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Desmemorias

El otro día descubrí en los Papeles Perdidos de El País que existe un videojuego retro de El gran Gatsby, la célebre novela publicada en 1925 por el escritor estadounidense Francis Scott Fitzgerald (1896-1940).

El Gran Gatsby

Lo probé (juega aquí), pero enseguida me frenó en seco una pregunta (tampoco es que el jueguecillo dé para mucho): ¿qué hago con esto si no recuerdo de qué iba El Gran Gatsby? Lo leí no hace demasiados años (¿cinco? ¿seis?) y no me acuerdo de NADA, ni siquiera de la sensación que me dejó.

Podría justificar esta desmemoria aduciendo que el libro un clásico del siglo XX no me gustó, que sus temas me dejaron indiferentes, que el destino de sus personajes no me interesó y que, por tanto, mis neuronas hicieron su trabajo, pero lo cierto es que este espacio en blanco es la (no)huella resultante en mi sesera de la mayoría de los libros que leo, incluidos los que me parecen muy buenos e incluso me conmueven.

En modo lírico diría que leer es para mí como recorrer un camino que se hunde a mis espaldas a medida que avanzo. Pero más bien creo que Twitter, Facebook y YouTube me están convirtiendo en un yonqui del fragmento con memoria de pez. Es decir, en un gilipollas, aunque de momento no se nota mucho porque en Internet los tontos somos legión, como los demonios aquellos de los Evangelios.

Unos días después de no jugar a ser un Jay Gatsby pixelado, supe que Gabriel García Márquez (85 años) pierde la memoria, y que no publicará nada nuevo nunca más, y pensé en lo distintos que pueden ser los olvidos: unos no importan nada y otros son tragedias.

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Con la recortada

De nada vale quejarse. Hay que estar preparado. Si te ha cazado la crisis (ya tardaba) y estás en el paro, si tu negocio no funciona o si tu empresa empieza a dejar de pagarte cuando debe, jódete y apriétate el cinturón. Pero consuélate, porque puedes aprender a hacerlo a través de la literatura, bálsamo para incurables espíritus ingenuos.

En 1924, Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), uno de los miembros de “la generación perdida” y exitoso cronista de “los felices años 20” (Hermosos y malditos, El gran Gatsby), finiquitados con el crack del 29 (glups), publicó un par de crónicas en el Saturday Evening Post en las que relataba con gracia y talento sus intentos por ahorrar, por supuesto fracasados.

Con notable sentido de la oportunidad, la pequeña editorial Gallo Nero publica ahora Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, el librito que reúne esos dos textos de Fitzgerald -el que da título al volumen y otro posterior (Cómo sobrevivir prácticamente con nada)- y que se cierra con La declaración de la renta de F. Scott Fitzgerald, un curioso artículo escrito por el profesor William J. Quirk y publicado en la revista The American Scholar.

Adenda: Fitzgerald no solo falló en su tentativa de ahorrar: su alcoholismo fue agravándose con los años y Zelda, su mujer, que empezó a mostrar signos de enfermedad mental en los 20, murió en 1948 a causa del incendio de la clínica psiquiátrica donde estaba internada. La última novela publicada por el novelista estadounidense (Suave es la noche, 1934) refleja los problemas que los fueron arrastrando a él y a su pareja del triunfo y el exceso al desastre.

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