El horror, el horror

El otro día mi chica/novia/mujer/pareja todo eso y más, pero nunca ‘compañera sentimental’, esa memez tan cursi— y yo fuimos a El Corte Inglés de Preciados para que ella cambiara un regalo (por cierto, ¿diseminan por la ventilación de ECI algún tipo de gas anestésico? ¿Soy el único que se siente como un toro acochinado en tablas a los cinco minutos de estar allí?).

El artículo era una pulsera de Tous, la marca del osito bizcochón de inexplicable éxito. Ante el mostrador de la firma se arremolinaba una bandada de ansiosas clientas crecientemente indignadas por la larga espera, causada por un tipo tripón, de mediana edad y no muy maqueado que se estaba dejando la vida y la hacienda comprando baratijas como un descosido. Parecían urracas (todas menos ELLA) alteradas por la presencia de un pajarraco feo y gordo que les robaba las brillantes piedras.

La cosa iba para largo, así que de común acuerdo con Sonia (chica/novia/mujer/costilla/ELLA) me fui a dar una vuelta antes de que los vapores mefíticos y la taladrante musiquilla y ofertas del gran almacén me finiquitaran. Justo enfrente, la Casa del Libro se presentaba como un refugio apropiado, aunque para llegar tuve que cruzar por delante de una Cortylandia atestada de papás, mamás y crianzas chillonas, además de contemplar a mi izquierda un chiringuito de desahuciados semiacampados en una de las sedes de Bankia.

Creo que el coronel Kurtz lo expresó mucho mejor que yo: “He visto horrores. (…) es imposible describir con palabras lo que esto significa para los que no saben qué es el horror. Horror. El horror tiene cara y uno debe familiarizarse con él. El horror y el terror moral son tus amigos, de lo contrario se convierten en enemigos espantosos”.

Y por eso, añado yo, hay que dejarse caer de vez en cuando por los centros comerciales, sobre todo en estas entrañables fechas.

Ya en el comercio libresco, ajeno por un rato al aquelarre prenavideño del centro de Madrid (el verdadero corazón de las tinieblas), anduve como suelo en las librerías, sin rumbo y ojeando a mi libre albedrío cuando, de repente, atraído por el amarillo chillón de su portada, me fijé en Ética de urgencia, el último libro de Fernando Savater, un pensador con el que suelo estar bastante de acuerdo y al que admiro desde que le echó tanto coraje para enfrentarse a las amenazas de ETA.

Abrí el volumen, lo olisqueé según mi costumbre y me encontré de bruces con esta frase: “Cuanto menos sabes, más tienes que gastar para divertirte”.

Fuera hacía un frío de cojones.

Ética de urgencia

   

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