Pausanias y el rabo de toro

Los parados de antes iban al comedor social, pero los de ahora practicamos el maridaje, al menos antes de pasar al sector ‘desempleado de larga duración’, ese que puede acabar mendigando por la Castellana luciendo polo de Lacoste. Como dice un amigo mío, “la pobreza ‘digna’ acojona mucho más”, quizá porque no da asco verla y no requiere mucho esfuerzo imaginarse a uno mismo engrosando sus famélicas filas. Un par de reveses, trabajar para estafadores, un divorcio chungo, un punto de dejadez y mala suerte… y a Cáritas o, peor aún, a una cárcel catalana, donde ya les han quitado hasta la merienda (cualquier cosa antes que tocar TV3).

A lo que iba: el maridaje. Ahora que ‘el tonto del gintonic’, especie de la que formo parte, prueba todo tipo de ginebras exóticas mezcladas con tónicas azules y adornadas con arándanos, frambuesas, inquietantes hortalizas y otros OFNI (objetos flotantes no identificados), yo me entrego a una combinación mucho más explosiva, contundente y racial. La de la cocina española más seria con lecturas de esas que marcan distancias con la plebe y despiertan miradas de perplejidad y conmiseración (“mira este gilipollas, para lo que le vale leer esas cosas…”).

Pongamos un ejemplo de maridaje libresco-gastronómico: El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, un tocho de más de 800 páginas en el que el historiador inglés Robin Lane Fox le pega un repaso ameno, apasionante y riguroso a 900 años de historia antigua, y el rabo de toro, como este (se recomienda pinchar y ampliar la foto), espléndido, que me apreté hace unos días en una hospitalaria casa castellana donde todo empacho tiene su asiento. Me hizo recuperar la fe en la humanidad y me despertó el deseo de acudir a dejar unas flores en la tumba de ese heroico y anónimo toro cuya vida no fue en vano.

 Rabo de toro

Lo cierto es que el vino y las comidas contundentes acaban causando melancolía y un vago arrepentimiento de quién sabe qué, esplín y tristes reflexiones sobre la fugacidad de las cosas y lo vano de todo esfuerzo. Ay, amáEn mi caso, este banquete homérico me recordó entre vapores etílicos el pasaje del fabuloso libro de Lane Fox donde se relata la reacción de Pausanias, general de Esparta, tras derrotar a los persas en la decisiva batalla de Platea (479 a. C.), y me hizo replantearme mi anacrónico apoyo al libre pero hambriento bando occidental.

“Aunque sólo fuera por una vez, en 479 el joven general espartano Pausanias ordenó a los cocineros y panaderos de Jerjes que había hecho prisioneros que le prepararan un magnífico banquete oriental y que lo dispusieran en la antigua tienda del rey. Mandó luego que prepararan también un banquete a la espartana. Esa parca comida fue la que sirvió a sus huéspedes en medio de las viandas de los persas. Se cuenta que Pausanias, rodeado del suntuoso mobiliario con incrustaciones de oro y plata, comentó en tono jocoso ante sus invitados griegos la insensatez del rey, quien, pese a disponer de tan ricos medios de vida, había venido desde tan lejos para invadir Grecia y arrebatarles los suyos, que eran tan míseros”.

El mundo clásico

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3 comentarios

Archivado bajo General, Historia

3 Respuestas a “Pausanias y el rabo de toro

  1. Anónimo

    Sí que es bueno, quizá porque yo también soy amante de lo clásico y del rabo de toro y otras suculencias de quien ya sabemos.
    De cualquier forma si lo hubiera leído tal cual, sin conocer la autoría y sin ver la foto del puchero, hubiera pensado en otro Paco del que, escribiendo, lo que más te diferencia es hoy es la ausencia de mala leche.
    A veces no es necesaria una gran victoria para extraer conclusiones importantes sobre la propia vida. Escribe, libre, que ahora puedes.

    • Francisco Jódar

      Gracias, hombre. Y respecto a la mala leche, he de decir que ha alcanzado un punto que solo se relaja vía armada.

  2. Sonya

    Uno de los mejores post que he leído en mucho tiempo. Enhorabuena!!!!

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