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Suicidas de libro 3

LARRA (1809 – 1837)   EL SUICIDA POR AMOR
Método: Se disparó en la cabeza. Antecedentes: Con solo 27 años, Mariano José de Larra era ya un escritor y periodista de prestigio en España, aunque desencantado con la vida que, como a buen romántico, se le quedaba pequeña. Su pesimismo y desesperanza se advierten ya en sus primeros artículos, y esa visión de la existencia se fue acentuando con las decepciones propias de un ilustrado que no veía progresar a su país y chocaba constantemente con la censura y las mezquindades de la política. Cercado por la depresión, un fracaso amoroso actuó como espoleta. En la tarde del 13 de febrero de 1837, su amante Dolores Armijo le visita para recuperar sus cartas y anunciarle que se marcha con su marido a vivir en las Filipinas. Larra se encierra en su estudio y allí lo encontrará muerto su hija Adela (de solo cinco años) al ir a darle las buenas noches.

Con una de estas pistolas (expuestas en el Museo del Romanticismo, en Madrid) se quitó de en medio don Mariano José, o eso se dice.

Con una de estas pistolas (expuestas en el Museo del Romanticismo, en Madrid) se quitó de en medio don Mariano José, o eso se dice.

 

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Suicidas de libro 2

Y siguiendo con esto…

SÉNECA (4 a. C. – 65 d. C.)   EL SUICIDA OBLIGADO
Método: Cortes en las venas de brazos y piernas, un trago de cicuta y, para rematar, un baño caliente cuyo vapor acabó sofocándolo. Antecedentes: Séneca, orador, filósofo, escritor de éxito, tutor y consejero de Nerón, firmó su condena al abandonar al emperador a causa de sus locuras. Los tiranos no olvidan: tres años después, Nerón acusó falsamente a su viejo maestro de formar parte de una conjura para asesinarlo y lo condenó a la pena capital. Siguiendo el uso romano, el César tuvo la deferencia de permitir a Séneca que se diera muerte y el pensador nacido en Córdoba obedeció como un verdadero estoico (tampoco le quedaba otra). Acompañado por esclavos y amigos, su mujer y su médico, se despidió del mundo consolándolos a todos y haciendo honor a una de sus máximas: “El varón fuerte y sabio no debe huir de la vida, sino salir de ella”.

Pocos se sucidan ya con este estilazo (y este estilismo).

Pocos se suicidan ya con este estilazo (y este estilismo) imaginado por Rubens.

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Un día serás viejo y no te lo creerás

“Sí, es posible que no crezcamos, que aunque nos hagamos viejos, sigamos siendo los niños de siempre. Nos recordamos como éramos y sentimos que somos los mismos. Nos convertimos en lo que somos, pero seguimos siendo lo que éramos, a pesar de los años. No cambiamos por voluntad propia. El tiempo nos convierte en viejos, pero nosotros no cambiamos”.
Paul Auster, La invención de la soledad.

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La escritura transparente

Aún no he sabido de un carnicero que despache filetes de cerdo mal cortados cuando le piden chuletas de cordero y se ponga farruco cuando el cliente se lo echa en cara. Sin embargo, sí que he visto redactores –por lo general los más descuidados y que peor escriben– encampanarse cuando se les corrige una noticia incomprensible y elaborada al margen de las más elementales normas periodísticas: quién, qué, dónde, cuándo, por qué y cómo.

El periodismo escrito es una respetable artesanía y hay que conocer sus herramientas, pero muchos quieren dedicarse a él sin distinguir las mollejas de las costillas. La pésima enseñanza de las facultades de la cosa en España, la precarización laboral, las redacciones diezmadas y la práctica desaparición de la figura del editor (esa oscura y fundamental antigualla) lastran la calidad incluso de los periódicos más importantes, y contribuyen a su desplome. Tanto daño hacen la crisis y el cambio de paradigma (del papel a lo digital) como la mercancía defectuosa, a veces poco más que un engrudo de teletipos mal engarzados encargado al becario.

Los gazapos, erratas y pifias de todo tipo son parte del periodismo, pero cualquier ojo atento habrá advertido que están creciendo más de la cuenta. Al parecer, en la trinchera ya no queda nadie que revise y ordene los churros antes de sacarlos a la venta.

Aquí van unos ejemplos –recopilados por Jot Down en Twitter– de cómo anda el nivel en el gremio, y no solo en la prensa escrita.

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Si la claridad es la cortesía del filósofo, debería ser la obligación del periodista. Los del gremio escribimos mal, a veces no se entiende lo que contamos y como solemos tener un ego inversamente proporcional a nuestro conocimiento, no ponemos demasiado interés en mejorar.

Muchos plumillas harían bien en leer La escritura transparente (Libros del K.O.), un librito de 125 páginas donde el veterano periodista Willian Lyon (74 años y mucha mili en Time, El Sol, El País…) ofrece consejos prácticos para mejorar nuestra redacción, comunicar con más eficacia y acercarnos al ideal de George Orwell, que sabía que “La buena prosa es como el cristal de la ventana”.

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