Peccata minuta*

Gaudeamus igitur, pues labor omnia vincit y audaces fortuna iuvat. Mientras las cosas se arreglan —¿ad kalendas graecas?—, instalémonos en una confortable y aurea mediocritas y, cual beatus ille, echemos mano del carpe diem que todas las modelos y aspirantes a serlo citan en las entrevistas como el principio que rige sus vidas.

Sí, manducemus, et bibamus, cras enim moriemur, no permitamos que nos priven de nuestro panem et circenses y permanezcamos atentos por si un Deus ex machina recién salido de los bosques germánicos viene a sacarnos del atolladero.

Lo cierto es que estamos como un ecce homo, pero no deberíamos olvidar que faber est suae quisque fortunae. O sea, que cada palo aguante su vela, o, más ordinariamente, que cada perro lama su cipote. Hemos perdido el oremus, y dado que fama volat y homo homini lupus, tendremos que cambiar nuestro modus operandi para, mutatis mutandis, y per aspera ad astra, obtener el placet de los que mandan y librarnos de este totum revolutum que nos atenaza.

Así que sursum corda!, y ante las rebajas de las agencias de calificación —Quis custodiet ipsos custodes?— consolémonos pensando que tempus fugit y tengamos siempre presente que omnia nimirum habet qui nihil concupiscit, aunque vete tú a decirle esto a un parado de larga duración.  

Si has llegado a esta altura del post y no te has enterado de mucho, puedes acudir a Peccata minuta (Ariel, 17 €, 12 € en e-book), una especie de guía de expresiones latinas que Peccata minutaseguimos utilizando en el lenguaje común sobre todo los periodistas, y a menudo mal (con mención especial para los deportivos)—, lo que viene a desmentir que el latín esté muerto, al menos fuera de los planes de estudio.

Bajo el seudónimo común de Víctor Amiano, tres filólogos (Antonio Cascón, Rosario López y Luis Unceta) han escrito un libro ameno, curioso y sorprendente que desmenuza el origen de dichos, citas y frases latinas que han sobrevivido al paso de los siglos y enriquecen nuestro lenguaje siempre que se usen con tiento, y no como el autor de esta nota que, ahogado por el calor y por entero in albis, ha sido rescatado de su falta de ideas por este vademécum latino.

Vale. 

* Peccata minuta: “Faltas sin importancia”, “errores veniales” (pág. 143).

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