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Un día serás viejo y no te lo creerás

“Sí, es posible que no crezcamos, que aunque nos hagamos viejos, sigamos siendo los niños de siempre. Nos recordamos como éramos y sentimos que somos los mismos. Nos convertimos en lo que somos, pero seguimos siendo lo que éramos, a pesar de los años. No cambiamos por voluntad propia. El tiempo nos convierte en viejos, pero nosotros no cambiamos”.
Paul Auster, La invención de la soledad.

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El dinero o la ley

“¿Ha oído eso de que no se puede vivir sin amor? Pues el dinero es más importante”. Lo decía en algún episodio el doctor House, tan sincero que nunca desaprovecha la oportunidad de recordarnos aquello de “todo el mundo miente” (menos él). En Pink Floyd también saben del poder de la pasta (Money, ¡temazo!), y algo tendrá que ver eso con sus macrogiras de maduros forrados.

El dinero: la sangre, los huesos, los músculos y el cerebro del mundo, y la prueba de que no solo lo fugitivo permanece y dura, porque hay cosas que no cambian ni repúblicas, ni guerras, ni dictaduras, ni democracias. “En el año 14 después de Cristo un senador romano ganaba 100 veces más que el romano medio. Han pasado 2.000 años y el ser humano ha sido incapaz de corregir ese desfase, porque los principales ejecutivos cobran 90 veces más que sus empleados”. Lo publicaba ayer El País, citando un estudio de The Global Price and History Group en la Universidad de California. Si lo dice el periódico de PRISA, habrá que hacerles caso, porque es una empresa que algo sabe de cuentas y cómo arreglarlas.

Sí, nos creemos la hostia porque leemos en la nube y volamos por cuatro duros, pero no molamos tanto ni somos tan originales como nos gusta pensar. “En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”. Suena familiar, ¿verdad? Valle Inclán puso estas palabras en boca de un preso, en la escena sexta de Luces de Bohemia, hace casi un siglo. El viejo Valle podría haber pasado cien años recostado en ese catre polvoriento para despertar, lanzarse a la calle bastón en mano y encontrar un mundo en todo diferente al suyo salvo en lo que de verdad importa: quien tiene la pasta tiene el poder.

Lo demás es solo literatura, como bien saben en Shakespeare and Company, la peculiar librería parisina junto al Sena que tendrá su post aquí y en cuyo piso inferior se encuentra este pozo de los deseos de los escritores que, como Paul Auster en A salto de mata, viven con “… una falta de dinero continua, opresiva, casi agobiante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un inacabable estado de pánico”. 

Echemos unas monedillas para los juntaletras y no lo olvidemos: el dinero siempre tiene la última palabra. 


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Ciudad de cristal

¿Para qué adaptar una novela al cómic? ¿Qué sentido tiene fijar en trazos y viñetas las imágenes sugeridas por las palabras, únicas para cada lector? ¿Qué aporta eso a la narración, por buena que sea la versión en un nuevo lenguaje? ¿Constituye algo más que un mero ejercicio de estilo, el reto de dibujantes y guionistas que ponen a prueba su capacidad de síntesis y el poderío de su arte?

La respuesta es lúdica. Crear un cómic a partir de una novela no tiene más sentido que el de jugar con los lenguajes y las convenciones de los géneros, estirarlos y encogerlos, deformarlos y ver lo que sale, por el puro placer de hacerlo.

En eso anduvieron allá por los primeros noventa el dibujante David Mazzucchelli, fogueado en Marvel y DC Comics, y el guionista Paul Karasik. La ‘víctima’ fue Ciudad de cristal, la primera historia de La trilogía de Nueva Yorkde Paul Auster; y el incitador del experimento, Art Spiegelman, autor de la impagable novela gráfica Maus. El cuerpo del delito puedes disfrutarlo ahora gracias a Anagrama, que la publica coincidiendo con Sunset Park, la última novela de Auster, en una jugada comercial tan obvia como un gol a puerta vacía.

