A los toros

Me gustan los toros casi tanto como ir a los toros. Me gustan porque aprecio las virtudes del toreo —el valor, la estética, el rito— y de los toros de lidia, animales bellísimos (y artificiales como dóbermans, el producto de siglos de experimentación genética) que llevan una existencia bastante más digna que la de muchos seres vivos: perrazos recluidos en minipisos, pajaritos en la jaula, pollos en la granja, viejos en los asilos…

Pero sobre todo me atraen y divierten el ambiente, la sensación de reunirse para contemplar el anacronismo de un oficio y un espectáculo destinados a desaparecer, esa mezcla de caspa y elegancia que lo asalta a uno en cada rincón de la plaza, las reacciones del público taurino, mucho más civilizado que el del fútbol, la expectación casi siempre convertida en decepción —metáfora exacta de la vida—, el cambio en la gradación de la luz a medida que transcurre la tarde (esos delicados tonos pastel cuando declina el sol sobre los tendidos…).

El sol se va de Las Ventas por la andanada del 6.

El sol se va de Las Ventas por la andanada del 6.

Y además, te dejan beber hasta gintónics. ¡Y fumar!  

Una lata de Mahou sale por 2,50, barata no es.

Una lata de Mahou sale por 2,50, barata no es.

El caso es que el otro día fui a Las Ventas con unos amigos y uno de ellos, sensible amante de los animales (tanto que vive con una pájara y una perra), comentó: “Esto es un oasis de libertad, aquí se puede beber y fumar” (añado, lo decía gintónic en la siniestra y puro en la diestra, y remato: se aburrió y asegura que no volverá).

Dos tardes después, otro amigo me invitó a la corrida venteña de turno. Hablábamos de lo insólita que resulta la pervivencia de semejante tradición a estas alturas del partido, cuando el planeta parece destinado a convertirse en una aséptica y minimalista tienda de Apple. Como quien no quiere la cosa, mi colega sentenció: “Aquí estamos, comiendo, bebiendo y fumando mientras torturan a un animal”. Lo clavó.

Efectivamente, en los toros asistimos a una crueldad perfectamente reglamentada y probablemente indefendible desde un punto de vista ético, a pesar de los muchos argumentos (económicos, culturales, ecológicos —sí, ecológicos—) que podrían esgrimirse a su favor.

Tan es así que los peores valedores de la tauromaquia acaban siendo los líricos que proclaman las esencias artísticas del toreo (que si Goya, que si Picasso, que si Lorca, que si Hemingway…) como una justificación culta de su afición.

Hemingway cediendo los trastos tras un -suponemos- trago largo y templado (foto de

Hemingway cediendo (¿o cogiendo?) los trastos tras un -suponemos- trago largo y templado (foto de afuegolento.com).

POLÍTICAMENTE INCORRECTO
Se equivocan, creo yo. Si los toros han de sobrevivir, habrá de ser a lomos de la incorrección política, como uno de los últimos reductos donde no llegue la policía moral que acecha en cada rincón de este mundo menos libre de lo que nos gusta creer.

Es mejor ser torero, cruzarse al pitón contrario, adelantar la muleta, citar, embarcar la embestida y luego vaciarla admitiendo la verdad: en los toros hay belleza, emoción y sensibilidad, pero también barbarie y casquería, que en las plazas de pueblo alcanza las dimensiones de orgía sangrienta y chapucera (de las fiestas populares mejor no hablar).

Yo soy consciente de todas estas cosas, pero no pienso dejar de ir a la plaza, a pesar de que a veces me sienta allí como Josep Pla (1897-1981), Plaque dejó su impresión sobre las corridas de toros en Madrid. El advenimiento de la República, un libro que recoge sus crónicas periodísticas y apuntes de la vida cotidiana madrileña en los meses que siguieron al 14 de abril de 1931.

Pla era corresponsal de periódicos catalanes en la capital, y sus finas dotes de observación, su detallismo y su ironía distanciada dejan un testimonio excepcional de aquellos días.

Es una lectura muy recomendable, tanto como Madrid, 1921. Un dietario, su otra obra capitalina, ahora reeditada por Libros del K.O. 

Sí, Pla pasaba mal rato en los toros: “Es un espectáculo que no me agrada, porque me descubre con gran brutalidad el fondo psicológico que llevo dentro. (…) La sangre me apena. Si cogen a un hombre tengo que apartar la vista. Después, la sensibilidad se me endurece y me voy volviendo insensible. Los gritos de la multitud, el alboroto de la gente, contribuyen a endurecerme. En fin, siento que vería morir a un amigo en la plaza y que no sentiría ni frío ni calor, y que no se me moverían ni un nervio ni un músculo”.

Pla prosigue con una reflexión antropológico-histórica arbitraria y que hoy suena viejísima (“Creo, además, que la dureza del pueblo castellano —Keyserling ha observado que es un pueblo que no ha pedido nunca clemencia ni la ha concedido— se mantiene y cultiva en gran parte por la fiesta nacional”), y acaba sus observaciones con la madrileña costumbre, tan unida a los toros, de tomar cañas y comer marisco.

Pero eso da para otro post…

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1 comentario

Archivado bajo Crónica, General, Periodismo

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