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Suicidas de libro 3

LARRA (1809 – 1837)   EL SUICIDA POR AMOR
Método: Se disparó en la cabeza. Antecedentes: Con solo 27 años, Mariano José de Larra era ya un escritor y periodista de prestigio en España, aunque desencantado con la vida que, como a buen romántico, se le quedaba pequeña. Su pesimismo y desesperanza se advierten ya en sus primeros artículos, y esa visión de la existencia se fue acentuando con las decepciones propias de un ilustrado que no veía progresar a su país y chocaba constantemente con la censura y las mezquindades de la política. Cercado por la depresión, un fracaso amoroso actuó como espoleta. En la tarde del 13 de febrero de 1837, su amante Dolores Armijo le visita para recuperar sus cartas y anunciarle que se marcha con su marido a vivir en las Filipinas. Larra se encierra en su estudio y allí lo encontrará muerto su hija Adela (de solo cinco años) al ir a darle las buenas noches.

Con una de estas pistolas (expuestas en el Museo del Romanticismo, en Madrid) se quitó de en medio don Mariano José, o eso se dice.

Con una de estas pistolas (expuestas en el Museo del Romanticismo, en Madrid) se quitó de en medio don Mariano José, o eso se dice.

 

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Suicidas y asesinos con clase

Del suicidio...Antes de cometer la ordinariez de tirarte desde un balcón, podrías leer Del suicidio considerado como una de las bellas artes (Minobitia, 5 € en e-book), donde Antonio Priante nos habla con amenidad y humor de trece suicidas célebres que se despidieron de este mundo cruel y hortera de una forma ‘artística’. Quizá así reconsideres tu postura y optes por algo más elegante y apropiado.

Lo de quitarse de la circulación con estética no alude tanto a la forma el repertorio del suicida tampoco es demasiado amplio y a menudo mancha como al fondo de unas vidas que destacaron por su coherencia. Los suicidas de Priante son “personas en las que no existe divorcio entre conducta e idea”, seres auténticos que viven (y mueren) de manera acorde a lo que piensan, y de ahí el subtítulo de Trece vidas ejemplares y el aire de homenaje y respeto que permea el texto.

La mayoría de los protagonistas de este breve ensayo son escritores —un gremio con cierta propensión a bajar el telón por su propia manocomo Larra (se voló la cabeza por amor), Emilio Salgari (se rajó el vientre y se remató degollándose, agobiado por las deudas y la locura de su mujer) o Stefan Zweig (se envenenó en Brasil junto a su esposa, desesperanzado por la barbarie nazi y de la guerra); pero también hay sitio para personajes históricos como Catón el Joven (antes rajarse que rendirse a Julio César) o Rodolfo de Habsburgo, el heredero del Imperio Austro-Húngaro que se dio matarile junto a su amante imposible en un pabellón de caza, romántico mutis que inspiró musicales, ballets y películas lacrimógenas.

ALERTA DE OBRA MAESTRA
El recomendable libro de Priante homenajea en su título a una obra maestra quizá menos leída que citada (“Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”).

Thomas De Quincey

Me refiero a Del asesinato considerado como una de las bellas artes, surgida de la pluma de Thomas De Quincey (1785 – 1859), el entrañable vejete del grabado que, según una carta de una contemporánea, era “(…) una criatura amable y de buen humor, inusualmente inteligente y un erudito excelente”. ¿Verdad que tiene algo de Bilbo Bolsón viejuno?

De Quincey es, para muchos conocedores, uno de los mejores prosistas en inglés de todos los tiempos. Borges, fino catador, escribió de él que a nadie debía más horas de felicidad personal y añadió: “En los catorce volúmenes de su obra no hay una página que no haya templado el autor como si no fuera un instrumento”. Ahí queda eso.

Este tipo enganchado al opio adicción de la que supo hacer gran literatura y que vivió malamente toda su vida de colaboraciones en periódicos y revistas, poseía un estilo refinado quizá algo barroco para el lector de hoy que se lee como si se escuchara la conversación riquísima y entretenida de un amigo que hablara al calor de una chimenea, parapetado tras una copa de ¿oporto?, ¿jerez?, desgranando anécdotas eruditas, chismorreos e increíbles historias narradas con poderío y sabiduría.

SONRISAS Y ESCALOFRÍOS
Del asesinato… reúne dos artículos publicados en 1827 y 1829, dos joyas del mejor humorismo inglés, y un post scríptum de 1854 sombrío y sobrecogedor.

