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No os guardéis de los idus de marzo

El otro día hice algo que a muchos empieza a parecerles una excentricidad: fui al cine -porque me dieron invitaciones, si no de qué- y vi Los idus de marzo. Sí, la de George Clooney con el nuevo tío bueno que nos quieren colocar, Ryan Gosling (inciso: ved a este tipo en Drive, película para modernos pero que merece la pena). El filme -me encanta escribirlo, “fil-me”- de Clooney es cine americano del bueno, aunque Europa League, no Champions: un guión milimétrico que hace fluir la historia sin baches, actuaciones medidas y profesionales (Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman se salen, como siempre), y solvencia y eficacia en cada escena para contarnos por enésima vez lo que ya sabemos todos: la política es una mierda y está podrida, porque los seres humanos somos una mierda y estamos podridos. Además, la película tiene la cortesía de durar ‘solo’ 100 minutos, lo que se agradece en estos tiempos de alargamientos absurdos. Aquí os dejo el tráiler (¿vosotros también os cabreáis en silencio cuando apagan las luces de la sala y ponen la película directamente?).

El caso es que la película me ha hecho recordar una de las mejores novelas históricas que he leído, y son unas cuantas (sector Robert Graves, Marguerite Yourcenar y similares, nada de templarios, códices y DaVincis, y llamadme cultureta). Título: Los idus de marzo (disponible en la impagable colección de bolsillo de Alianza Editorial); autor: Thornton Wilder (Wisconsin, 1897-Connecticut, 1975). Fecha de publicación: 1948.

Libro y película comparten unos cuantos rasgos: su elegancia, su medida estructura sin un gramo de grasa, su indagación en lo más profundo del alma humana… Pura fibra narrativa, un ejemplo de cómo se cuentan historias. El relato de Wilder se ambienta en los últimos días de Julio César y toma la forma de narración epistolar (¿no os interesaría la correspondencia secreta entre el divino Julio y Cleopatra?), combinada eficazmente con informes policiales, anotaciones  y diarios de César, panfletos… No pretende una reconstrucción histórica, pero se sirve de acontecimientos reales para enhebrar una trama cuyas piezas encajan a la perfección y que le vale al autor para hablar de lo importante: la generosidad y el egoísmo, la virtud y el vicio, la lealtad y la traición, el amor y el odio… Los grandes temas de siempre expuestos en una novela apasionante y exquisita que se devora como una intriga policiaca. 

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Mítico

Luis Aragonés, con esa fina dialéctica de chándal con mocasines que ha exhibido siempre, declaró una vez que un amigo suyo se había vuelto maricón de tanto leer a Kafka. Siendo así, habría que ver lo que puede llegar a opinar El sabio (sic) de Hortaleza de los loquitos a los que interesa la mitología más allá de los videojuegos (Kratos mola, aunque sea una invención moderna) y las películas (el remake de Furia de Titanes es, según mis fiables fuentes, una chapucilla tridimensional que atenta contra la memoria del gran Ray Harryhausen, autor artesanal allá por 1963 de maravillas como esta animación esquelética en Jasón y los argonautas).

En cualquier caso, resulta difícil imaginar a don Luis arengando a sus sudorosas y tatuadas huestes con ejemplos sacados de las hazañas de héroes y dioses griegos, aunque podría haberlo hecho si hubiera tenido a mano en las tediosas concentraciones el Diccionario de mitos clásicos para uso de modernos (Ed.Gredos), donde Luis Antonio de Villena realiza un recorrido muy personal por los personajes de la mitología y la religión de la Grecia antigua, en un intento de acercar con erudición amena la cosmovisión grecolatina al hombre de hoy y devolver a la cultura general los vínculos con el pasado.

En palabras del autor al periódico ABC, “a los chicos y chicas de ahora, una tijera muy sutil les ha cortado la comunicación con su pasado. Ni siquiera pueden entender bien lo que es el Ulises de Joyce. Podría pensarse que ante las colas que se forman para ver la exposición de Rubens, en sus tres cuartas parte con motivos mitológicos, gozamos de un altísimo nivel cultural. Pero esto es uno de la mayores engaños que hay hoy en día, porque la mayoría de los visitantes sólo verá colores y formas, porque el verdadero significado, al desconocer la mitología, no lo pueden alcanzar. Esta carencia de la cultura clásica no sólo hace que no se pueda leer a Homero y Virgilio, que casi sería lo de menos, lo más grave es que ha cortado todo contacto con la historia de la cultura occidental”.

¿Amén o mariconadas?

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Adiós a todo eso

Robert Graves (Londres, 1895 – Deià, Mallorca, 1985) fue ante todo poeta, y así se consideraba. Publicó su primer poemario, Junto a las brasas, en 1916, cuando combatía en Francia alistado en los Royal Welch Fusiliers, y entregó su último poema a la imprenta en 1975, con 80 años. Puedes acercarte a sus personales y sugerentes versos -dominados casi siempre por el culto a la mujer vista como una musa inspiradora- con Poemas, la antología publicada hace unos años por Pre-Textos.

Pero Graves tenía que comer y mantener a una familia, y los versos pocas veces han dado para eso, así que se entregó a los libros en prosa desde muy pronto, como atestigua Lawrence y los árabes (Península), la primera biografía de T. E. Lawrence (sí, Lawrence de Arabia), publicada en 1927. Graves había trabado amistad con Lawrence y se basó en su correspondencia con él, sus conversaciones y una minuciosa investigación para trazar un retrato de su compleja personalidad y una narración de su intervención en la revuelta árabe contra el agonizante imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial.

