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1280 almas ilustradas

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid se ha saldado con dos adquisiciones: la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi; y Walden, de Henry David Thoreau. Una obra tremebunda acerca de las miserias y la condición del ser humano a la que seguía la pista desde hace tiempo, y un ensayo decimonónico bucólico y libertario que también codiciaba y que por cortesía de las modas editoriales y lo que acontece en la rúa (cabreo generalizado, desengaño, indignación, etc.) corre el riesgo de convertirse en carnaza hipster, si no lo es ya.

Molo, ¿eh?

Hasta ahí ha llegado la cosa, pero si volviera a las casetas del Retiro (y va a ser que no, en fin de semana no hay dios que se acerque) y tuviera una sola bala en la recámara, apuntaría directamente a este volumen del que acabo de tener noticia.

Portada

1280 almas, de Jim Thompson, es una novela negra cínica y despiadada que arranca cogiendo al lector por la solapa y no lo suelta hasta dejarlo tendidotundido y hecho un guiñapo sanguinolento pero (literariamente) feliz. Está escrita al rebufo de una tradición muy yanqui: las historias directas, sin aditivos ni conservantes, al grano y libres de rodeos. Y es cojonuda.

A mí me la recomendó mi amigo Rafa Gassó (fotógrafo, periodista y equilibrista), que no prescribe libros a humo de pajas, y hay que decir que acertó justo entre ceja y ceja.

La exquisita editorial Libros del Zorro Rojo la publica ahora con ilustraciones de Jordi Bernet, y uno saliva con solo ver la portada y alguno de los dibujos.

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El negocio del buen rollo

Si estás un poco en el temita de los libros y los blogs literarios, puede que ya conozcas a Alberto Olmos (Segovia, 1975), un escritor joven pero con seis novelas a cuestas y autor de dos blogs que le han dado notoriedad en Internet: Lector Mal-herido (crítica literaria cargada de sátira y mala leche), e Hikikomori, también muy recomendable.

Su última obra es Ejército enemigo (Mondadori, 288 págs.; 19,90 €, 13,99 € el e-book), una especie de novela negra que es más que una novela negra. Vamos a por ella, en plan informe de lectura, pero empezando por la conclusión: QUE TE LA LEAS.

LO QUE PASA
Santiago es un publicista mediocre, desencantado, cínico y solitario. Uno de sus pocos amigos, Daniel, es un comprometido trabajador social que acaba de ser asesinado en circunstancias no aclaradas y sin móvil aparente, y que ha dejado para Santiago un sobre a su nombre. El sobre contiene la clave del correo electrónico de Daniel. Con ella, Santiago accede a la vida privada de su amigo, los motivos ocultos de sus actos, sus ideas y relaciones. La inmersión secreta de Santiago en esa intimidad lo embarca en una investigación sui géneris sobre el crimen que le descubre en qué andaba metido Daniel y cuáles fueron las causas de su muerte.

¿QUÉ QUERRÁ DECIR ESTE TÍO?
Olmos critica la hipocresía social que ha convertido la solidaridad en un inofensivo objeto más de ocio y consumo (a lo Víctor Manuel y Ana Belén, los del apestoso anuncio banquero que puedes ver al final de este post), y reflexiona sobre la forma en que Internet y las nuevas tecnologías han venido a destruir el concepto tradicional de intimidad y a cambiar radicalmente las relaciones personales y sociales. Hay más (la publicidad, el porno en la Red, el sentido y las posibilidades del activismo político…), pero estos dos temas son lo fundamental.

CÓMO LO CUENTA
Con un lenguaje directo, ágil y preciso, de frases por lo general cortas y tono coloquial (sobre todo en los diálogos, fibrosos y eficaces), con cultismos ocasionales e imágenes y metáforas a veces líricas que se integran en las descripciones (muchas de ellas brillantes, sobre todo las de la ciudad) y aportan diversidad al estilo. El ritmo no decae y se suceden hábilmente los distintos registros −descripción, relato, diarios, reflexiones, diálogos, e-mails−, lo que aporta variedad estilística y contribuye al dinamismo del relato. Este tipo escribe bien, es original y posee potencia narrativa. 

VALORACIÓN
La obra destaca por su ambición, valentía y originalidad.

Ambición por ser una novela repleta de ideas y reflexiones actuales y pertinentes y por su retrato de una sociedad y un tipo de persona (el profesional urbano, joven, comprometido o no social y políticamente, o sea, tú) que ha crecido en un entorno muy determinado y reconocible. Alberto Olmos tiene muchas cosas que decir sobre lo que pasa y nos pasa, y las dice.

Valentía por su crítica y desdén a lo políticamente correcto y su falta de miedo para tocar temas espinosos (la pornografía en Internet, el sexo virtual, la alienación en el trabajo, la degradación de muchos barrios de las grandes ciudades…). De hecho, el protagonista es bastante indeseable y cabroncete. 

Y originalidad por la forma: una intriga que adopta muchas características del género negro y las combina hábilmente para enganchar al lector, entretenerlo y, con la excusa de saber lo que va a pasar, irle suministrando reflexiones muy personales, corrosivas y polémicas.

Olmos construye personajes creíbles y una trama interesante, aunque aquí radica el mayor defecto de la novela: el asesinato de Daniel no queda suficientemente explicado, la resolución del misterio resulta algo endeble y el final −para el lector es evidente lo que ha pasado con el asesino de Daniel− no raya a la altura del resto del (estupendo) libro.

Y para terminar, el prometido anuncio de los reyes de la solidaridad más pretenciosa y naftalínica (¿no hablan como si hiciera mucho que no se aprietan una buena fabada?). Dialogan sobre relaciones largas. El objetivo: vender cuentas bancarias. Vomitivo.

