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La vida amarga

– ¿Habla en serio o en broma?
– ¿Hay alguna diferencia?

La vida amarga, Josep Pla

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Cocido y República

JOSEP PLA, MADRID. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA  (1933)

20 de mayo

Gran discusión en la pensión entre partidarios de la olla catalana y del cocido castellano. Se trata de saber cuál es, de las dos cosas, objetivamente la más importante. Defiende la olla un periodista catalán que representa en Madrid a no sé qué prensa de izquierda. Un tenor cómico muy tieso de un teatro popular de Madrid defiende el cocido castellano. La discusión se enardece y se produce un gran desorden. De un bando y del otro los argumentos se presentan con la confusión característica de las polémicas del país. En el comedor los pareceres se dividen dentro de la flotación general.

– ¡La col! ¡La albondiguilla! ¿Quién tiene el valor de dudar de las cualidades de la albondiguilla? –dice el periodista catalán.
– Y del repollo, ¿qué? ¿Y de los garbanzos? ¿Qué me dice usted de los garbanzos? –dice, indignadísimo, el tenor cómico castellano.

A la hora de los postres, el tenor cómico ganaba terreno de una manera rápida debido a la presión del ambiente. El periodista se anda con cuidado para retirarse con gracia. En medio de una calma relativa, el periodista, que está a mi lado, se me arrima y me dice sotto voce, con una cara de ferocidad para desviar la conversación a un terreno más cómodo:

– Esta gente debe ser monárquica…
– ¡Claro, hombre, claro! –le digo con toda la seriedad de que soy capaz en ese instante.

Ese es el estado de espíritu en estos momentos. A todo el que nos molesta por cualquier razón, le colgamos el calificativo de monárquico. Ferrán Cuito, director general del Ministerio de Comercio, me explicó el otro día que había visto una tarjeta de un señor que ponía: Fulano de Tal – Ingeniero republicano. 

El bote de garbanzos del Mercadona, ¿republicano o monárquico?

 

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Vientos del Ampurdán

“… Aquí vivimos en un medio de dialéctica cósmica total, esto me ha hecho comprender la dialéctica de los hombres, y la imposibilidad de que nadie se entienda nunca”. Josep Pla.

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Escrache al marisco

A los tontos del gintónic con bayas y gominolas, los del guasap y los de las hamburguesas gourmet, ha venido a unirse un nuevo espécimen de tonto: el del escrache, ese que se apunta a cualquier movida escrachera donde suene la palabra “indignado” no porque le vaya o le venga, sino porque mola y es guay, y a ver a qué hora acaba esto que he quedado a tomar unas cañas.

A mí, que a tonto no me gana nadie, también me ha dado por hacer escraches, pero al marisco, una comida muy de pobres que desean sentirse ricos por un rato (¿qué no valdría el pollo frito si creciera donde los percebes?), merecedora de la reprobación de los que deseamos una alimentación igualitaria, democrática y solidaria que supere la pueblerina adoración hispana por el escalofriante acto de chupar cabezas de gamba.

Como bien sabe El Roto, en España la medida del éxito la da el tamaño de la bandeja de marisco.

Como bien sabe El Roto, en España la medida del éxito la da el tamaño de la mariscada que nos sirve el camarero.

FESTÍN NEANDERTAL
Ante las bandejas de marisco, a la gente se le afila la mirada, se le crispa la mandíbula, todos sus músculos se tensan y da la impresión de que uno podría sacrificar un bebé en la mesa de al lado y pasar desapercibido, tal es la concentración depredadora de quienes esperan a lanzarse sobre esos indefensos animalillos cocidos o a la plancha.

Cuando se vencen las últimas reticencias civilizadas y arranca el festín, da miedo ver al homo sapiens partiendo y abriendo caparazones para sorber y deglutir la magra carne marina de esos bichos de aire alienígena. Nécoras, cigalas y seres anexos parecen salidos de un casting de George Lucas, y sus antenas y ojillos negros y redondos como bolitas de pimienta (¡y qué decir de esas patas y pinzas con pelillos y todo!) quedan sobre la bandeja como restos estremecedores de una ceremonia salvaje y primitiva.

Al acabar, los comensales, satisfechos y ahítos, se limpian las manos con toallitas perfumadas y siempre hay alguno que exclama: “¡Me encanta el marisco!”. Flota en el aire una vaga sensación de tristeza, como de despertar de la conciencia tras una regresión primitiva.

QUE SE PRONUNCIE LA AUTORIDAD
Pero dejemos hablar a los grandes, como ya avisamos al final del anterior post. 

En Madrid. El advenimiento de la República, Josep Pla da su juicio sobre el marisco, y hay que escucharle, que ya dijo Andrés Trapiello el otro día en Jot Down que “el talento de Pla para hablar de los guisantes y de las gambas de Palamós ha sido único, nadie ha bordado eso como él”.

Pla empieza con su asombro por la costumbre de dejar el suelo de los bares perdido de cáscaras de cadáveres. “Todos esos animalitos extraños serían magníficos si no dejasen tanto rastro. Lo cierto es que dejan muchos residuos bajo las mesas de los cafés, residuos que suelen —relativamente— eternizarse. Después de cenar, pisar la cola de un langostino o de una gamba pone la carne de gallina y es un acto de una tristeza irreparable”.

Y sigue con el ataque fundamental al meollo del asunto, que suscribo por completo: “Me cuesta un poco comprender la pasión de la gente por el marisco —que difícilmente comparto. A mí me parece que la carne del marisco tiende a parecerse a la textura y al gusto del fango del mar, de una pastosidad un tanto enfangada y desprovista de estilo”.

