Maneras de ser periodista

Así no hay forma. Está uno haciendo una limpia libresca en casa más parecida a los aquelarres nazis que al donoso escrutinio del Quijote, expurgando libros como un Stalin del papel (parafraseando al temible Koba, “eliminado el volumen, eliminado el problema”), ampliando el lebensraum que una nueva vida requiere (hija, es la primera vez que escribo de ti y casi me pongo a hacer pucheros) y van los de Libros del K.O. y publican un Camba que además pone en su sitio al periodismo, devuelto por la crisis a sus orígenes: una ocupación de gentes de mal vivir, el trabajo de las tres des –dipsómanos, divorciados y depresivos–, y quién sabe, quizá esté bien así.

Portada Camba

Menos mal que el libro en cuestión es finito (104 páginas) y aún me cabe en casa, porque a pesar del ahorro de su versión en e-book (4,99 euros frente a 13,90), sigo viendo la lectura como un placer tan sensuaaaaaal como cerebral, y no es que yo pase páginas tirado en una chaise longue con un pitillo en los labios cual Sara Montiel, pero es que el libro electrónico posee la calidez de los pasillos de la Estrella de la Muerte, y el papel es sexy, y a Julio Camba no me da la gana leerlo en una baratija cromada y electrónica ensamblada por semiesclavos orientales. 

Como iba diciendo, estos editores malditos de Libros del K.O. publican el 9 de septiembre Maneras de ser periodista, una recopilación de artículos de Julio Camba, uno de los mejores cultivadores del género españoles del siglo XX, si no el mejor, un escritor inteligente, finísimo y agudo que lo reconcilia a uno con la vida, un visitante habitual de este modesto blog, ya alabado aquí, aquí y aquí.

El volumen recoge textos –no reunidos antes– en los que el periodista gallego disecciona las miserias, rutinas y gajes del oficio de plumilla, aceradamente definido en la cita que encabeza la web de la propia editorial: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible” ( Janet Malcolm, El periodista y el asesino).

¿Cómo no correr a comprar este ajuste de cuentas del gran Camba “con el miserable que inventó la imprenta”? Y más después de leer este fragmento (y que le den al lebensraum).

“Yo lo mismo hago un artículo con una noticia de tres líneas que leo en el Daily Telegraph, que con las obras completas de Voltaire. Yo me voy al mar, por ejemplo. No cabe duda de que el mar es una cosa grande y hermosa. Pues para mí como si fuese un sombrero de paja. Toda su hermosura y toda su grandeza yo la reduzco rápidamente a una columna escasa de periódico; mando las cuartillas a su destino, y ya se han acabado para mí los encantos del mar, y, como los encantos del mar, las mujeres bonitas, y como las mujeres bonitas las obras maestras, y como las obras maestras las catedrales góticas, y los buques de guerra, y los campos sonrientes, y la primavera, y las fiestas movibles y todo. El articulista no puede gozar de nada, porque todo, en su organismo, se vuelve literatura, así como esos enfermos que no gozan de ninguna comida porque todas ellas se les convierten en azúcar. Esos enfermos son fábricas de azúcar, y nosotros somos fábricas de artículos”.

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