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Ruido y furia

¿Quién se acuerda de las niñas nigerianas secuestradas por un grupo terrorista?

Yo no, desde luego. Habían desaparecido de mi memoria de pez, aturdida por la charanga mediática, hasta que vi ayer este tuit.

Tuit

Las noticias son un bien de consumo más, morralla de usar y tirar, y la actualidad “un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”.

Los enviados especiales corren en tropel de acá para allá a cubrir la última barbaridad y en cuanto esta pierde frescura parten en busca de alguna tragedia que no empiece a criar moho.

¡Lástima que no se hayan inventado las neveras de noticias frescas! Como escribía Julio Camba en uno de sus artículos recopilados en Maneras de ser periodista (Libros del K.O.), “Lo ideal sería un gran frigorífico de noticias e informaciones en donde cada periodista pudiese ir almacenando aquellas que conociese y dejarlas allí, como si fueran sardinas, lenguados o merluzas, hasta que la demanda del público fuese mayor y el precio más remunerativo”.

O como –ya sin cinismo– reza la cita de la cabecera de la web de los propios editores del K.O.: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible.” Janet Malcolm, El periodista y el asesino.

 

 

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Camba y el periodismo (I)

Julio Camba (1884 - 1962) pasó sus últimos trece años viviendo alojado en una habitación del Ritz.

Julio Camba (1884 – 1962) pasó sus últimos trece años alojado en una habitación del Ritz.

De Julio Camba podríamos decir que era genial si no fuera porque, a fuerza de usarlo mal (ahora irse de vacaciones es “genial”, encontrar tu talla es “genial”, Android es “genial” y hasta tu abuela moderna es “genial”), el adjetivo ha terminado por degradarse, uniéndose a términos como “solidaridad” o “fascista” en la lista de palabras que ya no se sabe muy bien qué significan, lo que, bien mirado, quizá explique su uso masivo.

Así que, para ser precisos y que nos entiendan, tendremos que conformarnos con decir que a Camba le sobraba el talento y que encima tenía gracia. A mí me falta lo primero y carezco de lo segundo, pero -algo es algo- al menos coincido con él en mi desconfianza por las escuelas de Periodismo, y sé de lo que hablo, porque deambulé un lustro por la de la Complutense perdiendo el tiempo como un gilipollas indocumentado.

El caso es que leyendo las Maneras de ser periodista de Julio Camba (Libros del K.O.), el estudiante de Periodismo (¿¿??), el becario, el freelance, el plumilla de medio pelo, el parado y el redactor jefe que aún no se haya vuelto idiota por las miserias del día a día disfrutarán reconociendo algunas de las penalidades, vicios y rutinas que aquejaban a este oficio hace un siglo y que lo siguen caracterizando, ahora en código binario.

Cualquier redactor que se precie de entregar un texto digno a la hora del cierre debería tener como libro de cabecera esta recopilación de artículos que funciona como un manual de estilo periodístico a la inversa, un código deontológico perverso y divertido que irá apareciendo por aquí regularmente.

Hoy, primera entrega:

“Cuando un escritor se produce a diario, o casi a diario, no está completamente obligado a ser del todo genial. Si hoy escribimos una tontería, también ayer hemos escrito otra y es de esperar que mañana lancemos una nueva. Nuestra tontería tiene una perfecta continuidad en el tiempo, y el lector no la advierte porque ha olvidado su comienzo y no adivina su fin. Y cuando no se pueden diluir las tonterías en el tiempo, escribiendo diariamente, conviene diluirlas en el espacio por medio de artículos muy largos.

Yo soy un escritor de artículos cortos, cosa terrible, porque los artículos cortos se leen. Estoy aislado en el espacio, y sólo me puedo ocultar en el tiempo escribiendo con asiduidad. Y si por una enfermedad o por cualquier otra causa he dejado de escribir durante varios días, me veo perdido. La continuidad se ha roto. La tontería de hoy, sin apoyo ninguno en una tontería de ayer, destacará de un modo perfectamente ostensible”.

Del artículo No es posible escribir artículos geniales, publicado en el diario El Sol el 12 de marzo de 1919.

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Maneras de ser periodista

Así no hay forma. Está uno haciendo una limpia libresca en casa más parecida a los aquelarres nazis que al donoso escrutinio del Quijote, expurgando libros como un Stalin del papel (parafraseando al temible Koba, “eliminado el volumen, eliminado el problema”), ampliando el lebensraum que una nueva vida requiere (hija, es la primera vez que escribo de ti y casi me pongo a hacer pucheros) y van los de Libros del K.O. y publican un Camba que además pone en su sitio al periodismo, devuelto por la crisis a sus orígenes: una ocupación de gentes de mal vivir, el trabajo de las tres des –dipsómanos, divorciados y depresivos–, y quién sabe, quizá esté bien así.

Portada Camba

Menos mal que el libro en cuestión es finito (104 páginas) y aún me cabe en casa, porque a pesar del ahorro de su versión en e-book (4,99 euros frente a 13,90), sigo viendo la lectura como un placer tan sensuaaaaaal como cerebral, y no es que yo pase páginas tirado en una chaise longue con un pitillo en los labios cual Sara Montiel, pero es que el libro electrónico posee la calidez de los pasillos de la Estrella de la Muerte, y el papel es sexy, y a Julio Camba no me da la gana leerlo en una baratija cromada y electrónica ensamblada por semiesclavos orientales. 

Como iba diciendo, estos editores malditos de Libros del K.O. publican el 9 de septiembre Maneras de ser periodista, una recopilación de artículos de Julio Camba, uno de los mejores cultivadores del género españoles del siglo XX, si no el mejor, un escritor inteligente, finísimo y agudo que lo reconcilia a uno con la vida, un visitante habitual de este modesto blog, ya alabado aquí, aquí y aquí.

El volumen recoge textos –no reunidos antes– en los que el periodista gallego disecciona las miserias, rutinas y gajes del oficio de plumilla, aceradamente definido en la cita que encabeza la web de la propia editorial: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible” ( Janet Malcolm, El periodista y el asesino).

¿Cómo no correr a comprar este ajuste de cuentas del gran Camba “con el miserable que inventó la imprenta”? Y más después de leer este fragmento (y que le den al lebensraum).

“Yo lo mismo hago un artículo con una noticia de tres líneas que leo en el Daily Telegraph, que con las obras completas de Voltaire. Yo me voy al mar, por ejemplo. No cabe duda de que el mar es una cosa grande y hermosa. Pues para mí como si fuese un sombrero de paja. Toda su hermosura y toda su grandeza yo la reduzco rápidamente a una columna escasa de periódico; mando las cuartillas a su destino, y ya se han acabado para mí los encantos del mar, y, como los encantos del mar, las mujeres bonitas, y como las mujeres bonitas las obras maestras, y como las obras maestras las catedrales góticas, y los buques de guerra, y los campos sonrientes, y la primavera, y las fiestas movibles y todo. El articulista no puede gozar de nada, porque todo, en su organismo, se vuelve literatura, así como esos enfermos que no gozan de ninguna comida porque todas ellas se les convierten en azúcar. Esos enfermos son fábricas de azúcar, y nosotros somos fábricas de artículos”.

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