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Dandy Umbral

«Hay que ver cómo le ponen pedestal al alma unos zapatos bien elegidos».

Francisco Umbral (1932 – 2007)

Una de las fotos más conocidas de Paco Umbral, en bolas y con su inseparable máquina de escribir.

Una de las fotos más conocidas de Paco Umbral, en bolas y con su inseparable máquina de escribir.

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Mortal y rosa

Poco importa que seas uno de los mejores prosistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, un mago del lenguaje o un articulista superdotado: si sueltas un exabrupto en la televisión, será lo más notorio que quedará de ti. En el caso de Francisco Umbral (1935-2007), añadió repercusión al asunto de su desplante televisivo el habérselo hecho a la famosa y abominable Mercedes Milá, cuando disimulaba ésta aún su condición de bufona de pesadilla bajo la máscara de periodista incisiva y valiente.

En efecto, el famoso “yo he venido aquí a hablar de mi libro” umbraliano es lo primero que viene a la mente de muchos cuando surge la figura de Umbral, al que el gentío relaciona vagamente con la imagen de un señor alto, de melena gris poco cuidada, gafas de gruesos cristales y voz grave e impostada. Una presencia levemente arcaica dedicada a epatar al televidente de vez en cuando y al extraño oficio de hacer literatura en los periódicos y escribir libros, un orfebre del idioma que va siendo lentamente olvidado en el purgatorio literario en el que muchos ingresan nada más morir para no salir nunca.

Pero hay otro Umbral, alejado de las urgencias de la prensa y la recopilación de boutades de YouTube (enciclopedia de los tontos del siglo XXI), y será el que sobreviva, llegado el caso, en esos fantasmas del pasado que llamamos libros.

Es el de obras como Mortal y rosa, publicada en 1975, una novela lírica, un poema en prosa desesperado y nihilista que surge de una experiencia desgraciada: la enfermedad y posterior muerte del hijo del autor a la edad de seis años. El libro, denso, duro (hay páginas en él que duelen y casi obligan a abandonarlo) y complicado, requiere del lector un esfuezo que merece la pena.

Umbral vomita su dolor más íntimo en una serie deslumbrante de fogonazos de pura literatura que reúnen elegía, ensayo, memorias, diario y, sobre todo, poesía, hasta el punto de que muchos de los textos que lo componen son prosa con ritmo y métrica poéticos.

Mortal y rosa cala hasta los huesos y bastaría para asegurar la pervivencia literaria de cualquiera. Para muestra, un fragmento:

“Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.

Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.”

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A la piscina con ellos

Sospecho que Paulo Coelho tiene un morro que se lo pisa, que ha encontrado un momio en la seudoliteratura de los buenos sentimientos y los corazones rotos y lo explota con voracidad de petrolero tejano. Su ego tiene pinta de no caber en un estadio. O a lo mejor es que yo soy un esnob o un cultureta (de mierda). O que envidio su dinero. El caso es que a veces leo sus artículos de autoayuda (o lo que sea eso) en XL Semanal, el suplemento del fin de semana del grupo Vocento, y se me queda la misma impresión que cuando -famélico y ansioso- abro en el trabajo el tupper que me he preparado la noche anterior: menuda ful.

El alquimista, uno de sus libros, está entre ¡los diez más vendidos de la historia!, y ahora publica El vencedor está solo, cuyo primer capítulo puedes bajarte en El Mundo. Yo lo he hecho y he leído atentamente sus once páginas, aunque bien podría haberme quedado en la segunda (y gracias). Es una cosa plana, simplona y aburrida, y ya hay que tener ganas para seguir adelante. A veces basta con muy poco para tomar una decisión.

Es un libro de piscina. Me explico. Francisco Umbral, en una de esas afirmaciones de sobrado de la vida que tanto le gustaban, dijo en una ocasión que la piscina de su dacha (su chalet a las afueras de Madrid) recibía todos los libros malos y que no le interesaban. No resulta difícil imaginarse a Umbral tumbado en la hamaca, con bufanda en agosto y un whiskazo al lado, lanzando displicente al agua los coñazos que le enviaban editoriales varias y aspirantes a la gloria. Pues eso.

Recuerdo uno de mis libros de piscina: Fiesta, de Hemingway. Me lo acabé, pero con dolor… Seguro que tú también tienes un buen número de títulos que habrías tirado por la ventana con gusto…

ACTUALIZACIÓN: Los masocas pueden descargarse aquí el segundo capítulo de El vencedor está solo.

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