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Chaves Nogales: periodismo pata negra

Hace unos días, Arcadi Espada sentenció con su habitual mala leche y precisión: “El periodismo ciudadano solo se parece al periodismo en que tampoco deja que la verdad le estropee una buena noticia”. Nada más ajeno a ese diagnóstico que la figura de Manuel Chaves Nogales (1897-1944), Manuel Chaves Nogales el periodista sevillano que murió exiliado y solo en Londres, después de abandonar España durante la Guerra Civil, asqueado de unos y otros.

El vitriólico dictamen de Espada no sirve para Chaves Nogales, el reportero honrado e independiente que hizo del “andar y contar” su lema profesional, la marca distintiva de un oficio que exige humildad y que más grande es cuanto más reconoce sus limitaciones.

“Para ponerse a escribir en los periódicos hay que disculparse previamente por la petulancia que esto supone, y la única disculpa válida es la de contar, relatar, reseñar. Contar y andar es la función del periodista”. Palabras del reporter sevillano en el imprescindible prólogo —ya lo podían repartir por facultades y tertulias— de La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (288 págs., 18,95 €), el volumen con el que Libros del Asteroide continúa la labor de recuperación de este periodista fabuloso —y magnífico escritor—  que desapareció del mapa durante décadas “porque tuvo el capricho de no ser totalitario” (Félix de Azúa), y que está conociendo una fama póstuma e inesperada gracias a esta editorial (y otras: Renacimiento, Almuzara…) y al trabajo de gente como María Isabel Cintas, la catedrática de Lengua Castellana y Literatura que lleva muchos años desempolvando la labor periodística de Chaves (reedita ahora sus obras completas) y que publicó el año pasado la biografía Chaves Nogales. El oficio de contar.

CRUZANDO EUROPA
Agosto de 1928. Manuel Chaves, redactor jefe del periódico Heraldo de Madrid, decide subirse a un avión (las nuevas tecnologías de entonces) para recorrer Europa de punta a punta —de Madrid a Bakú y vuelta, pasando por París, Suiza, Berlín, Moscú, Praga…— con un objetivo: descubrir y contar a los lectores la situación del continente que salía a duras penas de la posguerra, andar (volar) y contar, interpretar y dar testimonio desde una honradez subjetiva marca de la casa de lo que pasaba en esos países.

Los reportajes fueron apareciendo puntualmente en El Heraldo y un año después Chaves los reunió y amplió, rescatando pasajes censurados e inéditos y dándoles la forma de un libro animado por un espíritu periodístico: “Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado, montado en un avión, describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy”.

La vuelta a Europa en avión

Estas páginas son puro Chaves Nogales: su estilo luce sobrio, eficaz, fibroso, lleno de precisión y capacidad para captar ambientes y describir situaciones complejas en unas pocas líneas. Aquí encontramos grandes reportajes que se adelantaron muchos años al celebrado ‘nuevo periodismo’ de Capote, Wolfe y compañía, siempre con la rectitud al margen del acierto o no del autor en sus interpretacionesdel que no se casa con nadie y solo pretende entender la realidad y reflejar la verdad, aunque esta contradiga los prejuicios del “pequeño burgués” que siempre y orgullosamente sostuvo ser.

El subtítulo —Un pequeño burgués en la Rusia roja— tiene plena justificación: más de la mitad del libro transcurre en la Unión Soviética, principal centro de interés para los lectores españoles de la época, un país inmenso y desconocido donde se desarrollaba el experimento comunista que ilusionaba y aterrorizaba a partes iguales en Europa Occidental. Chaves, que no era comunista, se limita a mirar lo que pasa y a contarlo de buena fe, y cuando opina lo hace con humildad y apasionadamente, con una integridad que quizá explique su inverosímil éxito actual, ahora que esa virtud cotiza por los suelos.

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Papelazo

Si yo fuera Arturo Pérez-Reverte (ya me gustaría) y supiera que me siguen miles de incondicionales, quizá también me marcaría frases como ésta alusiva al libro de papel: “Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro”.

Pero como no soy Pérez-Reverte (mierda), no me atrevo a lanzar juicios tan categóricos, aunque adelanto que no estamos ante otro exabrupto pérezrevertiano del estilo del que dedicó hace poco a Moratinos, sino ante el remate de un interesante artículo (publicado en XL Semanal, el dominical de Vocento), que dedica al libro electrónico, y bastante más equilibrado de lo que podría hacer suponer ese dogmático final. Léelo completo aquí.

CON UN TIRO EN LA PIERNA
Lo cierto es que sólo me parezco en una cosa a Pérez-Reverte: mi amor por los libros de papel es incondicional, y envidio su biblioteca de 30.000 volúmenes, pero eso no me impide suscribir letra por letra esta frase de Arcadi Espada: “(…) la industria editorial española no pretende aprovechar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, sino tan sólo retrasar la debacle lo máximo posible boicoteando su propio negocio”.

Puedes leer esta reflexión y otras muchas en Los 10 pecados editoriales, una entrada de su blog en El Mundo en la que Espada analiza el presente y futuro de la industria editorial a la luz del libro electrónico y lo digital. Para el periodista y escritor catalán, la actitud de los editores tradicionales ante lo que se les viene encima con los e-books equivale a pegarse un tiro en la pierna justo antes de emprender el Camino de Santiago, y aunque quizá su post se pase de categórico (¿deformación profesional de tertuliano?), no tiene desperdicio, ni por sus conclusiones ni por la cantidad de información útil que contiene. Más que recomendable.

Aunque estoy bastante de acuerdo con ambos y me acabaré haciendo con un lector electrónico, mi corazón se queda con Reverte: “Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella”. Amén.

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