El primer artículo se presenta como una conferencia sobre el tema leída ante la Sociedad de Conocedores del Asesinato, aficionados al asunto que comentan y critican los asesinatos que van Del asesinato considerado como una de las bellas artes conociendo como si fueran un cuadro o una obra teatral y los juzgan en función de su mérito artístico. El segundo finge ser el acta de una de las exclusivas cenas del club.

Ambos son un prodigio de gracia, estilo, inteligencia e ironía (“El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente bárbaro asesinar a una persona enferma que por lo general no está en condiciones de soportarlo”) y causan un placer y una sonrisilla permanente de esas que acongojan en el vagón del metro.

De Quincey añadió el post scríptum en 1854 al organizar la edición de sus obras completas, y le dio un tono muy diferente al de los textos que lo precedían. En él relata tres crímenes reales cometidos en Londres unos cuarenta años antes. Lo que era una lectura amable se convierte en una descripción escalofriante de unos asesinatos que en el recuerdo y la imaginación del autor se transforman en una alucinación, una pesadilla detallista que conviene leer al anochecer, ojo avizor, con el oído atento a ruidos sospechosos y una vía de escape accesible previamente establecida.

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¿Y tú de quién eres?

“Si no sabes quién es el cabeza de turco cuando estás con más tíos en una sala, es que eres tú”. Se lo dice el viejo John Huston a John Glass, protagonista de El Lémur (Alfaguara, 16,50 euros), un periodista maduro, cínico y de vuelta de todo que se ve metido sin saber cómo en una intriga con el asesinato de rigor.

La frase es digna de una antología de la novela negra, el género de esta historia que se publicó por entregas (15 capítulos a razón de 1.500 palabras cada uno) en el New York Times y que viene firmada por Benjamin Black, seudónimo del escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945). Banville ganó en 2005 el importante Premio Man Booker con El mar (Anagrama), y disfruta de un enorme prestigio, hasta el punto de que muchos lo han llegado a definir con el rimbombante título de “escritor de escritores”.

No he leído a Banville, pero el descubrimiento de su heterónimo Black me hará caer por sus páginas más pronto que tarde. ¿Por qué este irlandés sesentón, considerado un estilista de primera, escribe novelas policiacas (El Lémur es la tercera) con seudónimo? En una entrevista en el suplemento cultural del ABC, él mismo confiesa que por puro juego.

Y se nota. La historia me ha hecho reír unas cuantas veces y es puro artificio en el mejor sentido de la palabra, un mecanismo de relojería condicionado por su naturaleza de folletín por entregas y que cumple rigurosamente con todas las convenciones de la novela negra: diálogos precisos, con fibra y cargados de mala leche y humor (no los verás en Los hombres de Paco); observaciones a menudo deslumbrantes; una trama que te hace querer más y más y una calidad de página que a veces te deja pensando “joder, qué cabrón…”.

Adulterio, asesinato y chantaje son ingredientes clásicos de un relato que se lee con placer y que tiene su punto fuerte en su protagonista, John Glass, un tipo mezquino, vulnerable y al que coges cariño en cuanto descubres que todas las miserias que pasan por su cabeza te recuerdan a las de la tuya (son divertidísimas sus penalidades como fumador en Nueva York, una ciudad donde el adicto a la nicotina es tratado como un apestado).

A SALTO DE MATA

Así es como vivió Paul Auster hasta los treinta y pocos, según confesión propia, y así lo reflejó en el libro del mismo nombre, publicado por Anagrama, una narración autobiográfica de sus primeros años que se cuenta entre lo mejor de su obra. En ella leemos que en su desesperación por ganar dinero llegó a inventarse un ¡juego de cartas de béisbol! En esos días difíciles, el ahora Príncipe de Asturias de las Letras también escribió un relato policiaco bajo seudónimo. Jugada de presión, de ‘Paul Benjamin’, es la primera novela de Paul Auster. Escrita sólo por dinero (objetivo en el que fracasó), fue publicada años más tarde y es una lectura muy recomendable, en la que se vislumbran ya rasgos que caracterizarían el peculiar estilo de Auster.

ESCRIBIR ES CONCURSAR

Larra dejó dicho a través de Fígaro, uno de los seudónimos con los que escribió en los periódicos: “Escribir en España es llorar”. No mucho después se voló la cabeza con un pistolón decimonónico que los más morbosos pueden ver en el Museo Romántico de Madrid. De vivir en nuestros días, el tiro se lo habría pegado si le hubiera tocado ser jurado del 12º Premio Alfaguara, que acaba de ganar el argentino Andrés Neuman con su novela El viajero del siglo y al que se presentaron más de medio millar de manuscritos inéditos. ¿Tendrán un ejército de oompa-loompas leyendo sin descanso?

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