El antifanático

Cada vez más a menudo mantengo y escucho conversaciones que me traen a la mente la célebre frase de Albert Camus (1913-1960) en la que el escritor y ensayista francés venía a decir que, entre la justicia y su madre, él se quedaba con su madre (apunto: y yo con la mía). Si por algo ha pasado Camus a la historia es por su apasionada defensa de la justicia y su honradez intelectual, que le causó no pocos problemas en la época turbulenta que le tocó vivir. Albert CamusPor eso, estas palabras preñadas de amor filial del Nobel de Literatura de 1957 han sido interpretadas frecuentemente como una boutade indigna de su figura, un desahogo en un momento de relajación o hastío de un pensador siempre alerta. Yo prefiero verlas como la expresión más o menos afortunada de un tipo que, frente a las abstracciones de “las doctrinas absolutas e infalibles”, creía en “el mejoramiento obstinado, caótico pero incansable de la condición humana”. Es decir, el antifanático.

Volviendo al principio: esta declaración del autor de El extranjero y La peste (¿se seguirán leyendo sus novelas?) me ronda insistente por la cabeza a causa del creciente sectarismo en España, donde el mero intento de ejercer la ecuanimidad lo convierte a uno en sospechoso. Cuando tomo parte en discusiones políticas tengo la impresión de estar asistiendo a un partido de tenis donde los participantes, puestos a elegir entre su ideología y la justicia (o incluso los simples hechos desnudos), se quedan con su ideología. Lo importante no es ya lo que se dice, sino quién lo dice, y la única medida de la confrontación dialéctica es ganar, porque a nadie le importa una mierda lo que piensa el de enfrente ni concede el menor resquicio a la posibilidad de ser convencido (eso jamás) o puesto en la tesitura de revisar sus principios.

Para Camus, “No hay vida sin diálogo. Y en la mayor parte del mundo, el diálogo se sustituye hoy por la polémica. [… ] Pero, ¿cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo, en simplificarlo, en consecuencia, y en negarse a verlo”. O como escribió hace 65 años en el periódico Combat: “Demócrata, en definitiva, es aquel que admite que el adversario puede tener razón, que le permite, por consiguiente, expresarse y acepta reflexionar sobre sus argumentos”. Bajo esa premisa, los demócratas españoles caben en un autobús, y todos sentados.

En un ambiente político tan irrespirable (y aburrido, por repetitivo y estrecho de miras), conviene volver de vez en cuando a figuras como la de este librepensador (en el sentido más literal del término), una mascarilla de oxígeno para este avión despresurizado en el que vamos todos montados hacia quién sabe dónde. Se metió a fondo en el letal barro del siglo XX, pero su ejemplo y sus reflexiones mantienen su validez, como demuestran los fragmentos anteriores, recogidos de Moral y Política (Alianza Editorial, 5,40 €, 144 págs.), una selección de artículos, conferencias y entrevistas del escritor Pied-Noir (nació en Argel) fechados entre 1944 y 1948, años de plomo en Francia.

Moral y politica

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