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Escrache al marisco

A los tontos del gintónic con bayas y gominolas, los del guasap y los de las hamburguesas gourmet, ha venido a unirse un nuevo espécimen de tonto: el del escrache, ese que se apunta a cualquier movida escrachera donde suene la palabra “indignado” no porque le vaya o le venga, sino porque mola y es guay, y a ver a qué hora acaba esto que he quedado a tomar unas cañas.

A mí, que a tonto no me gana nadie, también me ha dado por hacer escraches, pero al marisco, una comida muy de pobres que desean sentirse ricos por un rato (¿qué no valdría el pollo frito si creciera donde los percebes?), merecedora de la reprobación de los que deseamos una alimentación igualitaria, democrática y solidaria que supere la pueblerina adoración hispana por el escalofriante acto de chupar cabezas de gamba.

Como bien sabe El Roto, en España la medida del éxito la da el tamaño de la bandeja de marisco.

Como bien sabe El Roto, en España la medida del éxito la da el tamaño de la mariscada que nos sirve el camarero.

FESTÍN NEANDERTAL
Ante las bandejas de marisco, a la gente se le afila la mirada, se le crispa la mandíbula, todos sus músculos se tensan y da la impresión de que uno podría sacrificar un bebé en la mesa de al lado y pasar desapercibido, tal es la concentración depredadora de quienes esperan a lanzarse sobre esos indefensos animalillos cocidos o a la plancha.

Cuando se vencen las últimas reticencias civilizadas y arranca el festín, da miedo ver al homo sapiens partiendo y abriendo caparazones para sorber y deglutir la magra carne marina de esos bichos de aire alienígena. Nécoras, cigalas y seres anexos parecen salidos de un casting de George Lucas, y sus antenas y ojillos negros y redondos como bolitas de pimienta (¡y qué decir de esas patas y pinzas con pelillos y todo!) quedan sobre la bandeja como restos estremecedores de una ceremonia salvaje y primitiva.

Al acabar, los comensales, satisfechos y ahítos, se limpian las manos con toallitas perfumadas y siempre hay alguno que exclama: “¡Me encanta el marisco!”. Flota en el aire una vaga sensación de tristeza, como de despertar de la conciencia tras una regresión primitiva.

QUE SE PRONUNCIE LA AUTORIDAD
Pero dejemos hablar a los grandes, como ya avisamos al final del anterior post. 

En Madrid. El advenimiento de la República, Josep Pla da su juicio sobre el marisco, y hay que escucharle, que ya dijo Andrés Trapiello el otro día en Jot Down que “el talento de Pla para hablar de los guisantes y de las gambas de Palamós ha sido único, nadie ha bordado eso como él”.

Pla empieza con su asombro por la costumbre de dejar el suelo de los bares perdido de cáscaras de cadáveres. “Todos esos animalitos extraños serían magníficos si no dejasen tanto rastro. Lo cierto es que dejan muchos residuos bajo las mesas de los cafés, residuos que suelen —relativamente— eternizarse. Después de cenar, pisar la cola de un langostino o de una gamba pone la carne de gallina y es un acto de una tristeza irreparable”.

Y sigue con el ataque fundamental al meollo del asunto, que suscribo por completo: “Me cuesta un poco comprender la pasión de la gente por el marisco —que difícilmente comparto. A mí me parece que la carne del marisco tiende a parecerse a la textura y al gusto del fango del mar, de una pastosidad un tanto enfangada y desprovista de estilo”.

Yo añadiría humildemente un último argumento contra este presunto manjar. Después de cogerme una tajada monumental en Gijón (la sidra es matadora) tras haber cenado en una marisquería, una amiga asturiana me redimió: “El marisco no forra”. Vamos, que no prepara el estómago para beber. Que Dios la bendiga.

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Castañuelas y revolución

Mal negocio el de decir la verdad. O el de decirla en el momento equivocado. Ésa es la única explicación que se me ocurre al hecho de que apenas se conozca a Manuel Chaves Nogales (1897 – 1944), el brillantísimo periodista sevillano que se opuso por igual a fascistas y comunistas cuando había que hacerlo, en los años 30 y 40 del siglo pasado, décadas de plomo para quien pretendiera mantenerse libre. Silenciado por unos y otros totalitarios aficionados a la carne picada, sólo ahora levanta cabeza su figura, en gran parte por la labor de recuperación emprendida por Libros del Asteroide.

Chaves Nogales sabía (lo probó en sus carnes) que fascistas y comunistas eran entonces los mismos perros con distintos collares -a pesar del prestigio intelectual que ocultó bajo toneladas de tierra y mentiras los crímenes soviéticos- y tenía el valor casi suicida de decirlo cuando unos y otros parecían cerca de repartirse el mundo y la democracia lucía la salud de Fidel Castro. Por eso quedó sepultado por nuestra guerra civil y el exilio, por eso “perdió la guerra y la literatura, a diferencia de la mayoría de sus colegas, que o bien ganaron la guerra o bien ganaron los manuales de literatura”.

Son palabras de Andrés Trapiello en su excelente prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, la novela o crónica o reportaje (no es fácil precisarlo, porque de todo tiene) que Chaves Nogales publicó en 1934 y que ha acrecentado mi admiración por el sevillano, nacida de la lectura de su deliciosa biografía de Juan Belmonte, de la que ya escribí aquí.

ROJOS, BLANCOS Y UN FLAMENCO
¿Te imaginas la revolución soviética contada por un flamenco? “A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos 10 días que conmovieron al mundo, me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”. El que habla es Juan Martínez, el bailaor que se gana la vida junto a Sole, su compañera, por los cabarets de toda Europa y que se ve atrapado por los acontecimientos revolucionarios de 1917.

Sin poder salir de Rusia, pasará seis infernales años con su pareja en San Petersburgo, Moscú y, sobre todo, Kiev, donde sufrirá la guerra civil entre bolcheviques y zaristas, la salvaje y sistemática represión de unos y otros, el hambre aplastante, los fríos lunares, miserias y tristezas sin fin… Cuenta con sencillez las cosas más tremendas, y el periodista lo refleja con un español depurado, preciso, sin afectación, contemporáneo tras tres cuartos de siglo: fabuloso.

Martínez es un pícaro que casi siempre se equivoca y escoge el camino erróneo, un experto en pequeños engaños, un superviviente puro sin ideología y un extraño en Rusia, lo que le aporta una visión más libre, desapasionada y por tanto exacta de los terribles acontecimientos (¿has pensado alguna vez en la desgracia que era nacer en ese país hace cien años?). Baila con Sole en cabarets, recorre pueblos paupérrimos entreteniendo a los campesinos, ¡sirve como guardia rojo!, trabaja de croupier, revende joyas… Sobrevive, y ya se verá mañana.

Chaves Nogales lo conoció en París y tras escuchar sus peripecias las plasmó en esta joya. ¿Hasta qué punto es fiel a la realidad, sin embargo? ¿No habrá también entreverados muchos recuerdos del propio periodista, que viajó por la neonata U.R.S.S, muchas impresiones nostálgicas de los rusos exiliados que conoció en la capital francesa? Poco importa al lector, irremisiblemente enganchado a unas páginas soberbias.

Chaves Nogales es uno de los míos, y no puedo esperar a leer A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, su libro sobre nuestra guerra (in)civil.

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