La historia del mundo en 100 objetos

Somos narraciones ambulantes. Solo podemos intentar entendernos a nosotros mismos si convertimos el caos de la vida en un relato articulado, con tranquilizadoras causas y efectos que nos sostengan en este deslizarse hacia “el patio de los callaos”. El método funciona y nos ayuda a sobrevivir, y eso explica que el ser humano se defina por su ansia por devorar relatos que suelen presentarse a través de palabras, imágenes o menos frecuentemente cosas.

Contar historias a través de los objetos es la tarea de los museos, entre ellos el fabuloso y abrumador Museo Británico, un lugar donde la rapiña encuentra cierta justificación. Su director, Neil MacGregor, La historia del mundo en 100 objetoscontribuyó en 2010 a una serie de programas de radio de BBC 4  que  pretendían narrar la historia del mundo a través de objetos expuestos en las vitrinas del British, y ese espacio radiofónico se ha convertido en un libro extraordinario, La historia del mundo en 100 objetos, disponible en Debate (800 págs., 43,90 €) y en versiones electrónicas más manejables y asequibles: 17 € que se quedan en 7 si tienes un Kindle y lo compras (en inglés) en Amazon.  

El propósito es muy ambicioso: reunir cien cosas con un rango temporal que arranca hace dos millones de años con herramientas de piedra y se cierra en nuestros días con una tarjeta de crédito y una lámpara solar, que cubrieran el mundo entero de la manera más equitativa posible, que afectaran a numerosos campos de la experiencia humana y que aportaran información sobre procesos complejos y sociedades enteras y no solo de los ricos y poderosos, lo que, inevitablemente, exige la inclusión de objetos humildes y cotidianos junto a las grandes obras de arte.

Estandarte de Ur

El estandarte de Ur (2600 – 2400 a. C.), una caja de madera (de función desconocida) con incrustaciones de mosaico de conchas, piedra y lapislázuli, sirve a MacGregor para ofrecer una visión de conjunto de la política, la sociedad y la economía de Mesopotamia, una de las cunas de nuestra civilización.

LA POESÍA DE LAS COSAS
Bajo esas premisas, MacGregor se lanza a la fascinante tarea de desentrañar el universo subyacente tras cada elemento analizado. Eso exige un examen riguroso y científico que fije lo que sabemos de una manera inequívoca, pero también una imaginación poética y poderosa para plantear las muchas hipótesis y conjeturas que estos objetos despiertan, y talento narrativo para desgranar el accidentado camino que muchos de ellos han seguido hasta reposar en las salas del British.

Casco hawaiano de plumas

Casco hawaiano de plumas (siglo XVIII d. C.). Regalo de los nativos al capitán James Cook, probablemente formaba parte de las vestiduras distintivas de algún jefe tribal.

La obra es original por varias razones: para empezar, concede la misma importancia a lo aparentemente nimio (recipientes de cerámica, pipas y otros utensilios ordinarios) que a los grandes hitos de la arqueología (la piedra de Rosetta, el estandarte de Ur…), y demuestra que un objeto vulgar y cotidiano puede decirnos tanto como un icono de la historia. En segundo lugar, la selección no se centra en las estudiadísimas civilizaciones mediterráneas y de Oriente Próximo y explora lugares menos conocidos, como Oceanía, el África Negra, Sudamérica… Y para acabar, presta voz a culturas y pueblos que no desarrollaron la escritura y solo nos pueden hablar a través de sus restos materiales.

Jomon-Pot

Olla del pueblo Jomon (Japón, 5000 a. C.), uno de los primeros recipientes para comida de los que tenemos noticia.

LA SOPA NACIÓ EN JAPÓN
El placer de los descubrimientos sorprendentes nos asalta constantemente durante la lectura. Uno no sospechaba que las primeras ollas que conocemos se hubieran hecho hace unos 7000 años en el norte de Japón, aunque se cree que esa habilidad surgió al menos diez milenios antes y simultáneamente en diferentes sitios del planeta, como sucedió con la escritura.

Esos humildes recipientes de arcilla supusieron un salto descomunal en la evolución humana: hasta su llegada, los alimentos se guardaban en agujeros en el suelo o en cestas, al alcance de animales e insectos y vulnerables a las inclemencias. Las ollas mejoraron la conservación de la comida y revolucionaron nuestra alimentación: cocidas o hervidas, semillas, plantas y raíces indigeribles se volvían comestibles; el arriesgado método del prueba-error perdió dramatismo y se aceleró: por ejemplo, bastaba cocer las almejas y esperar a que se abrieran para saber si eran buenas. Restos carbonizados del contenido de esas primitivas cacerolas nos han permitido suponer que tanto la sopa como el estofado nacieron en el norte del archipiélago nipón.

Este ejemplo es solo uno de los cien que reúne este imprescindible libro, una exhibición de erudición amena y asequible de la que se sale más sabio y consciente del largo, complejo y rico camino que nos ha traído hasta aquí.

Serpiente bicéfala

Serpiente bicéfala de madera cubierta con un mosaico de turquesa (México, siglos XV – XVI d. C.). Se cree que los aztecas la usaban como pectoral en ciertas ceremonias.

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