Archivo de la categoría: Cuentos

Los antídotos

A Cristina Kirchner rodeada de lameculos prefiero un festival de la inteligencia.

A Maradona escupiendo necedades prefiero la seducción del genio.

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¿Talento desperdiciado?

Nórdica Libros, una de esas pequeñas editoriales que tan bien lo están haciendo, acaba de publicar Niños en su cumpleaños (64 págs., 8 €), un relato que se lee en un suspiro y donde brilla el mejor Truman Capote (1924-1984), dueño de una prosa cristalina, hermosa y llena de precisión (nada falta ni sobra, todo está en su sitio) y sensibilidad, que no sensiblería. El escritor de Nueva Orleans fue un maestro del relato corto y un superdotado a la hora de reflejar los matices y ambigüedades de la realidad con apenas un par de pinceladas, privilegio de los grandes.

Los niños del profundo sur de los EE.UU. (donde él creció) fueron uno de sus temas favoritos al principio de su carrera, y supo describir como nadie sus problemas y preocupaciones, como en el relato que nos ocupa. La vida de dos críos, Billy Bob y Preacher Star, queda convulsionada con la llegada a su pequeño pueblo de Alabama de Lily Jane Bobbit, de diez años, y su madre, que nunca habla. Leer esta breve historia y no correr a buscar los Cuentos completos de Capote queda descartado.

EL PEQUEÑO GENIO AMERICANO
Truman Capote fue una mina para los consumidores de escándalos. Famoso, gay, borracho, adicto a cualquier tipo de sustancia y egocéntrico (“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, escribió en pleno abotargamiento y decadencia), añadió a su aura de maldito de papel cuché el haber padecido una infancia desgraciada y solitaria, redimidida por un explosivo talento literario que lo llevó a publicar una fascinante novela primeriza (Otras voces, otros ámbitos), con sólo 24 años.

Luego llegaron obras más maduras y depuradas, como El arpa de hierba, y éxitos clamorosos como Desayuno en Tiffany’s, pero fue la apasionante y magistral A sangre fría, publicada en 1966, la que le proporcionó la fama masiva en su país, un dudoso privilegio concedido a muy pocos escritores estadounidenses de calidad (Hemingway, quizá) en el siglo XX.

La novela narra el asesinato de cuatro miembros de una misma familia en un pueblo perdido de Kansas. Para escribirla, Capote se enfrascó en una larga investigación que lo llevó incluso a conocer íntimamente a los dos autores del crimen. Con A sangre fría, Capote inauguró un género (la “non fiction novel”, como lo bautizó él mismo) y contribuyó al surgimiento del llamado nuevo periodismo, aunque no cesan los debates sobre la realidad y solidez de estas contribuciones. En cualquier caso, ahí queda la fabulosa crónica de un crimen, una narración con la exactitud y precisión del mejor reportaje y la penetración de la literatura más exigente.

Desde entonces y hasta su muerte, el escritor de Nueva Orleans se convirtió al rebufo de su celebridad en una especie de bufón de la alta sociedad neoyorquina, y se multiplicaron sus apariciones en televisión, salpicadas de declaraciones más o menos provocativas, apoyadas en un aspecto de gnomo avejentado y una voz aflautada que no dejaba indiferente. Era como un marciano pasablemente pervertido aterrizado en la aún confiada América de mediados de los 60.

EN BARRENA
A partir de ahí, la carrera literaria de Capote se vino abajo poco a poco, quizá por culpa de las drogas, el alcohol y el desequilibrio personal del escritor, que no volvió a alcanzar el nivel demostrado en sus primeros años. Narraciones breves publicadas en revistas y, sobre todo, Música para camaleones (1980), un volumen que reunía cuentos cortos, retratos y un soberbio relato (Ataúdes tallados a mano) deudor de A sangre fría, fueron sus aportaciones, al margen de Plegarias atendidas, la novela inacabada que pretendía explorar la sociedad de los americanos ricos y que le amargó la vida, ya que a medida que publicaba fragmentos de la historia a modo de prueba de su actividad, muchos de sus amigos ricos que se veían retratados iban abandonándolo.

