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El daltonismo de Napoleón

“Sin embargo, qué sabemos nosotros con anticipación del curso de la historia, que se desarrolla con arreglo a alguna ley no descifrable por lógica alguna, se desplaza y cambia de dirección a menudo por minucias imponderables, por una corriente de aire apenas perceptible, por una hoja que cae al suelo o por una mirada intercambiada a través de una multitud. Ni siquiera, de manera retrospectiva, podemos saber qué ocurrió realmente y cómo ocurrió ese acontecimiento mundial. La investigación más exacta del pasado apenas se acerca más a la inimaginable verdad que, por ejemplo, una afirmación tan absurda como la que una vez me hizo Alfonse Huyghens, un aficionado que vivía en la capital de Bélgica y se ocupaba desde hacía décadas de hacer investigaciones sobre Napoleón, según el cual todos los cambios radicales causados por el Emperador francés en los países y reinos europeos debían atribuirse solo a su daltonismo, que hacía que no pudiera distinguir el rojo del verde. Cuanta más sangre corría por los campos de batalla, me dijo aquel investigador belga de Napoleón, tanto más fresca le parecía ver crecer la hierba”.

W. G. Sebald, Camposanto 

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Actitud

Londinenses buscando libros en una biblioteca destruida por los bombardeos nazis de la Segunda Guerra Mundial.

Sea o no una imagen propagandística y preparada –lo parece, pero no he logrado averiguarlo–, esta es LA ACTITUD.

London readers

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Cocido y República

JOSEP PLA, MADRID. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA  (1933)

20 de mayo

Gran discusión en la pensión entre partidarios de la olla catalana y del cocido castellano. Se trata de saber cuál es, de las dos cosas, objetivamente la más importante. Defiende la olla un periodista catalán que representa en Madrid a no sé qué prensa de izquierda. Un tenor cómico muy tieso de un teatro popular de Madrid defiende el cocido castellano. La discusión se enardece y se produce un gran desorden. De un bando y del otro los argumentos se presentan con la confusión característica de las polémicas del país. En el comedor los pareceres se dividen dentro de la flotación general.

– ¡La col! ¡La albondiguilla! ¿Quién tiene el valor de dudar de las cualidades de la albondiguilla? –dice el periodista catalán.
– Y del repollo, ¿qué? ¿Y de los garbanzos? ¿Qué me dice usted de los garbanzos? –dice, indignadísimo, el tenor cómico castellano.

A la hora de los postres, el tenor cómico ganaba terreno de una manera rápida debido a la presión del ambiente. El periodista se anda con cuidado para retirarse con gracia. En medio de una calma relativa, el periodista, que está a mi lado, se me arrima y me dice sotto voce, con una cara de ferocidad para desviar la conversación a un terreno más cómodo:

– Esta gente debe ser monárquica…
– ¡Claro, hombre, claro! –le digo con toda la seriedad de que soy capaz en ese instante.

Ese es el estado de espíritu en estos momentos. A todo el que nos molesta por cualquier razón, le colgamos el calificativo de monárquico. Ferrán Cuito, director general del Ministerio de Comercio, me explicó el otro día que había visto una tarjeta de un señor que ponía: Fulano de Tal – Ingeniero republicano. 

El bote de garbanzos del Mercadona, ¿republicano o monárquico?

 

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La historia del mundo en 100 objetos

Somos narraciones ambulantes. Solo podemos intentar entendernos a nosotros mismos si convertimos el caos de la vida en un relato articulado, con tranquilizadoras causas y efectos que nos sostengan en este deslizarse hacia “el patio de los callaos”. El método funciona y nos ayuda a sobrevivir, y eso explica que el ser humano se defina por su ansia por devorar relatos que suelen presentarse a través de palabras, imágenes o menos frecuentemente cosas.

