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¿Por qué despreciamos a los mendigos?

George Orwell se lo preguntaba en Sin blanca en París y Londres (Debate), la muy recomendable –¿escribió algo malo este hombre?– crónica de sus años de pobreza.

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Walden

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión”.

Henry David Thoreau, WALDEN (Errata Naturae, 360 págs., 18,50 €).

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En 1845, Thoreau se instaló en la cabaña que se había construido a orillas de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts. Allí vivió solo y autosuficiente durante un par de años. ‘Walden’, su libro más popular, recoge esa experiencia y critica la sociedad de su tiempo. Este cartel le recuerda, allí donde pasó aquellos días.

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Mierda de artista

Investigadores de la UNED han realizado un estudio con 73 voluntarios (51 mujeres y 22 hombres) que concluye que lo que más asco nos da a los españoles son los desechos corporales: vómitos, mocos, sangre y, por supuesto, mierda. ¡Acabáramos! Yo habría llegado a la misma conclusión a cambio de unas cañas, pero no me lo habrían publicado en la Revista Argentina de Clínica Psicológica

De lo que no habla el informe científico es de la relación entre la taza del váter y la creatividad artística.

Craso error. Creo que la única ocasión en mi vida en la que he asistido a un happening o performance que mereciera la pena fue el día que, siendo pequeños y estando solos en casa, respondí a la solícita pregunta de una de mis hermanas (“¿Qué quieres de cenar?”) con un seco “Mierda”.

Dicho y hecho. Tras unos minutos de silencio, mi hermana se plantó ante mí con una taza llena de excrementos coronada por una cucharita*.

La mierda de artista de Manzini puede verse en el Reina Sofía, pero yo prefiero la fraterna.

La mierda de artista de Manzini puede verse en el Reina Sofía, pero yo prefiero la fraterna.

Fue una revelación, una epifanía, un supremo momento de inspiración que quizá habría seducido a Dalí, quien en su Diario de un genio (me tiene loco el libro) nos da la llave de su intimidad y nos permite adentrarnos en sus pensamientos más secretos, a menudo desarrollados en la cálida privacidad del escusado, escenario perfecto para muchas de sus iluminaciones paranoico-críticas.

“Esta mañana, mientras estaba en el retrete, me ha asaltado una intuición genial. Por otra parte, mi deposición era increíblemente fluida e inodora. Pensaba, preocupado, en el problema de la longevidad humana, pues hay un octogenario que estudia esta cuestión y que acaba de tirarse en el Sena en un paracaídas de color rojo. La intuición que he tenido era que, si se lograra dotar al excremento humano de la fluidez de la miel, la vida del hombre se prolongaría, dado que el excremento (a juicio de Paracelso) es el hilo de la vida, y cada interrupción o pedo no es otra cosa que un minuto de la vida que se desvanece. Es el equivalente, en el tiempo, del tijeretazo de las Parcas, quienes también cortan el hilo de la existencia, la hacen pedazos y la destrozan. La inmortalidad temporal debe buscarse entre los desperdicios, entre los excrementos y en ninguna otra parte… 

Más DalíY, puesto que la más alta misión del hombre en la Tierra es la de espiritualizarlo todo, el excremento es en particular lo que más espiritualidad necesita. Por eso precisamente abomino siempre más de todas las chanzas escatológicas y de todas las formas de frivolidad en esta materia. Al contrario, me asombra la poca atención filosófica y metafísica que el espíritu humano ha mostrado con respecto al tema central de los excrementos. Y cuán desalentador es comprobar que, entre tantos seres de espíritu sensible, hay muchos que hacen sus necesidades como todo el mundo. El día en que escriba un tratado general sobre el tema, con toda seguridad el mundo entero se quedará estupefacto. Este tratado será, por otro lado, completamente distinto al de Swift sobre las letrinas”.

* No toqué la cena, huelga decirlo. 

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De qué hablo cuando hablo de correr

Ahora que estoy en el paro, aprovecho muchas mañanas para salir bien temprano a correr por un parque de Carabanchel. Me digo a mí mismo que es para mantener la forma, cumplir con una disciplina y no ponerme muy morcón, pero empiezo a sospechar que mi yo secreto desea estar preparado por si hay que salir por patas.

Troto con el pelo encrespado y moldeado aún por la almohada, luciendo baratas camisetas viejas —desprecio en silencio a esos corredores en mallas que, además, suelen pasarme inmisericordes— y con unas gafas de sol del Decathlon que rematan mi aspecto de tolái de barrio deprimido. Berberechos del YakartaEs como estar en una peli de Ken Loach, pero en lugar de gente sonrosada y pintas de cerveza, hay chinos, ecuatorianos, jubilatas, veteranas amas de casa españolasdetodalavida, tipos desdentados y el dueño del Yakarta (metro Oporto, excelentes berberechos) montando guardia en las almenas de su bar desde que el Sol despunta.

Cuando corro por el Retiro es otra cosa. Allí me he cruzado un par de veces con uno de los hijos de la Duquesa de Feria (el de la nariz aguileña), acompañado por su amigo Rosauro, un rubio sevillano que de puro pijo parece una caricatura y al que tengo manía desde que descubrí en el ¡Hola! que sale con Amaia Salamanca. Amaia Salamanca y Rosauro
Esos dos también me dejan tirado —el de Feria es alto como una torre y cachas de cojones, la encarnación de la darwiniana teoría que sostiene que los ricos están más buenos—, y cuando los veo alejarse el rencor aviva mi paquidérmico ritmo. En El Retiro abundan también las corredoras hermosas —mucha guiri, diría yo— y una vez vi a un tipo que daba sus zancadas ataviado con una camisa de Ralph Lauren. Es otro rollo.