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Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

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Gran ganga

¿Ésta?

Ni de coña. ¿Ésta?

¡SÍ! Tom Ripley es uno de los primeros títulos de Otra vuelta de tuerca, la nueva colección de narrativa de la benemérita Anagrama, que nace con la excusa de publicar en un único volumen distintas obras de un autor unidas por algún vínculo. En el caso de las cinco que nos ocupan, el de estar protagonizadas por un mismo personaje. Con todos ustedes, el escurridizo, inquietante, amoral y poliédrico Tom Ripley.

Son 1.280 paginazas (por 24 euros, eso te lo gastas en unos pocos cubatas de garrafón) que me hicieron salivar cuando abrí -corriendo el grave peligro de sufrir una hernia- semejante tocho en una librería. La responsable del póker de joyas fue la gran Patricia Highsmith (1921-1995), una escritora enorme que elevó las novelas de suspense y más o menos negras a la categoría de alta literatura (no sé muy bien lo que podrá ser eso pero me queda bonito), y que sólo por estas historias merecería pasar a la historia.

A lo largo de las cinco novelas asistirás a la transformación de Ripley, un anodino joven norteamericano que acaba convertido en un acomodado amante de la pintura establecido en Europa -discretos asesinatos, mentiras y camuflajes varios mediante-, respetablemente casado y con una casta homosexualidad latente que lo hace todavía más complejo.

Alguien que no recuerdo dijo (más o menos, cito de mala memoria) que Highsmith escribía de los seres humanos como una entomóloga que estudiara insectos. Atinadísima observación. Esta mujer norteamericana sacaba el bisturí y diseccionaba a la gente para mostrar lo que de verdad desea ésta y, sobre todo, lo que oculta, que siempre es lo más interesante e importante. En esa tarea, el ciclo de Ripley es un ejemplo perfecto de pulso y sabiduría narrativa, inteligencia maliciosa y puro arte. Y son novelas tan entretenidas… Si alguien me quiere regalar el maravilloso mamotreto, lo acepto de inmediato y sin discusión. Quedará tan bien en mis polvorientas estanterías…

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¿Y tú de quién eres?

“Si no sabes quién es el cabeza de turco cuando estás con más tíos en una sala, es que eres tú”. Se lo dice el viejo John Huston a John Glass, protagonista de El Lémur (Alfaguara, 16,50 euros), un periodista maduro, cínico y de vuelta de todo que se ve metido sin saber cómo en una intriga con el asesinato de rigor.

La frase es digna de una antología de la novela negra, el género de esta historia que se publicó por entregas (15 capítulos a razón de 1.500 palabras cada uno) en el New York Times y que viene firmada por Benjamin Black, seudónimo del escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945). Banville ganó en 2005 el importante Premio Man Booker con El mar (Anagrama), y disfruta de un enorme prestigio, hasta el punto de que muchos lo han llegado a definir con el rimbombante título de “escritor de escritores”.

No he leído a Banville, pero el descubrimiento de su heterónimo Black me hará caer por sus páginas más pronto que tarde. ¿Por qué este irlandés sesentón, considerado un estilista de primera, escribe novelas policiacas (El Lémur es la tercera) con seudónimo? En una entrevista en el suplemento cultural del ABC, él mismo confiesa que por puro juego.

Y se nota. La historia me ha hecho reír unas cuantas veces y es puro artificio en el mejor sentido de la palabra, un mecanismo de relojería condicionado por su naturaleza de folletín por entregas y que cumple rigurosamente con todas las convenciones de la novela negra: diálogos precisos, con fibra y cargados de mala leche y humor (no los verás en Los hombres de Paco); observaciones a menudo deslumbrantes; una trama que te hace querer más y más y una calidad de página que a veces te deja pensando “joder, qué cabrón…”.

Adulterio, asesinato y chantaje son ingredientes clásicos de un relato que se lee con placer y que tiene su punto fuerte en su protagonista, John Glass, un tipo mezquino, vulnerable y al que coges cariño en cuanto descubres que todas las miserias que pasan por su cabeza te recuerdan a las de la tuya (son divertidísimas sus penalidades como fumador en Nueva York, una ciudad donde el adicto a la nicotina es tratado como un apestado).

A SALTO DE MATA

Así es como vivió Paul Auster hasta los treinta y pocos, según confesión propia, y así lo reflejó en el libro del mismo nombre, publicado por Anagrama, una narración autobiográfica de sus primeros años que se cuenta entre lo mejor de su obra. En ella leemos que en su desesperación por ganar dinero llegó a inventarse un ¡juego de cartas de béisbol! En esos días difíciles, el ahora Príncipe de Asturias de las Letras también escribió un relato policiaco bajo seudónimo. Jugada de presión, de ‘Paul Benjamin’, es la primera novela de Paul Auster. Escrita sólo por dinero (objetivo en el que fracasó), fue publicada años más tarde y es una lectura muy recomendable, en la que se vislumbran ya rasgos que caracterizarían el peculiar estilo de Auster.

ESCRIBIR ES CONCURSAR

Larra dejó dicho a través de Fígaro, uno de los seudónimos con los que escribió en los periódicos: “Escribir en España es llorar”. No mucho después se voló la cabeza con un pistolón decimonónico que los más morbosos pueden ver en el Museo Romántico de Madrid. De vivir en nuestros días, el tiro se lo habría pegado si le hubiera tocado ser jurado del 12º Premio Alfaguara, que acaba de ganar el argentino Andrés Neuman con su novela El viajero del siglo y al que se presentaron más de medio millar de manuscritos inéditos. ¿Tendrán un ejército de oompa-loompas leyendo sin descanso?

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