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El empático pagafantas

Los lectores pagafantas —y somos legión— conocemos bien la hiel del fracaso amoroso juvenil. Nuestros flácidos cuerpos pálidos emprendían penosos avances bar por bar, en urbanas batallas nocturnas y ruidosas donde el objetivo aparentemente accesible escondía campos de minas antipedante que nos explotaban en la jeta así que algún libro salía a relucir en la renqueante conversación.

Lo dijo mejor Luis Alberto de Cuenca en unos versos de tufillo misógino (“… a ellas / les aburren los tipos llenos de nombres propios”), una actitud que el poeta madrileño nunca se ha preocupado de disimular:

“Mujeres: Mira que las deseo.
Y qué poco me gustan”.

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Fue el primer libro que le regalé. Inexplicablemente, ella sigue conmigo.

Aún recuerdo aquella escaramuza en la que, cortadas todas las vías de escape, llegué a definir mis gustos literarios como “eclécticos” (¡eterno oprobio para mí y mi descendencia!) ante las reiteradas preguntas de una resultona muchacha que acababa de declarar su admiración por Ken Follett e Isabel Allende. No habiendo sido jamás (¡ay!) un fucker indiscriminado (¿acaso hay otra forma de serlo?), la única solución honrosa consistía en emprender una discreta huida y seguir el sabio consejo de Alfredo Landa en una escena de La Vaquilla (cito de memoria): “Te vas a casa y te haces dos pajas”.

Sí, éramos jóvenes e indocumentados, tanto que no leíamos Science. La prestigiosa revista de divulgación científica acaba de publicar un estudio que consolará a tanto pagafantas letraherido. Según este trabajo, las personas que leen narrativa de ficción culta y de calidad dan mejores resultados en las pruebas que miden el nivel de empatía e inteligencia emocional que aquellas que prefieren los best sellers o las obras de no ficción. 

Los autores de la investigación, psicólogos sociales de la New School for Research de Nueva York, han hallado en sus pruebas que los autores “de prestigio”, como el estadounidense Don DeLillo, cuyos textos se han usado en el experimento, dejan mucho espacio a la imaginación y las interpretaciones del lector; así, este se ve obligado a sacar conclusiones propias y a ser sensible a las complejidades y matices de las emociones, lo que aumentaría su capacidad de entender a sus semejantes, incluidas sus posibles víctimas carnales. 

Casi puedo oírlo en el estruendo de algún garito: “Sí, te comprendo porque he leído a Kafka y Murakami”.

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Reyes, aguafiestas y hamburguesas

Veinte años de investigación y 45 de visitas al Archivo General de Simancas realizados por Geoffrey Parker (Nottingham, 1943), el hispanista inglés de la Universidad de Ohio (¿por qué tantos hispanistas anglosajones y no al contrario?), han cristalizado -previa biografía anterior, mucho más corta y publicada en 1984- en un volumen de 1.536 páginas que pretende ser la suma sobre la vida de Felipe II (1527-1598), el rey prudente, el monarca que gobernaba sus dominios donde nunca se ponía el sol como una araña desde el centro de una gigantesca telaraña, con un celo enfermizo y burocrático -se conservan entre 10.000 y 15.000 documentos de su puño y letra- que no se detenía ante nada.

Felipe II. La biografía definitiva (Planeta, 39,50 €), reúne el titánico esfuerzo del prestigioso Parker, gran conocedor de la España del XVI y el XVII, que se ha quemado las pestañas recopilando y sintetizando la ingente información disponible sobre el soberano para retratarlo en lo privado y lo público en una biografía minuciosa, apasionante y con una sola pega: no hay quien la lea en el metro.

“TODAS LAS GENERACIONES ESTÁN PERDIDAS”
Si te pesan las responsabilidades de un rey tan estricto y obsesionado con la religión y el honor como era Felipe II, puedes volverte a las angustias del mundo moderno con Suites imperiales (Mondadori, 160 págs., 16,90 €), la novela con la que Bret Easton-Ellis (Los Ángeles, 1964), el cronista del desasosiego y el malestar profundo, retoma los desorientados personajes de su primer libro, Menos que cero, publicado en 1985.

Han pasado los años, ya son cuarentones y no adolescentes de clase alta entregados a las drogas, el sexo más o menos sórdido y los bares de mala muerte, pero sus aparentemente ordenadas y encauzadas vidas son mucho más frágiles de lo que querrían. Angustia, soledad y una implacable disección de ciertos aspectos de la sociedad de los EE.UU -es decir, de la nuestra- se citan en una novela que es puro Ellis, el aguafiestas moralista que sabe “que todas las generaciones están perdidas” y siempre se las apaña para dejarnos un sabor amargo.

LA HAMBURGUESA LITERARIA
Y si lo que quieres es que no te toquen las narices ni te calienten la cabeza, siempre te quedará el habilidoso, muchimillonario y laborioso Ken Follett, que ha vuelto para forrarse con La caída de los gigantes (Plaza & Janés, 1.024 págs., 24,90 €), la primera entrega de una trilogía que se llamará El siglo y recorrerá la historia del siglo XX (la del mundo occidental, claro) a través de las vicisitudes de cinco familias: los mineros galeses Williams; los aristócratas ingleses Fitzherbert y sus homólogos alemanes, los Ulrich; los hermanos rusos Kostin y los estadounidenses Dewar. Para empezar, mil paginazas con la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y el sufragismo, entre otras cosas, como telón de fondo. Que aprovechen.

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Aún hay clases

En las próximas semanas, dos novelas históricas van a entrar en las listas de los libros más vendidos para quedarse una buena temporada. La primera es Venganza en Sevilla (Planeta), de Matilde Asensi, una aventura ambientada en la populosa capital andaluza de principios del XVII. Basta descargarse el primer capítulo de la web de la autora para advertir el olor a coñazo homérico y prosa funcionarial, espesa, gallinácea y más plana que una entrevista con Indurain. Pero nos hartaremos de verla en el metro y las playas.

La segunda es El asedio, de Arturo Pérez-Reverte (la publica Alfaguara el 3 de marzo), y aunque él niega que sea una novela histórica, se desarrolla en Cádiz durante 1811 y 1812. No sería mala cosa que PP y PSOE introdujeran en su hipotético Pacto por la Educación una cláusula que incluyera algunos relatos de Pérez-Reverte en los planes de estudio. Las aventuras del capitán Alatriste están bien escritas -uno descubre la pobreza del castellano que hablamos cotidianamente-, divierten, enganchan y en ellas se aprende bastante más historia que en las clases de la mayoría de profesores de ESO (qué nombre tan definitorio). Cabo Trafalgar o Un día de cólera son también recomendables ejemplos del género preferido por los españoles, según proclaman las estadísticas año tras año.

Asensi desciende del infantiloide Dan Brown; Reverte, de Alejandro Dumas, rey del folletín histórico con clase. Y no es lo mismo.

NOTA: En breve, mi top de novelas históricas (no sale Ken Follett, aún no soy una vecinita).

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