Cretinismo cuarentón

Según Josep Pla, soy un cretino (siempre lo he sospechado). Para el fabuloso y huraño escritor catalán (leerlo es hacerse un favor), “un hombre que después de los 40 años aún lee novelas es un puro cretino”, ¿y quién soy yo para contradecir al viejo maestro?

Sí, soy un necio, porque llego ya al cuarto piso y, aparte de no tener aún ni puta idea de qué va la vaina, sigo leyendo novelas y buscando en ellas las explicaciones y sentidos que no alcanzo a encontrar en (casi) ninguna parte.

Consumo historias inventadas por otros para ver si así comprendo un poco más el mundo en que vivo, lo que me convierte en un gilipollas de manual no solo para Pla, sino para los que manejan la caja registradora, quizá los únicos con la suficiente lucidez para no perderse en disquisiciones y comprender que la humanidad se divide en dos clases de personas: las que saben hacer dinero (la verdadera aristocracia, la cúspide de la pirámide ecológica) y las que no (y aquí se incluyen literatos, intelectuales y otros espectadores de la existencia).

Crematorio

Lo que pasa es que uno asume su cretinismo, y hasta lo celebra, en esas raras ocasiones en las que sus pesquisas funcionan y encuentra un relato que lo ayuda a entender siquiera un poco su época y su entorno. Acabo de pasar por una de esas epifanías librescas gracias a Crematorio, la novela de Rafael Chirbes, elogiada por escritores y periodistas en cuyo criterio confío. La tenía en la recámara, así que me la he comprado para el Kindle (sí, pago por e-books, lo que para el 90% de la población española también hace de mí un idiota digno de conmiseración) y la he leído con fascinación creciente.

No soy un crítico literario, así que para recomendar su lectura voy a copiar lo que Ricardo Menéndez Salmón escribió en El País sobre la obra de Chirbes: “El mundo no es una novela, pero el mundo nunca resulta tan comprensible como cuando se viste de novela. Si mi hija preguntara cómo era la España en la que nació, le diría que leyera una novela, por ejemplo Crematorio, de Chirbes”. Amén. 

El relato transcurre en Misent, una imaginaria localidad costera levantina, arrasada y enriquecida a partes iguales por la especulación inmobiliaria (¿acaso no es la corrupción el aceite que engrasa el sistema, el peaje a pagar por abandonar la miseria?), y narra la historia de los miembros de una familia encabezada por Rubén Bertomeu, antaño arquitecto idealista y hoy un setentón constructor y promotor inmobiliario sin escrúpulos, figura arquetípica de la España de las últimas décadas, a cuyo alrededor orbitan el resto de los insatisfechos y ambiciosos personajes.

Chirbes da a cada uno de ellos un registro diferente, y la novela se desarrolla a través de soliloquios que componen las piezas del puzle y ofrecen un panorama de la especulación urbanística, la corrupción y la destrucción del paisaje, el retrato de una sociedad que ya solo cree en el dinero y donde el paso del tiempo y la muerte acaban surgiendo como las únicas verdades inmutables en un mar de mentiras.

Crematorio te patea la conciencia y es una novela incómoda, feroz y radical. Yo no me la perdería.

Benidorm

Benidorm: una puta mierda, pero nos ha dado (y nos da) de comer.

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5 comentarios

Archivado bajo Novela

5 Respuestas a “Cretinismo cuarentón

  1. goyo

    Creo que algo parecido dijo Althuser.
    Para mí nadie hace algo de nada. Unos pasan la vida convirtiendo en dinero el sufrimiento de los demás y otros transformamos la gris realidad en emoción y sentido a través de la literatura.
    Plá, que escribía muy bien era bastante cateto.

  2. Anónimo

    Los que te conocemos reafirmamos las palabras del bueno de Alberto Pla.
    Por cierto ¿no has visto la serie de Crematorio?. Esta tan bien, que no parece española.

  3. Sonya

    Lo único que puedo decirte es que no estoy de acuerdo con Pla en el tema del cretinismo y que me pases la novela, que me dan muchas ganas de leerla….

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