo que eso conlleva).

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