El relato convertido en novela gráfica es un thriller urbano y casi metafísico con un arranque sencillo y poderoso. Quinn, ex poeta cuya mujer e hijo han muerto, vive en completa soledad escribiendo novelas policiacas bajo seudónimo. Sin ambiciones ni más deseo que dejarse llevar por las calles de Nueva York, todo cambia para él cuando empieza a recibir una serie de llamadas telefónicas en mitad de la noche de un desconocido que lo toma por un tal Paul Auster, detective privado. Intrigado, Quinn decide hacerse pasar por Auster y así conoce a su cliente, un misterioso joven que vivió toda su infancia encerrado en una habitación a oscuras por su padre, un experto en teología y filosofía que lo enclaustró con sólo dos años para que, libre de todo contacto humano, aprendiera a hablar “la verdadera lengua de Dios”, olvidada cuando los hombres empezaron a construir la torre de Babel. El crío (Peter Stillman) fue rescatado a los doce años y el padre encerrado en un lugar indeterminado del que ahora va a salir. Stillman teme por su seguridad y contrata a Auster (Quinn) para que lo proteja de su progenitor.

La adaptación al lenguaje de la historieta es fluida y precisa. El guionista, Paul Karasik, acierta de pleno al captar el ritmo rápido y sincopado del libro, que se vierte de las palabras al dibujo sin perder la esencia y ganando nuevos matices. Por su parte, el dibujo de Mazzucchelli, esquemático y nervioso, premeditadamente sencillo, se ajusta como un guante a los vericuetos de la trama y su trazo y estilo varía sutilmente en función de los vaivenes de la acción.

Con veintipocos años, me enganché a Auster. Su poder narrativo es tremendo, adictivo; sus personajes casi siempre perdidos y maltratados por la vida muy atractivos; y sus tramas, enrevesadas, atravesadas por el azar y las casualidades, muy halagadoras para quien busque vitaminas de fácil digestión que ejerciten el músculo lector. Ahora, con más tiempo y más libros encima, le veo las costuras, y sus últimos títulos flojean, aunque en casi todos sus trabajos hay fragmentos y pasajes donde lo borda. Creo que Auster ha perdido vigor -¿caduca el talento, se agota?- y me va interesando menos, aunque conserva su capacidad de seducir y atrapar desde las primeras páginas, que no es poco.

En su día leí con entusiasmo La trilogía de Nueva York, una de las mejores obras austerianas, y cuando descubrí esta versión gráfica de Ciudad de cristal publicada por primera vez en España por Ediciones La Cúpula en 1997, la compré y la devoré. Es aquí donde reside el mayor efecto positivo de este experimento de mestizaje de géneros: el trasvase de lectores de un medio a otro. Seguramente, muchos lectores de Auster retornaron al cómic o comenzaron a prestarle atención a raíz de la versión dibujada; y quizá muchos aficionados a los tebeos descubrieron al novelista estadounidense y se acercaron a la literatura o volvieron a ella gracias a las sugerentes líneas de Mazzucchelli.

En cualquier caso, y elijas el formato que elijas, la experiencia merece la pena.

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Sí, pero…

Cuando estoy en forma -lectora, cuál si no- me gusta ponerme chulo con las novelas y emplazarlas a demostrar lo que pueden hacer. Las menos me rompen la cara a la primera y ya juegan conmigo como quieren hasta el final (¿conoces a Orhan Pamuk? El amigo de un amigo define como ‘destroza oficios’ a los tipos que ejercen una actividad con tal maestría que se cargan el escalafón. Pues bien, el escritor turco es de esos).

La mayoría adopta las maneras de una tranquilizadora rutina autocomplaciente y las olvido pronto: por ejemplo, las últimas de Paul Auster a partir de la insulsa Brooklyn Follies (2005), efectivas, magistralmente contadas, como siempre (Auster posee el raro don de la narración), pero fofas, carentes del nervio de las anteriores, lastradas por la agridulce sensación de lo ya visto, aunque quizá mi decepción provenga de mi vanidoso lado esnob (con negritas y todo), que escapa de la represión a la que lo someto para musitarme que yo ya me había enganchado a Auster cuando no lo conocían ni los lectores del Babelia.

Y hay una tercera categoría, a la que yo llamo la del “sí, pero…” En ella entraría la última novela que he leído, La isla inaudita (1989), de Eduardo Mendoza. Tenía ganas de meterle mano a Mendoza, del que he escuchado grandes elogios y que siempre me ha caído bien en las entrevistas, pero por unas cosas u otras no había encontrado el momento hasta que un inesperado regalo (gracias, Camino) me puso en las manos esta peculiar historia ambientada en Venecia.

