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Uno de esos rusos

Será por el centenario de la muerte de Tolstói, la contraprogramación editorial, la mera emulación o una mezcla de todos estos factores, pero el caso es que las librerías rebosan estos días de rusos (Gógol, Dostoyevski, Chéjov, el mismo Tolstói…), presentes en reediciones, nuevas traducciones, inéditos en español, ensayos, biografías, memorias… Razones al margen, constituye una excelente noticia para cualquier colgado de la mejor literatura, de la que anda sobrado el país que Churchill definió (o eso dicen) como “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”.

O sea, que han venido los rusos, apropiadamente cogidos de la mano del frío. La lista de autores es extensa, pero uno quería soltar su speech sobre la monumental novela (760 páginas) El doctor Zhivago, de Borís Pasternak (1890-1960), publicada en una nueva traducción por Galaxia Gutenberg /Círculo de lectores. Pasternak recibió el Nobel de Literatura en 1958, pero el gobierno soviético le obligó a rechazarlo (el libro estuvo prohibido en la URSS hasta 1987), aunque no pudo evitar su popularización (al menos en Occidente) vía cine, gracias a la excelente película de David Lean, con Julie Christie saliéndose de la pantalla en su papel de Lara.

Este extraordinario relato tiene todo lo que se puede esperar de un libro en el que quedarse a vivir en las oscuras noches invernales: una gran historia, prolongada en el tiempo; personajes que se convierten en más reales que muchas personas de la vida cotidiana; una visión compleja de toda una época; amor; guerra; política; ideas; lirismo; profundidad psicológica…

Heredero directo de los grandes maestros rusos, Pasternak ha pasado a la historia de la literatura por esta obra épica e íntima a la vez, un recomendable regalo navideño para quedar mejor que con uno de los respetables e insulsos libros que copan los primeros puestos de las listas de ventas y no le llegan ni a la suela de los zapatos. Hazme caso, tovarich.

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Cine y foto

Cortázar decía que la novela es como el cine, y el cuento como una fotografía. En el caso de Antón Chéjov (1860-1904) y Jorge Luis Borges (1899-1986), los relatos breves del primero serían como esas películas lentas y en las que aparentemente no pasa nada, aunque por debajo ríos de lava amenazan con llevarse por delante a los personajes y su mundo. Justo como la Rusia prerrevolucionaria que vivió.

Los de Borges se asemejan a fotografías perfectas, inmóviles en el tiempo, siempre iguales a sí mismas. Cambia levemente la gradación de la luz y una imagen plena de sentido se convertirá en pura confusión; toca una coma y el castillo de naipes literario se vendrá abajo.

En Chéjov no hay felicidad ni armonía, y sus memorables personajes deambulan por la vida con la esperanza (consciente o no) de ser otros. En su agonía final, el narrador y dramaturgo ruso deliraba y Olga, su mujer, puso una bolsa de hielo sobre su pecho con la intención de aliviar su fiebre. Chéjov, lúcido por un momento, le preguntó: “¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?”. Puedes leerlo en Antón Chéjov (Acantilado), la brevísima y hermosa biografía de Natalia Ginzburg, recomendable tanto para conocedores de Chéjov como para los que tienen la suerte no haberlo descubierto todavía, algo que podrán hacer con las excelentes ediciones de la editorial Alba, especializada en recuperar clásicos.

En Borges tampoco hay alegría de vivir. Sus frías construcciones son la elaboración de un hombre débil (solía decir que nada admiraba más que el valor físico) que encontraba en las quimeras de palabras el refugio frente a un mundo que le sobrepasaba. Leer a Borges es acomplejarse. Una frase le basta para sugerir un universo, y al acabar una de sus historias domina la sensación de la imposibilidad de mejorarla. Todo es maravilloso en el creador argentino, pero yo empezaría por El Aleph y Ficciones, dos libros de relatos que encontrarás en la impagable Alianza Editorial.

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