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Drogaína

Mis experiencias con las sustancias estimulantes, deprimentes, narcóticas o alucinógenas se reducen al alcohol, y eso me convierte en un tío sanísimo, cuando no en un bicho raro y aburrido, al menos en ciertos ambientes. Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no pienso meterme mierda de procedencia desconocida en un asqueroso váter de bar. Si algún día pruebo las drogas será en un chateau de la campiña francesa, vestido con un batín de seda (llevaré calzoncillos, calma) y rodeado de expertos conocedores en la materia que me guíen en el viaje.

Dicho esto, he de agradecer a El Ángel Exterminador que me haya prestado Miedo y asco en Las Vegas, el libro más conocido de Hunter S. Thompson (1937 – 2005), el reportero americano al que se atribuye la invención del Periodismo Gonzo, una especie de subgénero del Nuevo Periodismo de los Wolfe, Capote, Mailer y compañía. ¿Que de qué va eso del periodismo gonzo? Me da que ni el propio Thompson lo sabía, pero en la Wikipedia (ese “error en equipo”, según Andrés Neumann) se lee esto.

VIAJE ALUCINANTE AL SUEÑO AMERICANO

Lo he pasado muy bien con este delirante descenso a los infiernos de dos tíos puestos de todo tipo de drogas (mescalina, LSD, ácido, cocaína, éter, pirulas varias…) en un lugar que presumo tan alucinado como una psicosis anfetamínica: Las Vegas, ese gigantesco y absurdo casino en mitad del desierto.

Thompson entró en la capital del juego con un arsenal de sustancias prohibidas y se paseó por allí sin otro irónico objetivo que alcanzar lo que él llamaba el Sueño Americano. No halló ni rastro de él, claro, pero por el camino nos dejó una descripción hilarante -y muy brillante en ocasiones- de los diversos estados mentales (paranoias, alucinaciones, crisis nerviosas) y situaciones absurdas provocados por lo que él y su compañero se iban metiendo, y también una visión (el libro fue publicado en 1971) de lo que fueron los sesenta en los EE.UU., cuando empezaron a pegar las drogas.

Poco periodismo veo en Miedo y asco en Las Vegas, y sí literatura rabiosamente subjetiva y muy recomendable. Por cierto, me alegro de haberlo leído ya mayorcito. Me ha permitido distanciarme y disfrutarlo con la ironía que quizá no posea un adolescente, propenso a quedarse fascinado con este tour de force drogota, del que hay versión cinematográfica (con Terry Gilliam dirigiendo a Johnny Depp y Benicio Del Toro) y que me ha recordado otra obra relacionada con las drogas y sus efectos, que leí hace años y de la que hablaré después de este vídeo cortesía de YouTube.

LA FASCINACIÓN DEL OPIO

Si no hay enfermedades sino enfermos, quizá no haya drogas sino drogadictos. Las Confesiones de un inglés comedor de opio (¡titulazo!) constituyen una aproximación al mundo de la intoxicación y las adicciones completamente diferente a la de Hunter S. Thompson. Es obra de Thomas de Quincey (1785 – 1859), un diminuto, cortés y bohemio erudito británico que cayó en las garras del opio para remediar sus dolores físicos y espirituales.

Estas confesiones, “la crónica de un periodo extraordinario de mi vida”, en palabras del autor, son una suerte de autobiografía en la que ocupa un lugar importante el opio, que De Quincey comenzó a tomar en 1804 por las razones antes citadas, y del que ya nunca podría librarse. En el texto (publicado originalmente en 1821 en la revista London Magazine), esta sustancia aparece como una odiosa maldición, pero también como un medio para provocar fascinantes y tortuosas fantasías oníricas -casi siempre repletas de imaginería oriental, a menudo china, porque el opio se asociaba en occidente con esa parte del mundo-, descritas con una prosa muy elaborada y rica, repleta de divagaciones deliciosas.

De Quincey era un idealista, un visionario y -como todo buen romántico- un reaccionario espiritual en una época que se adentraba despiadamente en la era de la industrialización. Es muy interesante conocer su experiencia con la droga, que supo aprovechar artísticamente y que, siendo tan ‘moderna’ y casi fundacional de una tradición literaria, poco tiene que ver con la de Hunter S. Thompson. El escritor inglés usó el opio como un vehículo para llegar a algo gracias a su sensibilidad intelectual, y Thompson se queda en un aturdimiento estéril, superficial y muy brillante que me recuerda a Tarantino.

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