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A tu salud, Edgar Allan Poe

Un tipo anónimo que llevaba 60 años yendo cada 19 de enero -fecha del nacimiento de Edgar Allan Poe (1809-1849)- a dejar en el sepulcro del escritor tres rosas y media botella de coñac, ha fallado este año por primera vez desde 1949. Puedes leerlo aquí. Poe y yo preferiríamos que no se desvelara la razón.

Aunque -perdón por el topicazo- qué mejor homenaje que leer a Poe. Y si puede ser en una edición preciosista como la de Libros del Zorro Rojo, mejor.

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Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

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Letras con letra

Los canales de videoclips siempre me han parecido adictivos. Es empezar a ver uno y ya no tengo manera de desengancharme, especialmente si las canciones son viejas (ochenteras, a ser posible) y hay cubata a mano (copa de balón, abundante ron, Coca-Cola, generoso chorro de limón exprimido y a remover sin exagerar) y amigos con los que comentar la jugada.

Ver esos vídeos es como volver de mayor al parque de atracciones y comprobar que las antiguas montañas rusas, gigantescas y fascinantes, son de una cutrez entrañable. Además, Hoy Libro tiene excusa: son muchas las canciones que guardan relación con la literatura y en el pop y el rock abundan los pretenciosillos que quieren demostrar que leen.

Por ejemplo, Sting, que en Don’t stand so close to me cantaba sobre un profesor (él lo fue) que las pasa putas para no caer en los encantos de una chavala que debía de ser una… chica muy humana. Sting contaba que no era una experiencia real (ejem) y que se había inspirado en la Lolita de Nabokov.

No nos movemos de los ochenta (hablando en términos musicales), pero nos pasamos a Edgar Allan Poe, considerado por muchos el inventor del relato policiaco con Los crímenes de la calle Morgue y su protagonista, C. Auguste Dupin, y cultivador del relato corto fantástico y de terror, aunque las historias de Poe me asustan tanto como mi madre cuando se quitaba la zapatilla para zurrarnos de pequeños, y me parecen un coñazo. A Santiago Auserón (Radio Futura, para mí el mejor grupo español) le gustaba, o al menos su poema Annabel Lee. Atentos, el vídeo ha envejecido muy malamente, pero tiene su encanto.

Como no sólo escucho música de cuando el Guerra insultaba en los mítines, aquí va Ulysses, del último disco de Franz Ferdinand, Tonight, vendido como un “itinerario de madrugada que va de más a menos” (sic); es decir, la historia de una farra: ya se sabe que la tontuna del marketing y la prensa musicales son infinitas. La cosa es que al parecer la canción se inspira lejanamente en los penosos deambulares de Stephen Dedalus y Leopold Bloom por las calles de Dublín en el Ulises de James Joyce. La canción es pegadiza; el libro no lo sé, no me he atrevido a leerlo.

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