Un juego de niños

Mi primer recuerdo consciente: el gol de Rubén Cano (¿con la espinilla?) en la ‘Batalla de Belgrado’, el día que nos clasificamos para el Mundial de Argentina, Juanito se llevó un botellazo en la cabeza y José María García se convirtió en ‘el Butanito’ (homérica jornada). Pegué un brinco y fui a darme la mano con mi abuelo Abraham, como un niño viejo y resabiado con maneras de condesito. Tenía cuatro años y ya pertenecía a un amo implacable: el fútbol.

La felicidad es ser un crío y que un domingo después de comer tu padre te saque de las aventuras de Ulises 31 con una frase repentina y preñada de promesas: “¡Nos vamos al fútbol!”. El camino al Bernabéu era una peregrinación gozosa, vislumbrar la mole de hormigón rodeada de gente, puestos de banderas y de pipas equivalía al toparse con la catedral de Santiago de un penitente medieval y penetrar en el recinto sagrado del templo y quedar deslumbrado por aquel mágico rectángulo verde desencadenaba una epifanía. Luego volvía uno a casa agotado y feliz y se acostaba deseando que llegara el lunes para contarlo en el cole, aunque a veces aparecía algún aguafiestas que también había estado en el campo y te estropeaba la exclusiva.

EL FÚTBOL ES LA INFANCIA
Los futboleros pata negra utilizamos los cuatro años entre Mundial y Mundial como unidad de medida de la existencia y podemos ligar cada época de nuestras vidas con recuerdos de partidos y jugadas legendarios (las locas remontadas europeas del Madrid de los ochenta, Maradona enmudeciendo al Bernabéu, las oleadas del Athletic de Clemente en San Mamés, los alemanes ganando por lo civil o por lo criminal, la nariz rota de Luis Enrique…) y así hasta el infinito.

Por eso no puedo estar más de acuerdo con Manuel Jabois (Sanxenxo, 1978) cuando define el fútbol como “un estado natural de la infancia, algo irracional que mantener dentro de los cauces de la no violencia (…). El partido de fútbol pienso yo que es la infancia alocada, parcial y furiosa de quien patalea y llora. Ahí uno está defendiendo su parcela de niñez”. Lo dice en Grupo salvaje (Ediciones del K.O., 63 págs., 6 €, 1,95 € el e-book), un librito donde este periodista —atentos a sus artículos en El Mundo, El Diario de Pontevedra y Jot Down— traza en una especie de memoria sentimental el itinerario futbolístico de un niño gallego que cae en las garras del madridismo y se ata de por vida a sus triunfos y derrotas.

Grupo salvaje se lee con placer y de un tirón, está escrito con gracia, ritmo y frescura y abunda en observaciones repletas de humor y retranca. Como suele pasar en los libros de fútbol —inevitablemente, recuerdo Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, del que el de Jabois es como una réplica muy personal y ultraconcentrada— hay mucho más que partidos y goles en sus páginas. Lo disfrutarán sobre todo los madridistas irredentos nacidos en los setenta-ochenta y también los aficionados cabales (incluso los del Barça), pero cualquiera puede pasarlo bien con sus divertidas anécdotas y reflexiones, y quedar fascinado por el poder de esa pasión inútil, absurda e irreprimible a la que llamamos fútbol.

Nota: Libros del K.O. publica Grupo salvaje dentro de su colección Hooligans Ilustrados (“alimento espiritual de tuercebotas y fajadores”), con libros dedicados —por ahora— al Espanyol, el Betis, el Barcelona y el Atlético de Madrid.

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