Archivo de la categoría: Periodismo

La escritura transparente

Aún no he sabido de un carnicero que despache filetes de cerdo mal cortados cuando le piden chuletas de cordero y se ponga farruco cuando el cliente se lo echa en cara. Sin embargo, sí que he visto redactores –por lo general los más descuidados y que peor escriben– encampanarse cuando se les corrige una noticia incomprensible y elaborada al margen de las más elementales normas periodísticas: quién, qué, dónde, cuándo, por qué y cómo.

El periodismo escrito es una respetable artesanía y hay que conocer sus herramientas, pero muchos quieren dedicarse a él sin distinguir las mollejas de las costillas. La pésima enseñanza de las facultades de la cosa en España, la precarización laboral, las redacciones diezmadas y la práctica desaparición de la figura del editor (esa oscura y fundamental antigualla) lastran la calidad incluso de los periódicos más importantes, y contribuyen a su desplome. Tanto daño hacen la crisis y el cambio de paradigma (del papel a lo digital) como la mercancía defectuosa, a veces poco más que un engrudo de teletipos mal engarzados encargado al becario.

Los gazapos, erratas y pifias de todo tipo son parte del periodismo, pero cualquier ojo atento habrá advertido que están creciendo más de la cuenta. Al parecer, en la trinchera ya no queda nadie que revise y ordene los churros antes de sacarlos a la venta.

Aquí van unos ejemplos –recopilados por Jot Down en Twitter– de cómo anda el nivel en el gremio, y no solo en la prensa escrita.

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Si la claridad es la cortesía del filósofo, debería ser la obligación del periodista. Los del gremio escribimos mal, a veces no se entiende lo que contamos y como solemos tener un ego inversamente proporcional a nuestro conocimiento, no ponemos demasiado interés en mejorar.

Muchos plumillas harían bien en leer La escritura transparente (Libros del K.O.), un librito de 125 páginas donde el veterano periodista Willian Lyon (74 años y mucha mili en Time, El Sol, El País…) ofrece consejos prácticos para mejorar nuestra redacción, comunicar con más eficacia y acercarnos al ideal de George Orwell, que sabía que “La buena prosa es como el cristal de la ventana”.

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La vida amarga

– ¿Habla en serio o en broma?
– ¿Hay alguna diferencia?

La vida amarga, Josep Pla

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Ruido y furia

¿Quién se acuerda de las niñas nigerianas secuestradas por un grupo terrorista?

Yo no, desde luego. Habían desaparecido de mi memoria de pez, aturdida por la charanga mediática, hasta que vi ayer este tuit.

Tuit

Las noticias son un bien de consumo más, morralla de usar y tirar, y la actualidad “un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”.

Los enviados especiales corren en tropel de acá para allá a cubrir la última barbaridad y en cuanto esta pierde frescura parten en busca de alguna tragedia que no empiece a criar moho.

¡Lástima que no se hayan inventado las neveras de noticias frescas! Como escribía Julio Camba en uno de sus artículos recopilados en Maneras de ser periodista (Libros del K.O.), “Lo ideal sería un gran frigorífico de noticias e informaciones en donde cada periodista pudiese ir almacenando aquellas que conociese y dejarlas allí, como si fueran sardinas, lenguados o merluzas, hasta que la demanda del público fuese mayor y el precio más remunerativo”.

O como –ya sin cinismo– reza la cita de la cabecera de la web de los propios editores del K.O.: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible.” Janet Malcolm, El periodista y el asesino.

 

 

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Cocido y República

JOSEP PLA, MADRID. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA  (1933)

20 de mayo

Gran discusión en la pensión entre partidarios de la olla catalana y del cocido castellano. Se trata de saber cuál es, de las dos cosas, objetivamente la más importante. Defiende la olla un periodista catalán que representa en Madrid a no sé qué prensa de izquierda. Un tenor cómico muy tieso de un teatro popular de Madrid defiende el cocido castellano. La discusión se enardece y se produce un gran desorden. De un bando y del otro los argumentos se presentan con la confusión característica de las polémicas del país. En el comedor los pareceres se dividen dentro de la flotación general.

– ¡La col! ¡La albondiguilla! ¿Quién tiene el valor de dudar de las cualidades de la albondiguilla? –dice el periodista catalán.
– Y del repollo, ¿qué? ¿Y de los garbanzos? ¿Qué me dice usted de los garbanzos? –dice, indignadísimo, el tenor cómico castellano.

A la hora de los postres, el tenor cómico ganaba terreno de una manera rápida debido a la presión del ambiente. El periodista se anda con cuidado para retirarse con gracia. En medio de una calma relativa, el periodista, que está a mi lado, se me arrima y me dice sotto voce, con una cara de ferocidad para desviar la conversación a un terreno más cómodo:

– Esta gente debe ser monárquica…
– ¡Claro, hombre, claro! –le digo con toda la seriedad de que soy capaz en ese instante.

Ese es el estado de espíritu en estos momentos. A todo el que nos molesta por cualquier razón, le colgamos el calificativo de monárquico. Ferrán Cuito, director general del Ministerio de Comercio, me explicó el otro día que había visto una tarjeta de un señor que ponía: Fulano de Tal – Ingeniero republicano. 

El bote de garbanzos del Mercadona, ¿republicano o monárquico?

 

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Odio eterno a la imprenta

“En su conversación misma, Julio Camba, que había escrito invenciones admirables, páginas de observación verdaderamente prodigiosas, en las que ni su permanente actitud de humorista oficial deformaba un costumbrismo de la mejor genealogía, era una criatura decididamente aliteraria. Ni hablaba nunca de literatura ni se expresaba como un profesional de ella, tal vez porque, en realidad, pensando que profesión viene de fe, no era un profesional.
–Prefiero morirme de hambre a escribir– me dijo en una ocasión.
Y añadió:
–¿Sabe usted mi único odio auténtico? Al miserable que inventó la imprenta.

César González-Ruano
El solitario del Palace (artículo publicado en ABC el 2 de marzo de 1962).

Imprenta

 

 

 

 

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