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Mi tesoro

Tener 12 o 13 años, que te guste leer y que te regalen joyas como esta edición ilustrada por Ralph Steadman de La isla del tesoro, del imprescindible Robert Louis Stevenson. Ponerse malo, lo suficiente para no ir al cole pero no tanto como para no poder desayunar -Colacao, galletas María- y pasar después sus páginas bajo las sábanas mientras llueve fuera, demorándose en cada aventura, en cada dibujo.

Borges lo sabía: “Leer a Stevenson es una de las formas de la felicidad”. Un conocimiento que comparte con la editorial Libros del Zorro Rojo, responsable de este precioso volumen ilustrado y de muchos más que bien merece la pena disfrutar.

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Regalo de cumpleaños

Confieso tres debilidades: Stevenson, los libros ilustrados y los relatos victorianos, ya sea en cómic, película o libro. 1. El escritor escocés me atrapó cuando era un crío aunque, paradójicamente, leí La isla del tesoro rondando la veintena, y no pienso dejar que me suelte, por perro y cínico (valga la redundancia) que me vuelva. 2. Recuerdo vívidamente la impresión indeleble que me causaban los dibujos que acompañaban a muchos de los cuentos y relatos que disfruté de niño. Y 3. Hay algo -no me he molestado ni me molestaré en analizar los porqués- en la estética victoriana que me fascina.

Libros del Zorro Rojo es una editorial empeñada en la hermosa tarea de publicar volúmenes cuidadosa y bellamente ilustrados, tanto para niños y jóvenes como para adultos. Merece la pena echar un vistazo a su catálogo, al que se une ahora un clasicazo del puro placer de leer historias: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, ilustrado por Mauro Cascioli.

Creo que mi sobrino David se acaba de quedar sin sudadera de rapero.

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La vida de los piratas

El afectado, caribeño y divertido capitán Sparrow y la triste caspaza del Alakrana han devuelto actualidad en los últimos tiempos a unos personajes tan fascinantes como -desmintiendo el tópico- poco románticos: los piratas. Muchos libros se han escrito sobre la materia, por ejemplo la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Valdemar, 752 págs., 25 euros), publicada en dos volúmenes (1724 y 1728) y bajo seudónimo por Daniel Defoe (1660-1731).

El autor de Robinson Crusoe sitúa el inicio de su relato en una fecha significativa: 1717, año en el que Jorge I de Inglaterra proclama su Edicto para la supresión de los piratas, y presenta las biografías de diecisiete notables piratas ingleses de la época (entre ellos Barbanegra, cuya bandera puedes ver más abajo), además de reflexionar sobre las causas y consecuencias de la piratería, y cómo acabar con ella. Eso, en el primer libro, dedicado al gremio occidental del oficio. En el segundo, Defoe se ocupa de sus colegas que medraban por el océano Índico, Madagascar y las costas africanas. Resultado: una obra fundamental como fuente de información de la época dorada de estos delincuentes marinos.

QUE HABLEN LOS ACUSADOS
Pero Defoe no se contaba entre sus criminales filas, y siempre resulta recomendable acudir a las fuentes primarias. De eso se encarga La vida de los piratas – Contada por ellos mismos, por sus víctimas y por sus perseguidores (Crítica, 216 págs., 21 euros), donde Stuart Robertson recopila extractos de cartas, biografías y procesos judiciales, crónicas, noticias y recuerdos de primera mano para recorrer todas las facetas de las vidas de estos temibles fuera de la ley.

En sus cuidadas páginas, con numerosas ilustraciones y que apetece leer a primera vista, hay sitio para el atrezo pirático que todos conocemos: el ron, las negras banderas con tibias y calaveras y los barcos; sus estrictos y minuciosos códigos de comportamiento; los puertos donde se refugiaban (ah, la mítica Isla Tortuga); la existencia a bordo, con atención a lo más cotidiano, como la comida o los cuidados de la salud y, por supuesto, los loros, populares entre filibusteros y bucaneros por vistosos, limpios, parlanchines y rentables (en Londres pagaban fortunas por ellos).

¿De qué peripecia sacaría el suyo el viejo Long John Silver? No recuerdo que Stevenson lo contara en La isla del tesoro. Buena excusa para releerlo y volver a ser un niño.

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Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

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Libros de vacaciones (y 2)

Me parece como si mis vacaciones hubieran terminado hace meses, pero aún queda gente que está a punto de cogerlas o se encuentra en mitad de las suyas. En las mías no toqué un libro, pero son muchos los que aprovechan estos días para leer. Ya os recomendé unas cuantas lecturas veraniegas, y aquí va la segunda tanda, tan arbitraria y ecléctica como la primera. Se aceptan sugerencias. Ah, y no, no sale el Stieg Larsson de los…

El espejo del mar (Joseph Conrad). A este polaco que escribía en inglés se le suele recordar por El corazón de las tinieblas, pero entre las muchas obras maestras que dejó destacan estos recuerdos de su larga vida marinera, traducidos por Javier Marías. ¿El mejor escritor del mar? Probablemente.

Estambul. Ciudad y recuerdos (Orhan Pamuk). El Premio Nobel turco ama su ciudad natal. Se siente en cada página de estas “memorias de la ciudad, la mitad hecha con mis recuerdos y la otra mitad con mis pensamientos”, según sus propias palabras. Una maravilla.

Experiencia (Martin Amis). La peculiar autobiografía de uno de los mejores narradores ingleses, con espacio para los recuerdos y vivencias más íntimos, numerosos retratos de grandes escritores y hasta famosos como Travolta, y el sello de la casa: el humor más punzante. Amis no deja indiferente.

En tiempos de descuento (José Ignacio Bescós). Esta novela me la dejó un compañero de trabajo (el autor es su hermano) y confieso que empecé a leerla por compromiso. La acabé de un tirón y me reí con las aventuras de un periodista sin escrúpulos que transita por el lado oscuro del fútbol profesional.

From Hell (Alan Moore y Eddie Campbell). Una novela gráfica con una sabia mezcla de documentación histórica y especulación inteligente sobre los crímenes de Jack el Destripador y su trasfondo. Y también un repaso a las sombras de la sociedad victoriana. Desasosegante y magistral.

Una historia de amor y oscuridad (Amos Oz). Hay que ser un mojón para no conmoverse con esta autobiografía con forma de novela sobre la infancia, adolescencia y orígenes de Oz, un niño que crece en el conflictivo Jerusalén de los días del nacimiento de Israel. Una exhibición de sabiduría literaria y vital.

Antología (Luis Cernuda). No voy a ir de lector habitual de poesía, porque no lo soy, pero recuerdo muy bien esta selección de poemas del sevillano miembro de la Generación del 27 al que Aleixandre definió como “poeta amargo y desolador”. Y extraordinario.

Confesiones de un inglés comedor de opio (Thomas De Quincey). Un clásico de la literatura inglesa que reflexiona sobre su adicción al opio y las consecuencias de ésta sobre su vida. Era un tipo inteligente, así que nada que ver con las rayas de farlopa en los váteres de los bares.

En los mares del sur (Robert Louis Stevenson). Si te aficionas a la lectura con Stevenson ya no podrás dejarla. El escocés viajó por los mares del Pacífico Sur en busca de alivio a su enfermedad, y ésta es la crónica del periplo de Tusitala (el contador de historias), como lo llamaban los indígenas.

Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra! (Sándor Márai). Hay que agradecer a Salamandra la recuperación del gran escritor húngaro. En la primera mitad del siglo XX se derrumbó un mundo entero, el de la vieja Europa central, y el muy sutil Márai da testimonio de la catástrofe en sus memorias.

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