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Una tarde en La Central

Supongo que lo que llaman “economía de la experiencia” consiste en ir a una librería y que te vendan camisetas estampadas con frases palmarias de la literatura universal. Ya no basta con vender productos, cosas, cacharros, libros. Ahora se comercia con estilos de vida, la vinculación emocional y toda esa mandanga de la autoayuda mercadotécnica que sonrojaría a una cabra muerta. Así, este “Preferiría no hacerlo”, lema vital de Bartleby, el reluctante escribiente creado por Herman Melville, te conferirá oh, improbable lector un aura cultureta que te prestigiará en filmotecas, bares universitarios, asambleas y otros ambientes ad hoc. Explicar el origen y sentido de la cita podría aumentar Camiseta tus posibilidades de seducción, aunque yo estoy con Luis Alberto de Cuenca y pienso como él que “[…] a ellas / les aburren los tipos llenos de nombres propios”.

A ti, no menos improbable lectora, te doy por supuesto cierto buen gusto y por ello imagino que jamás te comprarías esta camiseta que despachan en La Central de Callao, la nueva librería abierta en Madrid por la conocida cadena barcelonesa, un espacio que emplea con inteligencia y acierto las aludidas formas de explotación comercial 3.0 o como se llame.

El caso es que la otra tarde me dejé caer por este establecimiento del ramo —en pleno holocausto de las librerías, principalmente pequeñas y medianas, se agradecen los refuerzos— y a veces no sabía ni dónde estaba. La confusión creció cuando descendí por una escalerilla angosta y me topé con ¡un futbolín!

Futbolín

Al fondo, la cara de Valdano sobre la portada de la revista Líbero vino a calmarme. “¡Ajá, economía de la experiencia!”, pensé, e inmediatamente mis pulsaciones volvieron a su ritmo habitual. Así que dedican un espacio a vender revistas y libros relacionados con el fútbol y ponen en él un futbolín que hará sentirse al lector balompédico como en un reducido templo del once contra once… Preferiría que reservaran estos astutos trucos para la sección de Gastronomía, aunque no es necesario, porque en La Central también encontramos un café-restaurante (perdón, un bistró) donde discutir entre exquisiteces varias qué fue antes, la existencia o la esencia; ojear y hojear las Cartas de Cortázar; escribir nuestro último aforismo angustiado en un cuaderno con el nombre de Marcel Duchamp en la cubierta y, por supuesto, afrontar un amable rejoncillo (el estilo de vida, ya se sabe) a la hora de pagar.

Bistro

Para que no falte detalle, en La Central (Postigo de San Martín, 8) han plantado un hermoso ciprés en el patio interior del edificio, un palacete reformado de finales del XIX que alberga en 1200 metros cuadrados tres plantas y un sótano (en este, unacallao-patio coctelería abierta de miércoles a sábado aprovecha una antigua cripta). En nuestro deambular por el lugar, agradable, amplio y luminoso, nos topamos a cada paso con otros espacios y estantes donde adquirir tazas, objetos decorativos, vino (gracias a Dios) y hasta juguetes, a menudo pero no siempre relacionados con los libros y la escritura.

estante

A mí tanta mercadería me toca un poco las narices, pero no llega a abrumar, y hay que reconocer que todo está muy bien pensado y montado, incluido el uso del edificio: por ejemplo, han conservado la capilla del viejo palacio y la han destinado a la sección de literatura infantil, y pueden apreciarse detalles arquitectónicos perfectamente integrados con las necesidades de una librería. Y aquí llegamos a lo importante: los libros. La Central posee un fondo muy importante (más de 70000 volúmenes) y una característica diferenciadora: una notable oferta en otros idiomas propiciada por el acuerdo que la cadena catalana alcanzó el año pasado con el grupo editorial italiano Feltrinelli, que posee 104 librerías.

Librería

La estrategia es clara: la librería como templo sagrado de la lectura parece tener los días contados, y han de ser los mercaderes de la experiencia los que abran paso a las nuevas formas de vender libros, creando espacios acogedores, parques temáticos de bolsillo en los que el lector pueda relajarse, pasar mucho rato de acá para allá y acabar picando el anzuelo. Vi mucha gente en la caja, así que la cosa parece funcionar. Y que dure.

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Todos somos Ismael

Hay días (épocas) en los que no está uno para nada, aunque no conviene exagerar. A juzgar por las caras que veo por la calle, esto del esplín debe de pasarle a muchos, aunque pocos lo han expresado con el tino de Herman Melville (1819-1891) en el inicio de Moby Dick, una novela monumental que, entre otras muchas ediciones, puede encontrarse en la exquisita de Valdemar, con casi 300 estupendas ilustraciones de Rockwell Kent para la edición de 1930 de The Lakeside Press de Chicago (puedes ver algunas al final del post).

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano”.

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