Así, Capote, arrastrado por las adicciones, la soledad y las pesadillas que lo acompañaban desde la infancia, se fue hundiendo hasta su muerte en 1984, a los 59 años. Quedó como la imagen del talento desperdiciado, del escritor que pudo haber creado la gran novela americana del siglo XX y no lo hizo, pero sus primeros cuentos, A sangre fría y varias de sus breves novelas bastan para hacerle sitio entre los mejores.

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Grandes para pequeños

Nunca había sido tanta la oferta de libros para niños y nunca se había visto en las librerías tal cantidad de volúmenes magníficamente editados, muchos con ilustraciones que en ocasiones justifican la compra por sí solas. Alfaguara, una de las grandes de la edición española que más cuida la literatura infantil y juvenil, acaba de lanzar una colección que, con el título de Mi primer, publicará cuentos para niños escritos por autores de máximo nivel.

Va en serio, porque abren el fuego Arturo Pérez-Reverte (quien tuvo la idea de la colección y ejerce de asesor del proyecto) y Mario Vargas Llosa. Ambos debutan en la difícil literatura infantil con El pequeño hoplita y Fonchito y la Luna, respectivamente, dos cuentos de argumentos muy diferentes e ilustrados por Fernando Vicente el primero y Marta Chicote Juiz el segundo.

El relato de Pérez-Reverte narra la historia de la batalla de las Termópilas, y su protagonista es un niño con una misión que cumplir, mientras que el autor de La Fiesta del Chivo se enfrenta al reto con la historia de un crío -Fonchito- que se enamora por primera vez y tiene que conseguir la luna por un beso de su amada compañera de clase.

La colección tiene muy buena pinta y continuará con cuentos para niños escritos por autores propuestos por Pérez-Reverte, entre ellos gente del calibre de Javier Marías, Eduardo Mendoza y Antonio Muñoz Molina.

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Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

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Cine y foto

Cortázar decía que la novela es como el cine, y el cuento como una fotografía. En el caso de Antón Chéjov (1860-1904) y Jorge Luis Borges (1899-1986), los relatos breves del primero serían como esas películas lentas y en las que aparentemente no pasa nada, aunque por debajo ríos de lava amenazan con llevarse por delante a los personajes y su mundo. Justo como la Rusia prerrevolucionaria que vivió.

Los de Borges se asemejan a fotografías perfectas, inmóviles en el tiempo, siempre iguales a sí mismas. Cambia levemente la gradación de la luz y una imagen plena de sentido se convertirá en pura confusión; toca una coma y el castillo de naipes literario se vendrá abajo.

En Chéjov no hay felicidad ni armonía, y sus memorables personajes deambulan por la vida con la esperanza (consciente o no) de ser otros. En su agonía final, el narrador y dramaturgo ruso deliraba y Olga, su mujer, puso una bolsa de hielo sobre su pecho con la intención de aliviar su fiebre. Chéjov, lúcido por un momento, le preguntó: “¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?”. Puedes leerlo en Antón Chéjov (Acantilado), la brevísima y hermosa biografía de Natalia Ginzburg, recomendable tanto para conocedores de Chéjov como para los que tienen la suerte no haberlo descubierto todavía, algo que podrán hacer con las excelentes ediciones de la editorial Alba, especializada en recuperar clásicos.

En Borges tampoco hay alegría de vivir. Sus frías construcciones son la elaboración de un hombre débil (solía decir que nada admiraba más que el valor físico) que encontraba en las quimeras de palabras el refugio frente a un mundo que le sobrepasaba. Leer a Borges es acomplejarse. Una frase le basta para sugerir un universo, y al acabar una de sus historias domina la sensación de la imposibilidad de mejorarla. Todo es maravilloso en el creador argentino, pero yo empezaría por El Aleph y Ficciones, dos libros de relatos que encontrarás en la impagable Alianza Editorial.

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