Yo añadiría humildemente un último argumento contra este presunto manjar. Después de cogerme una tajada monumental en Gijón (la sidra es matadora) tras haber cenado en una marisquería, una amiga asturiana me redimió: “El marisco no forra”. Vamos, que no prepara el estómago para beber. Que Dios la bendiga.

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A los toros

Me gustan los toros casi tanto como ir a los toros. Me gustan porque aprecio las virtudes del toreo —el valor, la estética, el rito— y de los toros de lidia, animales bellísimos (y artificiales como dóbermans, el producto de siglos de experimentación genética) que llevan una existencia bastante más digna que la de muchos seres vivos: perrazos recluidos en minipisos, pajaritos en la jaula, pollos en la granja, viejos en los asilos…

Pero sobre todo me atraen y divierten el ambiente, la sensación de reunirse para contemplar el anacronismo de un oficio y un espectáculo destinados a desaparecer, esa mezcla de caspa y elegancia que lo asalta a uno en cada rincón de la plaza, las reacciones del público taurino, mucho más civilizado que el del fútbol, la expectación casi siempre convertida en decepción —metáfora exacta de la vida—, el cambio en la gradación de la luz a medida que transcurre la tarde (esos delicados tonos pastel cuando declina el sol sobre los tendidos…).

El sol se va de Las Ventas por la andanada del 6.

El sol se va de Las Ventas por la andanada del 6.

Y además, te dejan beber hasta gintónics. ¡Y fumar!  

Una lata de Mahou sale por 2,50, barata no es.

Una lata de Mahou sale por 2,50, barata no es.

El caso es que el otro día fui a Las Ventas con unos amigos y uno de ellos, sensible amante de los animales (tanto que vive con una pájara y una perra), comentó: “Esto es un oasis de libertad, aquí se puede beber y fumar” (añado, lo decía gintónic en la siniestra y puro en la diestra, y remato: se aburrió y asegura que no volverá).

Dos tardes después, otro amigo me invitó a la corrida venteña de turno. Hablábamos de lo insólita que resulta la pervivencia de semejante tradición a estas alturas del partido, cuando el planeta parece destinado a convertirse en una aséptica y minimalista tienda de Apple. Como quien no quiere la cosa, mi colega sentenció: “Aquí estamos, comiendo, bebiendo y fumando mientras torturan a un animal”. Lo clavó.

Efectivamente, en los toros asistimos a una crueldad perfectamente reglamentada y probablemente indefendible desde un punto de vista ético, a pesar de los muchos argumentos (económicos, culturales, ecológicos —sí, ecológicos—) que podrían esgrimirse a su favor.

Tan es así que los peores valedores de la tauromaquia acaban siendo los líricos que proclaman las esencias artísticas del toreo (que si Goya, que si Picasso, que si Lorca, que si Hemingway…) como una justificación culta de su afición.

Hemingway cediendo los trastos tras un -suponemos- trago largo y templado (foto de

Hemingway cediendo (¿o cogiendo?) los trastos tras un -suponemos- trago largo y templado (foto de afuegolento.com).

POLÍTICAMENTE INCORRECTO
Se equivocan, creo yo. Si los toros han de sobrevivir, habrá de ser a lomos de la incorrección política, como uno de los últimos reductos donde no llegue la policía moral que acecha en cada rincón de este mundo menos libre de lo que nos gusta creer.

Es mejor ser torero, cruzarse al pitón contrario, adelantar la muleta, citar, embarcar la embestida y luego vaciarla admitiendo la verdad: en los toros hay belleza, emoción y sensibilidad, pero también barbarie y casquería, que en las plazas de pueblo alcanza las dimensiones de orgía sangrienta y chapucera (de las fiestas populares mejor no hablar).

Yo soy consciente de todas estas cosas, pero no pienso dejar de ir a la plaza, a pesar de que a veces me sienta allí como Josep Pla (1897-1981), Plaque dejó su impresión sobre las corridas de toros en Madrid. El advenimiento de la República, un libro que recoge sus crónicas periodísticas y apuntes de la vida cotidiana madrileña en los meses que siguieron al 14 de abril de 1931.

Pla era corresponsal de periódicos catalanes en la capital, y sus finas dotes de observación, su detallismo y su ironía distanciada dejan un testimonio excepcional de aquellos días.

Es una lectura muy recomendable, tanto como Madrid, 1921. Un dietario, su otra obra capitalina, ahora reeditada por Libros del K.O. 

Sí, Pla pasaba mal rato en los toros: “Es un espectáculo que no me agrada, porque me descubre con gran brutalidad el fondo psicológico que llevo dentro. (…) La sangre me apena. Si cogen a un hombre tengo que apartar la vista. Después, la sensibilidad se me endurece y me voy volviendo insensible. Los gritos de la multitud, el alboroto de la gente, contribuyen a endurecerme. En fin, siento que vería morir a un amigo en la plaza y que no sentiría ni frío ni calor, y que no se me moverían ni un nervio ni un músculo”.

Pla prosigue con una reflexión antropológico-histórica arbitraria y que hoy suena viejísima (“Creo, además, que la dureza del pueblo castellano —Keyserling ha observado que es un pueblo que no ha pedido nunca clemencia ni la ha concedido— se mantiene y cultiva en gran parte por la fiesta nacional”), y acaba sus observaciones con la madrileña costumbre, tan unida a los toros, de tomar cañas y comer marisco.

Pero eso da para otro post…

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