¿Te apetece un libro sándwich?

Soy muy de oler los libros, y las revistas, y los periódicos (de pequeño, si dejaba el Marca al sol en la piscina, sus páginas me traían aromas a melón cuando volvía a la toalla), y me fastidiaría que “lo digital” viniera a quitarme un privadísimo placer nimio, pero constante.

El olor a tinta fresca se parece a los buenos desayunos: inaugura el mundo y promete.

Sí, los libros los he olisqueado y los he sobado, pero no he llegado a lamerlos ni tampoco a comérmelos (no lo descarto).

Esto me hace pensar que a cada libro, autor o materia se le podría adjudicar un sabor o un olor, y así habríamos llegado a la invención del maridaje gastronómico-libresco. No me extrañaría que Ferran Adriá anduviera en algo parecido en la fundación que prepara tan en secreto.

Stevenson sabría a oporto, las novelas de Conrad olerían a brisa marina, los relatos de Borges exhalarían un aroma a librería de viejo y el Quijote variaría entre el tufo a sudor y el ámbar de la Ínsula Barataria, con el contundente gusto de los huevos con tocino y la potencia de las cebollas, el pan duro y el queso algo rancio que Sancho y su señor comían bajo una encina.

Yo no sé si el diseñador gráfico y fotógrafo polaco Pawel Piotrowski habrá pensado cosas parecidas, pero busca un editor para su proyecto Sandwich Book, suculento, no comestible (por ahora) y quizá absurdo.

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