“YO, TIBERIO CLAUDIO DRUSO…”
Más tarde vendrían las novelas que le darían la fama, le servirían para pagar la casa que se construyó en Mallorca y lo mantienen en las librerías aún hoy. Sobre todo Yo, Claudio (Alianza Editorial) y su continuación, Claudio el dios y su esposa Mesalina (también en Alianza), ambas editadas en 1934 y de éxito amplificado más de cuarenta años después por una serie británica de televisión de impecable factura, más teatral que otra cosa.

La historia de Clau-Clau-Claudio, Claudio el idiota, el pobre tío Claudio, el tartamudo tullido que contra todo pronóstico se convierte en emperador de Roma, sirvió a Graves para crear dos novelas históricas estupendas -varios años luz por delante de las que triunfan ahora- en las que desplegó su erudición y talento. Después vendrían muchas más, bastantes de ellas excelentes, y ensayos sobre mitología como Los mitos griegos y Los mitos hebreos, u originales investigaciones como La Diosa Blanca, donde reflexiona sobre los presuntos orígenes de la poesía, ligados a una primitiva religión matriarcal.

ADIÓS A TODO ESO
Toda esta digresión digna del emperador Claudio en sus cenas más etílicas y copiosas (la historia cuenta que era un gran comilón y fue asesinado en 54 d.C. con setas envenenadas) tiene un porqué: RBA acaba de reeditar Adiós a todo eso, la autobiografía que Robert Graves escribió en 1929 y con la que dio carpetazo a la primera parte de su vida. Poco después, el poeta inglés decidió abandonar su país para instalarse en Deià (Mallorca), donde se construyó Ca N’Alluny (‘casa lejana’, en mallorquín), que sólo abandonaría durante nuestra guerra (in)civil y la Segunda Guerra Mundial. Allí vivió hasta su muerte.

Este relato desengañado e irónico es una despedida de la juventud y, entre otras cosas, un fiel testimonio de la educación de un joven británico de buena familia hace un siglo. Las páginas sobre sus tristes días en el internado de Charterhouse son memorables, y muy interesante el relato sobre su desastroso primer matrimonio y los inicios de su actividad intelectual, pero lo que hace de Adiós a todo eso una obra imprescindible es su descripción de la lucha en las trincheras del frente occidental.

Graves estuvo destinado en aquella descomunal e insaciable picadora de carne, fue herido y llegó a ser dado por muerto en la terrible batalla del Somme: The Times publicó su necrológica, pero la segunda, verdadera y definitiva tuvo que esperar 70 años. La experiencia le dejaría secuelas psicológicas para el resto de su vida, y la reflejó aquí de forma estremecedora. No conozco otro relato tan impresionante de la sinrazón de aquella matanza indiscriminada, si acaso Tempestades de acero (Tusquets), del alemán Ernst Jünger (1895-1998), con un tono, estilo e intenciones muy diferentes, pero igualmente demoledor.

¿Necesitas más razones para leer a Graves? Aquí tienes la definitiva: John Cobra nunca lo haría.

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Pasar las de Caín

No ando sobrado de rollo bíblico: apenas recuerdo la catequesis previa a la primera comunión, ni tampoco las lecturas infantiles de libros con mucha viñeta, aunque sí una historia gore: la de unos niños (siete hermanos, creo) que alguien echaba a una caldera para asarlos por vaya usted a saber qué y se salvaban por una de esas movidas que montaba el crudelísimo Yavé con ángeles trompeteros, querubines, serafines, potencias celestiales y la madre que los parió. O yo qué sé. Y por supuesto, no me olvido de Los Diez Mandamientos, puro cartón piedra en tecnicolor con Cecil B. DeMille al mando.

Pero sí conozco lo suficiente de la Biblia para leer la última novela de José Saramago sin tener la sensación de sumergirme en una historia de ciencia ficción interplanetaria. Caín es una fábula de lectura fácil para los estándares de Saramago -que ya tocó las Escrituras en la impresionante El Evangelio según Jesucristo– pero de estilo inconfundible para quien conozca las maneras del escritor portugués, con esas vueltas y revueltas que conducen la historia y la ironía como andamio de todo el tinglado.

Quizá sea una obra menor en la producción de Saramago, pero se lee con agrado, no le faltan páginas brillantes y parte de una premisa original: emprender un heterodoxo recorrido por conocidos pasajes bíblicos -la expulsión del Jardín del Edén, el diluvio universal, Sodoma y Gomorra…- de la mano de Caín, el primer gran perdedor de la historia. Además, con esas tapas amarillas conseguirás lo increíble: que te miren las chicas en el metro.

No soy creyente, y veo las historias del Antiguo Testamento, escritas hace miles de años en desiertos y pedregales, como respuestas a los miedos de un pueblo que necesitaba un Dios justiciero, implacable, incomprensible y criminal que justificara su lucha sin cuartel por la supervivencia. Pero no ignoro la belleza y sabiduría que también hay en la Biblia, y sé que nuestra civilización y nuestra cultura resultan incomprensibles sin ella, para bien y para mal. ¿Cuánta gente menor de cierta edad ve un cuadro de tema bíblico en el Prado y puede saber de qué va sin leer el cartelito informativo? Ah, qué gran viejo gruñón seré…

Como no estamos en los EE.UU, donde hay una Holy Bible en muchas habitaciones de moteles y hoteles (da un poco de miedo…), algunos podrían leer Caín casi a modo de iniciación, y quizá Los mitos hebreos (Alianza Editorial), donde Robert Graves y Raphael Patai investigan los elementos mitológicos presentes en el Génesis y los relacionan con los de otras tradiciones, aportando claridad al embrollo.

Aunque ya puestos, mejor ir directamente a la Biblia y echarle un vistazo de vez en cuando. Encontrarás sexo, violencia, amor y relatos fantásticos, y quizá hasta la misma Salvación que libró a George Bush el Pequeño de las garras del alcohol y la farlopa. Alabado sea el Señor.

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