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Suicidas y asesinos con clase

Del suicidio...Antes de cometer la ordinariez de tirarte desde un balcón, podrías leer Del suicidio considerado como una de las bellas artes (Minobitia, 5 € en e-book), donde Antonio Priante nos habla con amenidad y humor de trece suicidas célebres que se despidieron de este mundo cruel y hortera de una forma ‘artística’. Quizá así reconsideres tu postura y optes por algo más elegante y apropiado.

Lo de quitarse de la circulación con estética no alude tanto a la forma el repertorio del suicida tampoco es demasiado amplio y a menudo mancha como al fondo de unas vidas que destacaron por su coherencia. Los suicidas de Priante son “personas en las que no existe divorcio entre conducta e idea”, seres auténticos que viven (y mueren) de manera acorde a lo que piensan, y de ahí el subtítulo de Trece vidas ejemplares y el aire de homenaje y respeto que permea el texto.

La mayoría de los protagonistas de este breve ensayo son escritores —un gremio con cierta propensión a bajar el telón por su propia manocomo Larra (se voló la cabeza por amor), Emilio Salgari (se rajó el vientre y se remató degollándose, agobiado por las deudas y la locura de su mujer) o Stefan Zweig (se envenenó en Brasil junto a su esposa, desesperanzado por la barbarie nazi y de la guerra); pero también hay sitio para personajes históricos como Catón el Joven (antes rajarse que rendirse a Julio César) o Rodolfo de Habsburgo, el heredero del Imperio Austro-Húngaro que se dio matarile junto a su amante imposible en un pabellón de caza, romántico mutis que inspiró musicales, ballets y películas lacrimógenas.

ALERTA DE OBRA MAESTRA
El recomendable libro de Priante homenajea en su título a una obra maestra quizá menos leída que citada (“Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”).

Thomas De Quincey

Me refiero a Del asesinato considerado como una de las bellas artes, surgida de la pluma de Thomas De Quincey (1785 – 1859), el entrañable vejete del grabado que, según una carta de una contemporánea, era “(…) una criatura amable y de buen humor, inusualmente inteligente y un erudito excelente”. ¿Verdad que tiene algo de Bilbo Bolsón viejuno?

De Quincey es, para muchos conocedores, uno de los mejores prosistas en inglés de todos los tiempos. Borges, fino catador, escribió de él que a nadie debía más horas de felicidad personal y añadió: “En los catorce volúmenes de su obra no hay una página que no haya templado el autor como si no fuera un instrumento”. Ahí queda eso.

Este tipo enganchado al opio adicción de la que supo hacer gran literatura y que vivió malamente toda su vida de colaboraciones en periódicos y revistas, poseía un estilo refinado quizá algo barroco para el lector de hoy que se lee como si se escuchara la conversación riquísima y entretenida de un amigo que hablara al calor de una chimenea, parapetado tras una copa de ¿oporto?, ¿jerez?, desgranando anécdotas eruditas, chismorreos e increíbles historias narradas con poderío y sabiduría.

SONRISAS Y ESCALOFRÍOS
Del asesinato… reúne dos artículos publicados en 1827 y 1829, dos joyas del mejor humorismo inglés, y un post scríptum de 1854 sombrío y sobrecogedor.

El primer artículo se presenta como una conferencia sobre el tema leída ante la Sociedad de Conocedores del Asesinato, aficionados al asunto que comentan y critican los asesinatos que van Del asesinato considerado como una de las bellas artes conociendo como si fueran un cuadro o una obra teatral y los juzgan en función de su mérito artístico. El segundo finge ser el acta de una de las exclusivas cenas del club.

Ambos son un prodigio de gracia, estilo, inteligencia e ironía (“El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente bárbaro asesinar a una persona enferma que por lo general no está en condiciones de soportarlo”) y causan un placer y una sonrisilla permanente de esas que acongojan en el vagón del metro.

De Quincey añadió el post scríptum en 1854 al organizar la edición de sus obras completas, y le dio un tono muy diferente al de los textos que lo precedían. En él relata tres crímenes reales cometidos en Londres unos cuarenta años antes. Lo que era una lectura amable se convierte en una descripción escalofriante de unos asesinatos que en el recuerdo y la imaginación del autor se transforman en una alucinación, una pesadilla detallista que conviene leer al anochecer, ojo avizor, con el oído atento a ruidos sospechosos y una vía de escape accesible previamente establecida.

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Por mano propia

¿Qué tienen en común Sócrates y Virginia Woolf, Kurt Cobain y Hitler, Mishima y Van Gogh? El suicidio, el asunto más importante para Albert Camus, que publicó un ensayo (El mito de Sísifo), encabezado por esta frase: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”.

Podría -supongo que existe ya- escribirse un gran libro con las notas, cartas, excusas y razones dejadas por los suicidas antes de pegar el Gran Salto por razones diversas. Ocuparía un lugar de honor el mensaje que el novelista italiano Emilio Salgari dejó a sus editores antes de darse matarile a orillas del Po (siguiendo, por cierto, una arraigada tradición familiar).

“A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari.”

SUICIDIOS EJEMPLARES

No planeo tirarme por el viaducto madrileño -está difícil con esa mampara anti muerto inminente que le pusieron hace años-, es que he empezado a leer Suicidios ejemplares, un libro de relatos de Enrique Vila-Matas (ya le tenía ganas), una colección de historias teñidas por “las nobles opciones de muerte que existen”. La cosa promete, y uno de los cuentos viene precedido por la siguiente cita de Séneca, otro ilustre suicida que se fue cortándose las venas al estilo romano, extraída de sus Epístolas morales a Lucilio.

“La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas.”

Me voy unos días de vacaciones, y espero que todo el mundo siga ahí a mi vuelta. Vale.


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