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De la embriaguez I

“Y lo que me explicó una dama a la que honro y aprecio de manera singular: que cerca de Burdeos, hacia Castres, donde está su casa, una mujer de pueblo, viuda, con reputación de castidad, sintiendo las primeras sombras de un embarazo, decía a sus vecinas que habría pensado que estaba encinta de tener marido. Pero, al crecer de día en día el motivo de sospecha, y al fin hasta la evidencia, llegó al punto de hacer declarar en el sermón dominical de su iglesia que si alguien admitía el hecho y lo confesaba, ella prometía perdonárselo y, si él estaba de acuerdo, desposarlo. Uno de sus mozos de labranza, animado por tal proclama, declaró haberla encontrado, un día de fiesta en el que había bebido abundante vino, dormida cerca de su chimenea de modo tan profundo y tan indecente que había podido valerse de ella sin despertarla. Todavía viven juntos casados”.

Michel de Montaigne, Los Ensayos (1580) 

'Al día siguiente' (1894-5), pintura de Edvard Munch.

‘Al día siguiente’ (1894-5), óleo de Edvard Munch.

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Adiós a la francesa

El francés Michel de Montaigne (1533-1592) fue un tipo peculiar. El haber nacido en una familia de buena posición le permitió recibir una excelente educación humanista. Estudió leyes, ejerció como juez, medió en las sangrientas querellas entre católicos y protestantes francesesTorre de Montaigne y en 1570 se concedió el lujo de rechazar el puesto en la corte parisina que le ofrecía Enrique IV. En lugar de enfangarse en las intrigas del poder, prefirió retirarse discretamente a la torre de su castillo de Aquitania, de donde solo saldría para un viaje por Suiza, Alemania e Italia, y, muy a su pesar, para ser alcalde de Burdeos durante cuatro años, ya que le habían elegido para el cargo. En la libertad íntima de su château estudiaba, leía, veía pasar la vida (que vivir también es eso) y escribía como el hedonista-estoico sabio y refinado que era. Para un partido político español, alguien así inteligente, culto, con oficio y carente de ambición habría resultado tan tóxico como el polonio.

El fruto de esa temprana retirada (contaba 38 años, una edad no muy avanzada ni siquiera para el siglo XVI) son Los Ensayos, un libro admirable que empezó a publicarse en 1580 e inauguró un género (el ensayo, claro) del que Montaigne sigue siendo considerado un gran maestro.

Ensayos

Los pensamientos del Señor de la Montaña vagaban elegantemente de un asunto a otro (el canibalismo, la soledad, la ira, los libros, el sexo, la muerte…, cualquier cosa) apoyados en una erudición bestial, un buen estilo y un espíritu escéptico y libre que buscaba con pasión la verdad, pero (definitivamente, este hombre era un perro verde) sin pretender estar nunca en posesión de la verdad absoluta ni proferir dogmas.

Quizá la mejor forma de conocerlo y disfrutarlo sea la de Orson Welles: «Lo leo cada semana, a la manera en que la gente lee la Biblia, no durante mucho rato. Abro mi Montaigne, leo una página o dos, por placer, sin más».

EL SEÑOR DE LA TORRE
Montaigne y su pensamiento no se entienden sin los libros que leyó, y él mismo escribía amparado por las citas de los autores clásicos, que actuaban como una especie de esqueleto de sus textos. Sentado a la mesa de la estancia en el segundo piso de la torre donde trabajaba, le bastaba levantar la vista para contemplar su biblioteca de unos mil volúmenes (una barbaridad para la época), Biblioteca de Montaignerepartidos a lo largo de estanterías curvadas que seguían el contorno de los muros. En las vigas de madera de este despacho hizo labrar 57 sentencias (Homero, Platón, Sófocles, Eurípides, el Eclesiastés…) que permiten entender mejor las raíces de su obra, y en uno de los muros dejó constancia en latín de las razones de su autoimpuesto destierro de este mundo traidor.

«En el año de Cristo de 1571, a la edad de 38 años, en la vigilia de las calendas de marzo, el día de su cumpleaños, Michel de Montaigne, hastiado ya hace tiempo de la esclavitud del Palacio y de las tareas públicas, mientras, todavía incólume, anhela refugiarse en el seno de las doctas vírgenes*, donde, tranquilo y libre de preocupaciones, atravesará finalmente la ¡ay! pequeña parte del trayecto que le resta por recorrer, si los hados así se lo conceden, ha consagrado esta sede y este dulce escondrijo de sus antepasados a su libertad, tranquilidad y ocio».

Si añadimos nevera, una buena bodega, tele y ordenador, ¿dónde hay que firmar?

*Las musas.

Techo de Montaigne

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El Señor de la Montaña

En tiempos de apocalípticos terrores televisados, trabajos absurdos y codazos en la cola del paro, un poco de calma y clásicos, que al final (casi) nada es para tanto:

“No podemos ir más allá de nuestras fuerzas ni de nuestros medios. Y por esto, porque no depende por entero de nosotros ni el resultado ni el cumplimiento, y sólo la voluntad depende verdaderamente de nosotros, fúndanse en ella y establécense necesariamente todas las normas del deber del hombre”.
Ensayos, Michel de Montaigne (1533-1592)

O como diría tu abuela: la intención es lo que cuenta. ¿Que quién fue este Montaigne? El Señor de la Montaña de la última novela de Jorge Edwards, el noble francés que, hastiado de la vida pública, se retiró a sus posesiones (dinero = libertad) para llevar una vida tranquila en compañía de los suyos, interrogar a golpe de lectura a los clásicos (esos desconocidos) y divagar acerca de los asuntos más variados (la muerte, la cobardía, el placer, el canibalismo, los olores, la imaginación… cualquier cosa) con profundidad, tolerancia, moderación y buena prosa.

Montaigne llamó “ensayos” a sus reflexiones y fundó así un género, el ensayo, que ha llegado hasta nuestros días en buena forma. Su obra influyó en Descartes, Pascal, Goethe, Flaubert, Zweig y muchos de los grandes, y 419 años después de su muerte continúa siendo un maestro sensato, moderno y radicalmente original al que acudir para aprender a vivir. Volverá por aquí.

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