Contar historias a través de los objetos es la tarea de los museos, entre ellos el fabuloso y abrumador Museo Británico, un lugar donde la rapiña encuentra cierta justificación. Su director, Neil MacGregor, La historia del mundo en 100 objetoscontribuyó en 2010 a una serie de programas de radio de BBC 4  que  pretendían narrar la historia del mundo a través de objetos expuestos en las vitrinas del British, y ese espacio radiofónico se ha convertido en un libro extraordinario, La historia del mundo en 100 objetos, disponible en Debate (800 págs., 43,90 €) y en versiones electrónicas más manejables y asequibles: 17 € que se quedan en 7 si tienes un Kindle y lo compras (en inglés) en Amazon.  

El propósito es muy ambicioso: reunir cien cosas con un rango temporal que arranca hace dos millones de años con herramientas de piedra y se cierra en nuestros días con una tarjeta de crédito y una lámpara solar, que cubrieran el mundo entero de la manera más equitativa posible, que afectaran a numerosos campos de la experiencia humana y que aportaran información sobre procesos complejos y sociedades enteras y no solo de los ricos y poderosos, lo que, inevitablemente, exige la inclusión de objetos humildes y cotidianos junto a las grandes obras de arte.

Estandarte de Ur

El estandarte de Ur (2600 – 2400 a. C.), una caja de madera (de función desconocida) con incrustaciones de mosaico de conchas, piedra y lapislázuli, sirve a MacGregor para ofrecer una visión de conjunto de la política, la sociedad y la economía de Mesopotamia, una de las cunas de nuestra civilización.

LA POESÍA DE LAS COSAS
Bajo esas premisas, MacGregor se lanza a la fascinante tarea de desentrañar el universo subyacente tras cada elemento analizado. Eso exige un examen riguroso y científico que fije lo que sabemos de una manera inequívoca, pero también una imaginación poética y poderosa para plantear las muchas hipótesis y conjeturas que estos objetos despiertan, y talento narrativo para desgranar el accidentado camino que muchos de ellos han seguido hasta reposar en las salas del British.

Casco hawaiano de plumas

Casco hawaiano de plumas (siglo XVIII d. C.). Regalo de los nativos al capitán James Cook, probablemente formaba parte de las vestiduras distintivas de algún jefe tribal.

La obra es original por varias razones: para empezar, concede la misma importancia a lo aparentemente nimio (recipientes de cerámica, pipas y otros utensilios ordinarios) que a los grandes hitos de la arqueología (la piedra de Rosetta, el estandarte de Ur…), y demuestra que un objeto vulgar y cotidiano puede decirnos tanto como un icono de la historia. En segundo lugar, la selección no se centra en las estudiadísimas civilizaciones mediterráneas y de Oriente Próximo y explora lugares menos conocidos, como Oceanía, el África Negra, Sudamérica… Y para acabar, presta voz a culturas y pueblos que no desarrollaron la escritura y solo nos pueden hablar a través de sus restos materiales.

Jomon-Pot

Olla del pueblo Jomon (Japón, 5000 a. C.), uno de los primeros recipientes para comida de los que tenemos noticia.

LA SOPA NACIÓ EN JAPÓN
El placer de los descubrimientos sorprendentes nos asalta constantemente durante la lectura. Uno no sospechaba que las primeras ollas que conocemos se hubieran hecho hace unos 7000 años en el norte de Japón, aunque se cree que esa habilidad surgió al menos diez milenios antes y simultáneamente en diferentes sitios del planeta, como sucedió con la escritura.

Esos humildes recipientes de arcilla supusieron un salto descomunal en la evolución humana: hasta su llegada, los alimentos se guardaban en agujeros en el suelo o en cestas, al alcance de animales e insectos y vulnerables a las inclemencias. Las ollas mejoraron la conservación de la comida y revolucionaron nuestra alimentación: cocidas o hervidas, semillas, plantas y raíces indigeribles se volvían comestibles; el arriesgado método del prueba-error perdió dramatismo y se aceleró: por ejemplo, bastaba cocer las almejas y esperar a que se abrieran para saber si eran buenas. Restos carbonizados del contenido de esas primitivas cacerolas nos han permitido suponer que tanto la sopa como el estofado nacieron en el norte del archipiélago nipón.

