De qué hablo cuando hablo de correr

Ahora que estoy en el paro, aprovecho muchas mañanas para salir bien temprano a correr por un parque de Carabanchel. Me digo a mí mismo que es para mantener la forma, cumplir con una disciplina y no ponerme muy morcón, pero empiezo a sospechar que mi yo secreto desea estar preparado por si hay que salir por patas.

Troto con el pelo encrespado y moldeado aún por la almohada, luciendo baratas camisetas viejas —desprecio en silencio a esos corredores en mallas que, además, suelen pasarme inmisericordes— y con unas gafas de sol del Decathlon que rematan mi aspecto de tolái de barrio deprimido. Berberechos del YakartaEs como estar en una peli de Ken Loach, pero en lugar de gente sonrosada y pintas de cerveza, hay chinos, ecuatorianos, jubilatas, veteranas amas de casa españolasdetodalavida, tipos desdentados y el dueño del Yakarta (metro Oporto, excelentes berberechos) montando guardia en las almenas de su bar desde que el Sol despunta.

Cuando corro por el Retiro es otra cosa. Allí me he cruzado un par de veces con uno de los hijos de la Duquesa de Feria (el de la nariz aguileña), acompañado por su amigo Rosauro, un rubio sevillano que de puro pijo parece una caricatura y al que tengo manía desde que descubrí en el ¡Hola! que sale con Amaia Salamanca. Amaia Salamanca y Rosauro
Esos dos también me dejan tirado —el de Feria es alto como una torre y cachas de cojones, la encarnación de la darwiniana teoría que sostiene que los ricos están más buenos—, y cuando los veo alejarse el rencor aviva mi paquidérmico ritmo. En El Retiro abundan también las corredoras hermosas —mucha guiri, diría yo— y una vez vi a un tipo que daba sus zancadas ataviado con una camisa de Ralph Lauren. Es otro rollo.

No sé si es que la lucha de clases se ha quedado en lo que uno se pone para correr y los lugares por donde lo hace, pero lo que sí pienso es que esto del running —tonto anglicismo sustituto del anterior y no menos tonto footing, sospecho que por puro esnobismo— da para mucho, y que en realidad tiene más que ver con la cabeza que con las piernas.

CORRERÍAS ZEN, FANTASÍAS VIOLENTAS
Yo aprovecho mis carreras para estar solo con mi esfuerzo, relajarme, dejar la mente en blanco o, más a menudo, liberarla de sus frustraciones mediante recurrentes fantasías no por absurdas menos terapéuticas: goles decisivos en el Bernabéu, palizas brutales a ciertos empresarios morosos, actuaciones brillantes en el Olimpo del rock al ritmo de lo que suena en mi iPod… ¿Patético? Quizá, pero me sienta bien y lo echo de menos cuando no lo hago.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? A un libro, claro, aunque no de actualidad (se publicó hace un par de años). Título: De qué hablo cuando hablo de correr. Autor: Haruki Murakami (lo siento, Haruki, pero yo también prefería a Philip Roth para el Príncipe de Asturias de las Letras).

De qué hablo cuando hablo de correr

El exitoso y muy leído en España Murakami dejó de regentar su bar de jazz en 1982 para dedicarse a escribir, y también por entonces comenzó a correr con el objetivo de conseguir una condición física que le aportara la suficiente energía para la dura tarea de pasar horas cada día inventando historias y dándoles forma. El novelista japonés, con un punto obsesivo que asusta un poco y que me gusta imaginar como un rasgo muy nipón, convirtió una actividad que al principio no le llevaba más de 20 o 30 minutos de agotamiento en una exigente disciplina que le ha conducido a correr un maratón por año y a acabarlos en tiempos decentes y en muy buenas condiciones.

En esta suerte de memorias, Murakami reúne sus reflexiones sobre lo que correr ha significado para él aunque, por supuesto, hay mucho más. Correr puede parecer un tema muy vago y de poco calado, pero siguiendo los pasos del escritor en su preparación para el Maratón de Nueva York de 2005, vamos asistiendo a las reflexiones que al hilo de sus experiencias atléticas surgen sobre diversos asuntos: el envejecimiento, los límites del cuerpo y la mente, sus gustos musicales y literarios, la identificación de correr y escribir como dos tareas paralelas que acaban constituyendo una forma de estar en el mundo…

De una forma muy sutil, el autor de Tokio Blues desgrana las lecciones vitales —personales, en ningún momento sienta cátedra— que ha aprendido siendo un corredor de largas distancias, y lo hace con el estilo marca de la casa: una escritura fluida que arranca despacio, va cogiendo ritmo y que cuando rompe a sudar ya te ha llevado adonde quería, sin que tú hayas apreciado las cuestas y dificultades del camino. Con este tío siempre me pasa lo mismo: al principio tengo la vaga sensación de que me está vendiendo una moto facilona y simple, pero luego siempre me convence, me engancha y me pone a pensar.

No hace falta haber corrido ni para coger el autobús para disfrutar de este librito filosófico, entretenido, ligero pero profundo, sobrio y encantador.

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2 comentarios

Archivado bajo Autobiografía, Ensayo, General, Memorias

2 Respuestas a “De qué hablo cuando hablo de correr

  1. Anónimo

    Hermano, no te había leído. Hoy he tenido un ratito y he estado cotilleando… Eres estupendo! Guapoooo!

  2. Anónimo

    Paco, como siempre muy atinado

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