Una cabaña en el campo

Hay que ver cómo huele Madrid estos días a meados rancios, daño colateral del temible verano mesetario en la ciudad, que aquí parece que todo dios recuerda la canción aquella de “en las cabinas no se orina, para eso están las esquinas” y se saca la minga a la primera de cambio y marca territorio como los perros y uno fantasea con cortársela a todos esos puercos que nos regalan su agüita amarilla, esperemos que no nos lo tengan en cuentan los que dan los Juegos Olímpicos, en Corea del Norte lo solucionarían a hoz y martillo pero aquí vamos a tener que hacer un cursillo de cata de aromas de orines porque no hay calle ni barrio que no tenga su denominación de origen y al final acabaremos andando por ahí como las damas del XVIII, con el pañuelito perfumado siempre a mano, y del hedor en el metro ya hablaremos otro día.

Esto no es un ataque de misantropía, es higiene y civismo, aunque reconozco que me ha afectado el regreso a Madrid Mordor desde un sitio limpito, fresco y con mar (las Rías Bajas). En Baiona, las digestiones de las lubinas salvajes, las navajas y los pulpos regados con albariño (ese vino amable, que decía Cunqueiro) se unen al clima suave y el aire salino y claro para propiciar vagos estados de ensoñación, fantasías inocentes y deseos de un mundo mejor que se van apagando a la vuelta a la urbe para desaparecer por completo con el primer partido de Liga.

A ese melancólico humor mío ha contribuido la lectura de Walden (1854), un (y copio de las solapas del volumen editado por errata naturae) “manual para la buena vida: un libro escrito contra toda servidumbre y a favor de la felicidad como única riqueza del ser humano”, Waldenobra del agrimensor, naturalista y ensayista estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862). El autobombo editorial, siempre tan florido. Personalmente, creo que la felicidad se escabulle apenas la nombras, lo que contribuye a su prestigio. Quizá la felicidad consista en no ser feliz y que no te importe. Mientras, vamos tirando. Y leyendo.

No sé si Walden será todas las cosas que proclama su editorial, pero al menos posee una virtud: te pone a pensar, te desamodorra y te hace plantearte si, en el fondo (y en la forma) no serás un completo gilipollas, aunque puedas cenar lubina. Los libros que más merecen la pena te incomodan, y de eso se trata: para que nos reafirmen en nuestras convicciones previas ya tenemos el periodismo.

El texto nace de la decisión de Thoureau de instalarse en 1845 en la cabaña que se construyó en los bosques, junto a la laguna de Walden, en Massachusetts. Allí pasó algo más de dos años, no como un ermitaño, pero sí en soledad y en contacto con la naturaleza, despojado y frugal pero libre de las esclavitudes sociales. Su objetivo era “vivir intensamente”.

Réplica de la cabaña de Thoreau, construida donde vivió.

Réplica de la cabaña de Thoreau, construida donde vivió.

No es que uno tenga la menor intención ni la capacidad de irse a morar en un chozo a contemplar los pájaros y alimentarse de las judías que plante (no sobreviviría al invierno), pero las reflexiones suscitadas en Thoreau por su experiencia vital dan en la diana de ese difuso malestar tan común (móntate en el metro y mira al personal: no parece muy satisfecho), ese desasosiego que no se cura yéndose de vacaciones ni comprándose catorce iPads. Leyendo Walden recuerdas lo que sabes de sobra pero has olvidado: no es mejor ni más feliz el que más ruido hace ni el que más se mueve ni el que más grita ni el que más cachivaches acumula. La vida puede ser (es) más simple de lo que la hacemos y no hacen falta tantas cosas para que merezca la pena.

Como escribió el autor en sus Diarios, “los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas”.

Walden es un canto a la sabia simplificación de la existencia, una mezcla heterogénea de pensamientos, filosofía, detalladas observaciones cotidianas, lirismo y apuntes de la vida salvaje, quizá los pasajes más brillantes: el amor por la naturaleza de Thoreau y su minuciosidad se desbordan en asuntos como la descripción de los movimientos de una ardilla, que en su pluma se convierten en breves relatos llenos de poesía. Lo peor viene cuando al ensayista le sale la antipática vena puritana anglosajana (castidad y abstención), aunque sucede en pocas ocasiones y se le perdona.

ANARQUISMO SUAVE
Thoreau fue un tipo interesante. Defensor de la naturaleza, se le considera uno de los pioneros de la ecología y la desobediencia civil. De hecho, tuvo problemas con la justicia por negarse a pagar impuestos en 1846, a causa de su oposición a la guerra de los EE.UU contra México y a la esclavitud, de la que era un ferviente abolicionista. A raíz de esta experiencia fue encarcelado, aunque se le liberó al día siguiente, después de que alguien —se cree que un familiar— pagara las tasas contra su voluntad.

Retrato de Thoreau en 1856, por Benjamin D. Maxham.

Retrato de Thoreau en 1856, por Benjamin D. Maxham.

Tras este suceso, Thoreau escribió Desobediencia civil, una conferencia que se publicó en 1848. Con aires de anarquismo no violento, este breve ensayo rechazaba el poder del estado, criticaba la sociedad de su época y llegó a ser uno de los textos de cabecera de Gandhi y Martin Luther King.

Es su obra más conocida después de Walden, “un libro escrito para esa mayoría de hombres que está descontenta con su vida y con los tiempos que le ha tocado vivir, pero que podría mejorarlos. Y también para aquellos en apariencia ricos, pero que en realidad han acumulado cosas inútiles y no saben muy bien qué hacer con ellas”.

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