Este ejemplo es solo uno de los cien que reúne este imprescindible libro, una exhibición de erudición amena y asequible de la que se sale más sabio y consciente del largo, complejo y rico camino que nos ha traído hasta aquí.

Serpiente bicéfala

Serpiente bicéfala de madera cubierta con un mosaico de turquesa (México, siglos XV – XVI d. C.). Se cree que los aztecas la usaban como pectoral en ciertas ceremonias.

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Pausanias y el rabo de toro

Los parados de antes iban al comedor social, pero los de ahora practicamos el maridaje, al menos antes de pasar al sector ‘desempleado de larga duración’, ese que puede acabar mendigando por la Castellana luciendo polo de Lacoste. Como dice un amigo mío, “la pobreza ‘digna’ acojona mucho más”, quizá porque no da asco verla y no requiere mucho esfuerzo imaginarse a uno mismo engrosando sus famélicas filas. Un par de reveses, trabajar para estafadores, un divorcio chungo, un punto de dejadez y mala suerte… y a Cáritas o, peor aún, a una cárcel catalana, donde ya les han quitado hasta la merienda (cualquier cosa antes que tocar TV3).

A lo que iba: el maridaje. Ahora que ‘el tonto del gintonic’, especie de la que formo parte, prueba todo tipo de ginebras exóticas mezcladas con tónicas azules y adornadas con arándanos, frambuesas, inquietantes hortalizas y otros OFNI (objetos flotantes no identificados), yo me entrego a una combinación mucho más explosiva, contundente y racial. La de la cocina española más seria con lecturas de esas que marcan distancias con la plebe y despiertan miradas de perplejidad y conmiseración (“mira este gilipollas, para lo que le vale leer esas cosas…”).

Pongamos un ejemplo de maridaje libresco-gastronómico: El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, un tocho de más de 800 páginas en el que el historiador inglés Robin Lane Fox le pega un repaso ameno, apasionante y riguroso a 900 años de historia antigua, y el rabo de toro, como este (se recomienda pinchar y ampliar la foto), espléndido, que me apreté hace unos días en una hospitalaria casa castellana donde todo empacho tiene su asiento. Me hizo recuperar la fe en la humanidad y me despertó el deseo de acudir a dejar unas flores en la tumba de ese heroico y anónimo toro cuya vida no fue en vano.

 Rabo de toro

Lo cierto es que el vino y las comidas contundentes acaban causando melancolía y un vago arrepentimiento de quién sabe qué, esplín y tristes reflexiones sobre la fugacidad de las cosas y lo vano de todo esfuerzo. Ay, amáEn mi caso, este banquete homérico me recordó entre vapores etílicos el pasaje del fabuloso libro de Lane Fox donde se relata la reacción de Pausanias, general de Esparta, tras derrotar a los persas en la decisiva batalla de Platea (479 a. C.), y me hizo replantearme mi anacrónico apoyo al libre pero hambriento bando occidental.

“Aunque sólo fuera por una vez, en 479 el joven general espartano Pausanias ordenó a los cocineros y panaderos de Jerjes que había hecho prisioneros que le prepararan un magnífico banquete oriental y que lo dispusieran en la antigua tienda del rey. Mandó luego que prepararan también un banquete a la espartana. Esa parca comida fue la que sirvió a sus huéspedes en medio de las viandas de los persas. Se cuenta que Pausanias, rodeado del suntuoso mobiliario con incrustaciones de oro y plata, comentó en tono jocoso ante sus invitados griegos la insensatez del rey, quien, pese a disponer de tan ricos medios de vida, había venido desde tan lejos para invadir Grecia y arrebatarles los suyos, que eran tan míseros”.

El mundo clásico

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