No sé si es que la lucha de clases se ha quedado en lo que uno se pone para correr y los lugares por donde lo hace, pero lo que sí pienso es que esto del running —tonto anglicismo sustituto del anterior y no menos tonto footing, sospecho que por puro esnobismo— da para mucho, y que en realidad tiene más que ver con la cabeza que con las piernas.

CORRERÍAS ZEN, FANTASÍAS VIOLENTAS
Yo aprovecho mis carreras para estar solo con mi esfuerzo, relajarme, dejar la mente en blanco o, más a menudo, liberarla de sus frustraciones mediante recurrentes fantasías no por absurdas menos terapéuticas: goles decisivos en el Bernabéu, palizas brutales a ciertos empresarios morosos, actuaciones brillantes en el Olimpo del rock al ritmo de lo que suena en mi iPod… ¿Patético? Quizá, pero me sienta bien y lo echo de menos cuando no lo hago.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? A un libro, claro, aunque no de actualidad (se publicó hace un par de años). Título: De qué hablo cuando hablo de correr. Autor: Haruki Murakami (lo siento, Haruki, pero yo también prefería a Philip Roth para el Príncipe de Asturias de las Letras).

De qué hablo cuando hablo de correr

El exitoso y muy leído en España Murakami dejó de regentar su bar de jazz en 1982 para dedicarse a escribir, y también por entonces comenzó a correr con el objetivo de conseguir una condición física que le aportara la suficiente energía para la dura tarea de pasar horas cada día inventando historias y dándoles forma. El novelista japonés, con un punto obsesivo que asusta un poco y que me gusta imaginar como un rasgo muy nipón, convirtió una actividad que al principio no le llevaba más de 20 o 30 minutos de agotamiento en una exigente disciplina que le ha conducido a correr un maratón por año y a acabarlos en tiempos decentes y en muy buenas condiciones.

En esta suerte de memorias, Murakami reúne sus reflexiones sobre lo que correr ha significado para él aunque, por supuesto, hay mucho más. Correr puede parecer un tema muy vago y de poco calado, pero siguiendo los pasos del escritor en su preparación para el Maratón de Nueva York de 2005, vamos asistiendo a las reflexiones que al hilo de sus experiencias atléticas surgen sobre diversos asuntos: el envejecimiento, los límites del cuerpo y la mente, sus gustos musicales y literarios, la identificación de correr y escribir como dos tareas paralelas que acaban constituyendo una forma de estar en el mundo…

De una forma muy sutil, el autor de Tokio Blues desgrana las lecciones vitales —personales, en ningún momento sienta cátedra— que ha aprendido siendo un corredor de largas distancias, y lo hace con el estilo marca de la casa: una escritura fluida que arranca despacio, va cogiendo ritmo y que cuando rompe a sudar ya te ha llevado adonde quería, sin que tú hayas apreciado las cuestas y dificultades del camino. Con este tío siempre me pasa lo mismo: al principio tengo la vaga sensación de que me está vendiendo una moto facilona y simple, pero luego siempre me convence, me engancha y me pone a pensar.

No hace falta haber corrido ni para coger el autobús para disfrutar de este librito filosófico, entretenido, ligero pero profundo, sobrio y encantador.

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La bandera invisible

La bandera invisible es la bandera del humanitarismo, y bajo ella sirvió Peter Bamm (1897-1975), el médico, periodista y escritor alemán dedicado a salvar vidas como cirujano de campaña del ejército de su país en el frente ruso entre 1941 y 1945. Siete años después del final de la guerra, Bamm publicó La bandera invisible (Libros del Asteroide, 368 págs., 18,95 €), una obra autobiográfica en la que plasmó aquella experiencia y dejó testimonio de los sacrificios de muchos para ayudar a quienes sufrían, es decir, de la dignidad y la compasión en mitad de la mayor de las miserias y la crueldad extrema.

El relato, sencillo, directo y vigoroso, es sincero dentro de una subjetividad no disimulada, y no elude el espinoso asunto de los crímenes de los nazis (“los otros”, como los llama Bamm, quien se enroló en el ejército como médico para no tener que trabajar en un periódico adquirido por los nacionalsocialistas). Así, el autor narra una matanza de judíos en Nikolayev (Ucrania), admite que esos crímenes no gustaban entre gran parte de la tropa y muchos de sus oficiales, pero añade que el saberlo y no hacer nada los convertía en cómplices, y escribe lacónicamente: “Nosotros lo sabíamos. No hicimos nada”. A partir de esta descarnada confesión, es el lector quien debe juzgar.

Esa sinceridad (nada fácil ni común en la Alemania de 1952) es la mayor virtud de un relato que alcanza sus mejores momentos en la descripción de la camaradería, el humor y los malabarismos necesarios para atender a los heridos y enfermos, sobre todo durante la caótica retirada alemana, sembrada de “órdenes que no tenían sentido”. Compasivo y contradictorio, La bandera invisible es un libro-homenaje a los hombres y mujeres que supieron sacrificarse por los demás sin esperar nada a cambio, y sólo eso bastaría para salvarlo.

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