Me ha parecido una obra menor. La inverosímil peripecia me ha divertido y el argumento intencionadamente caótico y arbitrario se sostiene en la ironía, gracia y eficacia estilística de Mendoza. En conjunto, resulta una lectura amena, pero mi sensación final ha sido: “Pues vale”. A pesar de lo dicho, encierra páginas excelentes y pasajes muy logrados que me incitan a leer otras novelas de Mendoza, porque me da que me lo puedo pasar muy bien. ¿Cuáles me recomendarías?

Y por cierto, ¿cuáles son tus libros “sí, pero…”?

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¿Y tú de quién eres?

“Si no sabes quién es el cabeza de turco cuando estás con más tíos en una sala, es que eres tú”. Se lo dice el viejo John Huston a John Glass, protagonista de El Lémur (Alfaguara, 16,50 euros), un periodista maduro, cínico y de vuelta de todo que se ve metido sin saber cómo en una intriga con el asesinato de rigor.

La frase es digna de una antología de la novela negra, el género de esta historia que se publicó por entregas (15 capítulos a razón de 1.500 palabras cada uno) en el New York Times y que viene firmada por Benjamin Black, seudónimo del escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945). Banville ganó en 2005 el importante Premio Man Booker con El mar (Anagrama), y disfruta de un enorme prestigio, hasta el punto de que muchos lo han llegado a definir con el rimbombante título de “escritor de escritores”.

No he leído a Banville, pero el descubrimiento de su heterónimo Black me hará caer por sus páginas más pronto que tarde. ¿Por qué este irlandés sesentón, considerado un estilista de primera, escribe novelas policiacas (El Lémur es la tercera) con seudónimo? En una entrevista en el suplemento cultural del ABC, él mismo confiesa que por puro juego.

Y se nota. La historia me ha hecho reír unas cuantas veces y es puro artificio en el mejor sentido de la palabra, un mecanismo de relojería condicionado por su naturaleza de folletín por entregas y que cumple rigurosamente con todas las convenciones de la novela negra: diálogos precisos, con fibra y cargados de mala leche y humor (no los verás en Los hombres de Paco); observaciones a menudo deslumbrantes; una trama que te hace querer más y más y una calidad de página que a veces te deja pensando “joder, qué cabrón…”.

Adulterio, asesinato y chantaje son ingredientes clásicos de un relato que se lee con placer y que tiene su punto fuerte en su protagonista, John Glass, un tipo mezquino, vulnerable y al que coges cariño en cuanto descubres que todas las miserias que pasan por su cabeza te recuerdan a las de la tuya (son divertidísimas sus penalidades como fumador en Nueva York, una ciudad donde el adicto a la nicotina es tratado como un apestado).

A SALTO DE MATA

Así es como vivió Paul Auster hasta los treinta y pocos, según confesión propia, y así lo reflejó en el libro del mismo nombre, publicado por Anagrama, una narración autobiográfica de sus primeros años que se cuenta entre lo mejor de su obra. En ella leemos que en su desesperación por ganar dinero llegó a inventarse un ¡juego de cartas de béisbol! En esos días difíciles, el ahora Príncipe de Asturias de las Letras también escribió un relato policiaco bajo seudónimo. Jugada de presión, de ‘Paul Benjamin’, es la primera novela de Paul Auster. Escrita sólo por dinero (objetivo en el que fracasó), fue publicada años más tarde y es una lectura muy recomendable, en la que se vislumbran ya rasgos que caracterizarían el peculiar estilo de Auster.

ESCRIBIR ES CONCURSAR

Larra dejó dicho a través de Fígaro, uno de los seudónimos con los que escribió en los periódicos: “Escribir en España es llorar”. No mucho después se voló la cabeza con un pistolón decimonónico que los más morbosos pueden ver en el Museo Romántico de Madrid. De vivir en nuestros días, el tiro se lo habría pegado si le hubiera tocado ser jurado del 12º Premio Alfaguara, que acaba de ganar el argentino Andrés Neuman con su novela El viajero del siglo y al que se presentaron más de medio millar de manuscritos inéditos. ¿Tendrán un ejército de oompa-loompas leyendo sin descanso?

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